"El universo no cambia por fuerza ni por deseo. Cambia cuando un ser alcanza tal coherencia entre lo que piensa, lo que siente y lo que vive, que la realidad misma no puede sostenerse igual ante él."
No era una frase escrita en ningún muro.No era un lema del CNE.
Era una verdad que solo se comprende cuando ya se ha perdido demasiado.Porque nadie cambia el mundo desde la comodidad.
El cambio nace del dolor, del cansancio, de la rabia contenida…y de la decisión silenciosa de no seguir siendo una pieza más.
Por primera vez desde que había puesto un pie en aquel lugar, Aurelio sintió algo distinto.
No esperanza.Posibilidad.
El complejo seguía siendo un infierno blanco.
Pasillos interminables. Puertas selladas. Cámaras que respiraban.
Un sistema diseñado para quebrar voluntades y convertir niños en recursos.Pero incluso el infierno, comprendió, tenía grietas.
Y las grietas eran oportunidades.Aurelio no había dormido.O mejor dicho, su cuerpo se había rendido por momentos, pero su mente jamás cerró los ojos.
Yacía boca arriba en la cama estrecha, con las manos entrelazadas sobre el pecho, mirando fijamente el techo pulcro y sin manchas. Allí arriba no había grietas, ni marcas, ni señales del paso del tiempo. Solo una superficie perfecta… diseñada para que uno se sienta pequeño.
Cada respiración era un cálculo.Cada latido, una variable.Repasaba rutas. Turnos. Distancias aproximadas entre cámaras.Recordaba el mapa que había visto.
El archivo del personal.
La sombra del gemelo cruzando un pasillo.La manera en que Roski observaba, siempre observaba.
Su mente se movía como un tablero de ajedrez invisible.
No pensaba en escapar.Pensaba en sistemas.En puntos débiles.En errores humanos.El combate.La sala de archivos.La recompensa.
Todo era parte del mismo engranaje.Sin darse cuenta, la luz se encendió.No amanecía en aquel lugar.Las luces simplemente decidían cuándo era de día.
Aurelio parpadeó lentamente.Había pasado horas mirando el techo.Se incorporó despacio, dejando que el frío del suelo le subiera por las plantas de los pies. Sus músculos protestaron, recordándole cada golpe del día anterior, cada impacto contra escudos invisibles, cada segundo de sobreesfuerzo.Pero se sentía… despierto.
No solo físicamente.Mentalmente afilado.
—Bien… —murmuró para sí.Se puso de pie.
Miró alrededor de su habitación-celda. Todo seguía en su sitio: la cama, el pequeño armario, la pared sin ventanas.
—Estando aquí… —dijo en voz baja— tenemos una oportunidad.
Se detuvo un segundo.Sus ojos se endurecieron.
—Pero necesito algo.No lo dijo en voz alta.No aún.
Entró al baño.
El espejo lo recibió con un reflejo que ya no era el de un niño.Sus hombros eran más anchos.Los brazos marcados.Las clavículas más definidas.Mas alto.
Su rostro había perdido suavidad.Había algo en su mirada que antes no estaba.
Cansancio antiguo.Determinación.Se observó en silencio.
Levantó las manos frente al espejo. Los nudillos aún tenían marcas rojizas bajo las vendas improvisadas. Las flexionó lentamente.
No temblaban.Abrió el grifo y se lavó los dientes con movimientos mecánicos. Luego se arrojó agua fría al rostro.
El impacto lo hizo cerrar los ojos un instante.Cuando los abrió, se miró otra vez.
—Ya no soy el mismo que entró aquí —susurró.Se secó la cara.Respiró hondo.
—Estoy listo.
No era una declaración heroica.Era una aceptación.Salió de la habitación.
El pasillo lo recibió con su silencio habitual, roto solo por el zumbido bajo de los sistemas eléctricos. Caminó con paso firme, midiendo cada movimiento, cada reflejo en las paredes pulidas.
Su cuerpo se había recuperado más rápido de lo esperado.
Eso también era información.Mientras avanzaba hacia el comedor, su mente volvió al instructor.
A la recompensa.A ese mapa entregado sin emoción.
—Hoy tengo que reclamarla —pensó—. Sea lo que sea… no me gusta.
Nada que ofreciera el CNE venía sin precio.Empujó las puertas del comedor.El murmullo familiar lo envolvió.Bandejas deslizándose.
Cubiertos chocando.Voces bajas.Y allí estaban.
Amelia fue la primera en verlo.Sus ojos se iluminaron apenas.Kai levantó la mano desde la mesa.Thane se inclinó hacia adelante.Selene lo observó con atención clínica.Todos lo esperaban.No por liderazgo declarado.
Sino porque, de algún modo silencioso, Aurelio se había convertido en el punto alrededor del cual orbitaban.
Aurelio caminó hacia ellos.Cada paso llevaba peso.Cada mirada contenía preguntas.Se sentó.
Dejó la bandeja frente a él.Los miró uno por uno.Y sin decir todavía una sola palabra, todos entendieron lo mismo:
Aurelio ya no estaba reaccionando.Aurelio estaba moviendo piezas.
Aurelio apoyó los antebrazos sobre la mesa.No levantó la voz.No necesitó hacerlo.
El gesto bastó para que todos inclinaran ligeramente el cuerpo hacia él, como si un campo invisible los hubiera reunido en un punto exacto.
—Tengo que ir a reclamar la recompensa —dijo, directo.
Kai parpadeó.
—¿Así nada más? —preguntó, ladeando la cabeza—. O sea… ya es raro que te la den tan rápido. Más raro aún que tengas que ir solo.
Thane cruzó los brazos.Su expresión era seria, afilada.
—Aquí nada es casualidad —añadió—. Cuando te ofrecen algo, es porque esperan otra cosa a cambio.
Selene asintió lentamente.—Es una variable controlada —dijo—. Si te aíslan del grupo, reducen interferencias. Si te separan, pueden observar tu reacción sin ruido externo.Amelia apretó los labios.
—No me gusta —murmuró—. Nada de esto me gusta.Aurelio los miró uno por uno.Sus ojos no buscaban aprobación.Buscaban sincronía.
—A mí tampoco —respondió—. Pero aun así… tengo que ir.Hubo un breve silencio.No era vacío.Era cálculo compartido.
Aurelio tomó uno de los cubiertos y lo deslizó suavemente sobre la mesa metálica.El sonido fue bajo, casi imperceptible.