Los pecados de nuestras manos

Capítulo 7 Ep. 2 - "Mistress"

—Que se vayan todos al diablo —dice Iván mientras conduce sin rumbo aparente en su sedán azul y, recordando el auto fantástico de Gabriel Franco, imita en tono despectivo y burlesco—: «Sí, es mío. ¿Te gusta?». Estúpido presumido y envidioso. ¿Quién te crees que eres? ¡No, no me gusta tu estúpido auto!

Iván ingresa a una estación de servicio para cargarle gas a su destartalado pero fiel coche y mientras tanto va al minimercado. En modo automático busca aquí y allá dos latas de gaseosa, algunos paquetes de papas fritas y golosinas para continuar su viaje.

»Idiota… «Quizá me consiga un lindo apartamento en la ciudad». Infeliz. Debí haberle contestado: «¡Oh, claro, me olvidé de que eras un pretencioso malnacido que puede conseguir un maldito piso en el edificio más aborrecible de todo Wintercold!» Grandísimo perdedor…

—Señor. —El joven empleado del mostrador interrumpe sus murmullos y le alza las cejas como queriendo terminar de una vez su turno—. ¿Es todo lo que se va a llevar?

Iván mira al muchacho con desdén y escudriña los vinos caros exhibidos en la repisa detrás del mostrador, justo por encima de donde yacen los cigarros, y dice:

—¿Sabes qué? Dame una caja de cigarrillos.

—Claro, señor, ¿de diez o de veinte?

Él titubea.

—… De veinte.

—Tengo Marlboro, Philip, Chesterfield, Lucky Strike, Wils…

—Solo dame unos cigarros, ¿okay?

—¿Rubios, convertibles de menta? O también tengo de sandía, o frutillas y…

—¡Solo dame los malditos cigarros! —exclama Iván exasperado y procede a señalarle el paquete por encima del mostrador—. ¡Uno de esos! ¡Sí, esos! —El joven asiente encogido y rápidamente pone toda su compra en una bolsa que él toma algo brusco—. Gracias, hijo.

Le paga y se va. Fastidiado, deja todo en el asiento del copiloto y marcha al sitio más oscuro, frío y recóndito de todo Wintercold: el Barrio Mayek… que en realidad no es un barrio. Los vagos y ladrones proliferan allí como cucarachas. Mujeres sin decoro y niños enfermos suelen amontonarse en los hundidos callejones para acaparar calor.

Es, como mucho, un infierno de hielo habitar allí. Las calles están cubiertas por una película de escarcha, jabón industrial, lodo y agua sucia; pues la verdadera producción en masa de indumentaria, productos de limpieza, materiales de construcción e incluso armas de fuego y comida envasada proviene de las numerosas fábricas instaladas alrededor. En el aire cortante predomina este olor a grasa, lejía, cal y curiosamente, a hediondez humana. Pero todo esto a Iván lo trae sin ningún cuidado.

Cuando baja de su auto, camina directo a un estrecho pasillo donde dos personas no podrían caminar una al lado de la otra y, como queriendo mezclarse con la gente desgraciada de ese sitio, se afirma contra la pegajosa y maloliente pared, y saca de la bolsa sus… Marlboros rubios. Le toma un infierno quitarle el envoltorio transparente que, al parecer, tienen todos los paquetes, y le lleva un infierno más romper el segundo envoltorio de aluminio, pero al fin consigue uno. Iván lo contempla en su mano como si fuese un artilugio novedoso y se encoge de hombros. Fumar no debe ser la gran cosa. Él inspira un momento y pone el cigarro entre sus labios, entonces cae en la cuenta de un pequeño detalle: no tiene fuego.

»Me cago en todo —masculla, harto de que todo le salga mal, y dirige la mirada más adentro del pasadizo, hacia un puñado de niños reunidos alrededor de una pequeña fogata.

»Oye, tú. —Señala al más grande de ellos—. Tráeme fuego. —Los cuatro chicos permanecen quietos y callados. Con sus rostros vacíos lo miran como si fuera un idiota—. ¿Cómo te llamas? Te daré dinero —añade Iván con una pequeña sonrisa.

Los niños intercambian una mirada rara entre ellos antes de que el pequeño se acerque a él con una ramita encendida.

—Me llamo Fidel. Pero me dicen Fideo.

Iván mira la ramita y luego a «Fideo».

—Sí, ya veo por qué te dicen así —sonríe con un sentimiento cosquilleante en el pecho, y señala a los otros tres—. ¿Y ellos son espagueti, ravioli y tallarín?

Su prominente carcajada resuena a lo largo y ancho del pasillo mientras se retuerce y Fideo lo mira en silencio, con la pequeña varilla encendida. El niño aguarda quieto mientras Iván se seca una lágrima de diversión y consigue un poco de aire. Su cara se torna colorada. Luego toma el palito, saca su billetera y le extiende cinco dólares. Fideo cambia su peso de un pie a otro mientras lo mira fijo y esconde sus manos detrás de su espalda. Iván alza las cejas y añade:

»¿Qué, no quieres dinero? No te daré más que esto.

—No quiero dinero —dice Fideo con unos oscuros ojos determinados y agudos, la suciedad y el hollín pegado en su rostro y en sus manos arañadas deja ver que el chico está acostumbrado a hacer pequeñas hogueras para calentarse—. Quiero uno de esos.

—¿Un cigarrillo? —El policía alza todavía más las cejas—. Olvídalo. Tienes como diez años. Es ilegal que fumes a esa edad, ¿sabías?

—¡Tengo doce! —exclama el niño pisando fuerte con un pie—. ¡Yo te di fuego!




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