Los pecados de nuestras manos (réquiem de Aion)

Capítulo 5 Ep. 4 - "Hello world"

17 de Noviembre. 

Era el último día antes de las ferias universitarias de casi un mes y medio.

Esa mañana, lo primero que hizo fue darse un largo baño que le dio tiempo de pensar en todo lo que había transcurrido en los últimos meses, imaginando que el agua caliente podría escurrir todos esos pensamientos negros de su cabeza. Luego pensó en cómo iba a aprovechar el tiempo fuera del Instituto.

Su cumpleaños estaba cerca, probablemente iría a ver a Helena y tal vez llamaría a Sebastián después para ir a una larga caminata de dos días a las montañas del Arco Nevado, a trece kilómetros de Saint Vincent.

Porque ya que no tenía que pagar meses de alquiler, ni los servicios básicos —algo que descubrió cuando fue a retirar las boletas de sus impuestos y estaban pagados—, y Sebastián le seguiría dando la mitad de la renta de todos modos, podía darse el lujo de tomarse unas inmerecidas vacaciones.

Probó usar ropa distinta. Vistió ese día con una fina camisa color vino, un par de jeans negros, un cinturón y zapatos de vestir. Todo era nuevo. 

Peinó su cabello hacia atrás con los dedos, descubriendo su frente y su rostro y contempló su figura en el espejo sintiéndose un extraño en su propia piel. Tal vez eso era lo que necesitaba: enfrentar al mundo, con su cara descubierta, sin volver a agachar la cabeza nunca más.

Cuando se sintió un poco más cómodo consigo mismo, tomó su gabardina, su mochila, su billetera y caminó relajado hasta su salón. 

Ese día, todos habían llegado temprano. El cúmulo de personas dificultaba encontrar un sitio libre donde sentarse y pasó un buen rato escaneando el lugar, engañándose a sí mismo con la idea de que buscaba un asiento vacío, pero en realidad la estaba buscando a ella.

Se movió con el flujo de la gente hasta encontrar un lugar más adelante, mirando el escritorio frente a él con cierto enojo. Y volteó para dar una ojeada una vez más, pero Gris no se dignó a aparecer. 

Que no lo hiciese le hizo dar rabia. Pero peor que eso, ¿qué le diría a Maga estando allá, si era que ella tenía planeado regresar a España? 

Aion se frotó las manos juntas y presionó su cabeza en el escritorio.

Odiaba a Gris Ledesma. Detestaba la manera en la que lo hacía pensar demasiado, odiaba sentirse ansioso y no poder hacer nada al respecto. Odiaba querer saberlo todo, pero al mismo tiempo lo que Gris pudiera contarle sobre Maga le quitaba el aliento.

¿Le diría lo que le hizo o cómo había reaccionado? ¿Le mentiría a Maga? ¿Acaso seguía importando?

Cuando el profesor les deseó felices vacaciones, él le envió un mensaje de texto a su amigo, y al llegar al apartamento Sebastián ya lo estaba esperando en la puerta, cargando su mochila negra que había traído desde el primer día que lo conoció y una maleta pequeña.

Sin frenar el paso, Aion amagó con un movimiento de cabeza a que lo siguiera adentro, y notó que Sebastián también había preparado una mochila para él junto a una maleta prestada.

Él escaneó sus cosas mientras se sentaba en el sofá para tranquilizarse un poco, y revisaba su equipaje para ver que tuviera todo lo que necesitaba llevarse.

—Gracias, Seb.

—¿Te puedes relajar un poco? Disneyland no se irá a ninguna parte. —Sebastián bromeó, a pesar de que su expresión le sugería que quería interrogarlo, pero Aion sabía que no se atrevería a preguntar nada.

Bueno, no era necesario que lo hiciera, porque Aion tenía todas las intenciones de contarle lo que le estaba pasando con Gris.

Nunca había necesitado de nadie más que de sí mismo para lidiar con toda su vida hasta ese momento. Pero tenía que sacarlo todo afuera, aunque fuera por desahogo. Sin importar lo que Sebastián pensara luego.

Después de todo, Sebastián siempre había sido cuidadoso y se mostraba abierto a mantener una amistosa conversación con él sobre cosas que Aion consideraba demasiado personales como para compartirlas.

Pero ahora tenía que confiar en su compañero y admitir cosas de las que podría arrepentirse después.

—Seb, eres mi mejor amigo —confesó—. Tal vez el único amigo que he tenido.

Sebastián se quedó en silencio por unos segundos, mirándolo como si no creyera que él acabara de llamarlo amigo, pero cuando curvó sus labios en una petulante sonrisita, él sintió un gran alivio. Sebastián tomó asiento en el sillón de al lado, mirando a un Aion que no reconocía y apoyó sus codos en las rodillas.

—Escucho. —Fue lo único que dijo.

Aion seguía asombrado por la manera en que Sebastián siempre parecía entender todo sobre el procedimiento de… hablar.

No podía entender, cómo lograba con una o dos palabras, sonar como si fuera el mejor amigo que alguien podría pedir; y envidiaba la facilidad con la que tomaba una situación incómoda, y la transformaba en un sitio mental reconfortante para que se sintiera libre de hablar con honestidad.

Sebastián sería un gran terapeuta.

Aion miró a un lado, y empezó a contarle cuidadosamente todo lo que había pasado con Gris en ese tiempo. Omitiendo la parte en la que él casi la mata con sus propias manos y las reuniones en Alcohólicos Anónimos.




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