Los pecados de nuestras manos

Capítulo 9 Ep. 2 - "Una lección"

Dante Ziegel cura sus injurias y lava la sangre en su rostro mientras Aion rumia sus pensamientos. Lo que sucedió allá… no es algo que haya hecho antes. Si a él no le importase el quién, no habría tenido problema en deshacerse de Maga cuando tuvo la oportunidad, o incluso deshacerse de Gris. De hecho, hasta podría sentirse aliviado ahora que Iván está fuera del camino, pero él no es, ni será jamás como Gabriel Samaras.

Matar a alguien porque representa un estorbo no se parece en nada a las veces que lo hace por querer terminar con el sufrimiento de los demás. Pues qué más da, lo hizo. Y se siente como el asco.

—Cuando era joven, también llegaba a casa lleno de polvo con esa mirada perdida —dice el señor Ziegel al verlo abatido, haciendo que Aion alce la vista—. Entonces mi esposa, Miriam, decía: «Ha llegado el rey desde el desierto, trayendo buena fortuna al aposento», sacudía la arena de mis hombros, me daba un beso casto en los labios y preparaba la mesa para cenar. Era una vieja expresión que se perdió con el tiempo.

»Mi padre me contó una vez que, en la época de su padre, si llegaba a casa cubierto de arena y sal, significaba que la familia era próspera, porque los viajantes que iban de una ciudad a otra intercambiando bienes, regresaban con joyas y finas telas para sus esposas y juguetes con engranajes metálicos para sus hijos. Y como yo, esos viajantes traían su ropa cubierta de arena y sal, que recolectaban en grandes jarrones de arcilla y los exhibían en la puerta de casa.

»Los que tenían más jarrones llenos, eran los más ricos y así era como una persona sabía qué posición social tenía la familia. Por eso, como tradición, los reyes mandaban a elaborar altas vasijas que llenaban de arena del desierto de sal, y eran sujetadas por ángeles de piedra ubicados en fila, que daban la bienvenida a los visitantes.

—¿Eras comerciante?

—¡Oh, no, yo no era rico ni nada de eso! —responde Dante sonriendo y empapa un bollo de algodón en alcohol medicinal—. Si traía arena conmigo, era porque había pasado doce horas trabajando sin parar, en una fábrica de ladrillos en mi Austria natal. Y, aun así, mi esposa me recibía con una sonrisa y me llamaba rey. ¿Puede usted imaginar cómo me sentía? A los ojos de ella, era un rey… —suspira el señor Ziegel, con los ojos llenos de devoción—. Me llenaba el corazón el escucharla. Pero, sin duda yo era un rey porque ella era una verdadera reina a mi lado.

Aion pliega el entrecejo sin hallarle sentido a lo que Dante dice, pero escucharlo hablar es muy reconfortante.

—Eso es muy romántico —reflexiona, con su mirada perdida en la geometría del piso.

—Mi joven señor. —Dante detiene lo que está haciendo para tomar su rostro y que así lo mire a los ojos—. Yo le cuento todo esto porque usted tiene una idea muy despectiva de usted mismo. Y hay personas, como yo, que creen que su vida es muy valiosa. Sabe, su madre nunca quiso convertirlo en algo que usted no deseara, y sé que todo esto es muy confuso. Gabriel tiene esta loca idea de usted, pero estoy seguro, joven Sam, que usted no le quiere hacer daño a nadie en realidad. —Aion aprieta los labios, agachando la cabeza mientras Dante toma un poco de ungüento cicatrizante que pone en una herida en su frente, y continúa:

»Pero volviendo a Lilith, su madre; a lo que ella se refería cuando dijo que usted podía «salvarlos», era que hay otras maneras de salvarlos, a través suyo. Así fue siempre ella, conmovida por el dolor de los demás.

—¿Conocía a mi mamá?

—Ella era una reina, sin duda —responde Dante con una lánguida sonrisa—. Y ahora, esta chica y usted… Ella es preciosa, y los dos son tan jóvenes todavía… —Dante inspira hondo y se dirige a la puerta, pero hace una pequeña pausa antes de abrirla—. Es especial para ella, lo sabe —agrega, dispuesto a marcharse.

—Señor Ziegel…

—¿Sí?

—¿Hizo lo que le pedí?

—No se preocupe.

El viejo voltea un momento para ofrecerle una mirada tranquilizadora. Pero toda la tranquilidad desaparece cuando ve a Gabriel Samaras de pie en el medio de la entrada, y los mira taimado, como si pensase que ellos traman algo contra él y ya estuviese enterado.

Aion ni siquiera esperaba que su tío quisiera hablar ese mismo día. Pero, por supuesto, a Gabriel Samaras le gusta dejar todos sus asuntos resueltos.

—Tenemos que hablar de lo que pasó allá —dice cuando Dante se marcha, y arremanga su pantalón antes de sentarse a su lado en la cama—. ¿Qué hiciste con el cadáver?

—Lo tiré al río —contesta Aion, apartando la vista a otro lado.

—¿El auto?

—Hundido con él.

Évge.[1] —Gabriel sonríe y añade suavemente—: ¿Y tú estás bien? —No hay respuesta—. Mira, sé que algunas cosas son difíciles de procesar, pero parte de todo esto que haces, y que hacemos…, tenía que tener un costo. A veces, hay cosas que no queremos hacer, pero no tenemos otra opción. Lo que pasó allá y lo que ha pasado con… los demás involucrados…, todo forma parte de ti ahora, Sam.

—Sí, pero quiero creer que yo no soy tan desalmado como tú —Aion le reprocha mirándolo a los ojos.

—¿Eso es lo que piensas de mí? —musita Gabriel con el entrecejo plegado, como si oír tal verdad le ofendiese en gran manera—. Todo lo que hago es por ti.




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