Antes de que existieran los pasillos blancos, las luces rojas de emergencia y el olor constante a desinfectante, Amelia Astor había vivido en un lugar donde el aire olía a pino y a tierra húmeda.
Las tierras de los Astor se extendían al norte del continente como una mancha verde entre montañas grises. No era un castillo de cuento ni una fortaleza militar, sino una mansión amplia de piedra clara, construida sobre una colina baja desde la que se podían ver los campos, los establos y, a lo lejos, la línea azul de un río que atravesaba los bosques.
Aquella mañana, el sol caía oblicuo sobre los ventanales del salón principal, pintando el suelo de madera con franjas doradas. Las cortinas blancas se movían lentamente con la brisa, y desde el exterior se escuchaban los sonidos cotidianos de la finca: el golpeteo de herraduras, las voces de los trabajadores, el crujido de las carretas.
Amelia, con apenas ocho años, estaba sentada en el suelo del salón, rodeada de bloques de madera.
No jugaba como otros niños.
Los bloques no estaban desordenados ni amontonados. Estaban alineados en filas perfectas, formando pequeñas torres de diferentes alturas.
—Amelia —llamó una voz femenina desde la puerta—. ¿Qué estás haciendo ahora?
La niña no respondió de inmediato. Sus ojos violetas estaban fijos en la torre más alta.
Un segundo después, sin que sus manos la tocaran, la torre se elevó unos centímetros en el aire.
La mujer en la puerta se quedó inmóvil.
—…Eryon —susurró.
El muchacho que estaba apoyado contra la pared, hojeando un libro grueso, levantó la vista.
—¿Qué pasa, madre?
—Ven aquí.
Eryon dejó el libro sobre una mesa y caminó hasta el salón. Tenía doce años y ya era más alto que la mayoría de los chicos de su edad. Su cabello oscuro caía desordenado sobre la frente, y sus ojos —de un gris claro casi plateado— se fijaron de inmediato en su hermana.
—¿Otra vez? —preguntó con una mezcla de curiosidad y preocupación.
La torre flotaba ahora a la altura de los ojos de Amelia.
Ella fruncía el ceño con concentración, como si estuviera intentando sostener algo muy pesado.
—No la estoy tocando —dijo en voz baja, como si estuviera explicando algo obvio—. Pero no se cae.
La madre se llevó una mano al pecho.
—Por los cielos…
—Tranquila —murmuró Eryon, acercándose lentamente—. Amelia, mírame.
La niña giró la cabeza hacia él. En el momento en que su atención se desvió, la torre cayó al suelo con un golpe seco, desparramando los bloques por todas partes.
Amelia abrió los ojos, sorprendida.
—Se cayó…
Eryon se agachó frente a ella y recogió uno de los bloques.
—No se cayó —dijo con una pequeña sonrisa—. Tú la soltaste.
—Yo no la estaba sosteniendo.
—Claro que sí —respondió él, tocándole suavemente la frente—. Solo que no con las manos.
La madre dio un paso adelante.
—Esto no es normal, Eryon.
—Lo sé.
—¿Y si alguien más lo ve?
El muchacho se encogió de hombros.
—Entonces dirán que los Astor tienen una hija prodigio.
La mujer no pareció tranquilizarse.
—No es algo para bromas.
Amelia miraba a uno y a otro sin entender del todo la gravedad de la conversación.
—¿Hice algo malo? —preguntó, con la voz pequeña.
Eryon negó de inmediato.
—No. No hiciste nada malo.
Se sentó junto a ella y comenzó a apilar de nuevo los bloques.
—Pero esto —dijo en voz baja— es algo que vamos a practicar en secreto, ¿de acuerdo?
Amelia ladeó la cabeza.
—¿Por qué en secreto?
Eryon levantó la mirada hacia su madre antes de responder.
—Porque no todo el mundo entiende las cosas extraordinarias.
Más tarde ese mismo día, en el comedor principal, la familia Astor estaba reunida alrededor de una mesa larga de roble oscuro.
El padre de Amelia, Lord Arven Astor, era un hombre de hombros anchos, barba bien recortada y voz grave. Vestía una túnica sobria, pero la forma en que los sirvientes lo miraban al pasar dejaba claro quién mandaba en aquella casa.
—He recibido otra carta del consejo del norte —dijo mientras cortaba un trozo de carne—. Quieren que enviemos representantes a la próxima asamblea.
Eryon levantó la vista del plato.
—¿Otra vez?
—La situación política no es estable —respondió su padre—. Y los Astor no pueden darse el lujo de parecer indiferentes.
Amelia, que apenas llegaba con los pies al suelo desde su silla, miraba a su hermano mayor en lugar de a sus padres.
—Eryon quiere irse —soltó de pronto.
El muchacho casi se atragantó.
—Amelia…
Lord Arven arqueó una ceja.
—¿Irte a dónde?
Eryon suspiró, sabiendo que ya no podía evitar la conversación.
—Solo dije que me gustaría viajar —explicó—. Ver otras ciudades, otras tierras… aprender cosas que aquí no podemos.
La madre frunció el ceño.
—Tu lugar está aquí. Eres el heredero de esta casa.
—Lo sé, madre. Pero eso no significa que tenga que pasar toda mi vida entre estas paredes.
El padre dejó el cuchillo sobre la mesa.
—¿Y qué harías exactamente fuera de aquí?
Los ojos de Eryon brillaron con una chispa de emoción.
—Explorar. Unirme a expediciones. Investigar las ruinas antiguas del este… o las cavernas del sur. Hay historias de artefactos y símbolos que nadie ha descifrado aún.
Amelia lo miraba como si estuviera escuchando la historia más fascinante del mundo.
—¿Me llevarías contigo? —preguntó.
Eryon sonrió.
—Cuando seas mayor.
—No quiero esperar.
El padre soltó una risa breve.
—Tu hermana tiene más espíritu que tú a su edad.
—Eso es porque ella no tiene que heredar nada —replicó la madre con suavidad.
El ambiente se tensó un poco.
Eryon bajó la mirada al plato.
—No estoy diciendo que vaya a abandonar la familia —añadió, más serio—. Solo quiero… entender el mundo antes de que me toque dirigir una parte de él.