El Renacimiento del Rey

Desde lo Alto

Desde lo alto, todo parecía pequeño.
Los cuerpos que luchaban abajo no eran más que siluetas en movimiento. Golpes, caídas, respiraciones agitadas… vistos desde arriba, se reducían a patrones. Ritmos. Variables dentro de un experimento cuidadosamente diseñado.

Aurelio nunca lo supo, pero mientras él sangraba en la arena, mientras Amadeo apretaba los dientes y Thane observaba con los puños cerrados, había ojos que no veían niños.

Veían resultados.
Veían curvas de rendimiento.
Veían probabilidades de supervivencia.

Porque así funcionaba ese lugar: no se trataba de quién sufría más… sino de quién resistía mejor.

El mundo no era justo.
Era selectivo.

Más arriba del estadio, tras un cristal reforzado con runas de contención y campos de distorsión, dos figuras observaban en silencio.

Roski estaba de pie, con las manos cruzadas a la espalda, la postura relajada de alguien que controla cada variable del entorno. Su mirada recorría la arena con una calma inquietante.

A su lado, Darius se apoyaba ligeramente contra la baranda, con una expresión divertida, como si asistiera a un espectáculo privado.

Abajo, Aurelio acababa de ganar.
Darius rompió el silencio.

—Nada mal —dijo—. Supongo que Aurelio sí tiene talento.

Roski no apartó los ojos del campo.

—Para un sujeto como él… solo hay uno entre miles.

Darius ladeó la cabeza.

—Aunque el otro chico tampoco se queda atrás —añadió, señalando con un gesto vago hacia Amadeo—. Ese tiene estructura. Técnica. Y bastante control emocional para su edad.

Luego sonrió, con un dejo burlón.
—¿No te preocupa que genere problemas a futuro?

Roski giró apenas el rostro hacia él.
—Lo tenemos todo bajo control.
Su voz era suave. Medida. Clínica.
—Cada niño aquí está registrado, clasificado y monitoreado en tiempo real. Sus respuestas hormonales, su tolerancia al estrés, su adaptabilidad neural… nada se nos escapa.

Volvió la mirada hacia Amadeo, atravesando el cristal.

—Aun así —continuó—, no voy a negar que posee talento. Su sistema nervioso es estable y su recuperación muscular está por encima del promedio.
Hizo una breve pausa.

—Pero este lugar no está diseñado para preservar talento.

Está diseñado para filtrar.
Darius soltó una pequeña risa.
—Claro… solo pueden sobrevivir los más fuertes.
Roski asintió lentamente.
—No exactamente.
Se giró por completo hacia él.
—Los más fuertes mueren todo el tiempo.
Los que sobreviven son los que se adaptan.

Darius lo miró con interés.

—Me alegra que me hayas invitado —comentó—. Es una maravilla observar estos combates desde este ángulo. Hay algo… educativo en ver cómo se quiebra la voluntad humana.

Roski sonrió apenas.
—No hay nada de malo en permitir que un par de ojos externos observen ciertos procesos.

Se acercó un paso al cristal.

—Después de todo, incluso los sistemas cerrados necesitan validación externa.

Darius cruzó los brazos.
—Mmm…
Su mirada vagó por el estadio.

—Creo que Daemon se está demorando.
Frunció ligeramente el ceño.
—Aunque, siendo él… supongo que es normal. Siempre se pierde en los detalles.

Suspiró.

—¿Qué se le va a hacer?
Luego sus ojos se iluminaron de nuevo.
—Oh… mira eso.

La arena comenzaba a prepararse para la final.

—Supongo que ya va a empezar el último combate —dijo—. Será interesante, ¿no crees?
Roski no respondió de inmediato.
Solo sonrió.

Pero fue una sonrisa distinta.

Una que no alcanzó sus ojos.

En su mente, una decisión ya se había activado.

Supongo que ya es hora de volver a usar eso.Sus dedos se cerraron levemente detrás de la espalda.

Abajo, Aurelio se acomodaba los nudillos.
Arriba, el sistema se preparaba para dar el siguiente paso.

Y ninguno de los niños sabía que el verdadero experimento…
apenas estaba comenzando.

La arena estaba en silencio.

No un silencio vacío, sino uno tenso, expectante, como el segundo exacto antes de que una tormenta caiga sobre tierra firme. Las luces blancas caían desde lo alto, dibujando sombras duras sobre el suelo circular. Cada marca en el piso contaba historias de golpes anteriores, de caídas, de respiraciones que no volvieron a ser las mismas.

Aurelio entró primero.

Sus pasos eran lentos, medidos. El vendaje improvisado en sus nudillos estaba apretado, pero no ocultaba la inflamación. El dolor seguía ahí, constante, punzante, recordándole que su cuerpo tenía límites… aunque su mente se negara a aceptarlos.
Del otro lado, Amadeo avanzó.
No había prisa en él. No había tensión visible. Caminaba como alguien que ya había aceptado todos los escenarios posibles y estaba en paz con cualquiera de ellos. Su postura era recta, su respiración estable. Los hombros sueltos. Las manos abiertas.

Un peleador completo.
Aurelio lo observó con atención.
Centro bajo… equilibrio sólido… no carga el peso hacia adelante.
Espera. Lee. Castiga errores.
Amadeo lo miró a los ojos.

No sonrió.
No provocó.
Solo inclinó ligeramente la cabeza, a modo de respeto.

El instructor alzó la mano.
—Final. Combate uno a uno. Sin aura. Sin magia. Hasta incapacitación.

La mano descendió.

—¡Empiecen!
Nadie se movió de inmediato.
Ambos comenzaron a girar, despacio, marcando el terreno. Pasos cortos. Ajustes mínimos. Cada uno buscando el ritmo del otro, la cadencia de la respiración, la tensión en los hombros.

Primer movimiento: Amadeo.

Un paso adelante. Un amague con el hombro izquierdo.
Aurelio no mordió.
Bien…

Amadeo cambió de ángulo y lanzó una patada baja, directa a la pierna adelantada.
Aurelio la bloqueó con la tibia, pero el impacto fue seco, preciso. No fuerza bruta. Técnica pura.

Retrocedió medio paso.



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En el texto hay: fantasia, renacimiento, antiheroe

Editado: 24.02.2026

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