Los pecados de nuestras manos

Capítulo 12 Ep. 2 - "Consecuencias"

Pareciera que han pasado meses desde la última vez que estuvo allí. Aion entra a casa como si nunca hubiera estado ausente. Se dirige a la biblioteca, pero Dante no se encuentra en su pequeño espacio predilecto con el periódico del día entre sus manos, así que él sube a su habitación, dejando a Gabriel en la entrada hablando solo mientras él finge que no lo escucha, y luego cierra la puerta con brusquedad.

El olor familiar de su cuarto, la completa oscuridad y el fresco aire son estremecedores. ¿Desde cuándo había considerado esta pequeña parte de su vida, algo familiar? Su abdomen arde debido a injurias pasadas al respirar profundamente, la presión en su tórax lo aplasta con un dolor agudo, pero está bien, aún puede lidiar con el malestar mientras no interfiera con sus actividades diarias.

—Sam, ¿puedo pasar? —La paz dura apenas unos minutos antes de que Gabriel rompa el silencio—. ¿No quieres comer algo?

—Sí. Sí quiero —responde él abrazando su estómago, que se resiente con entusiasmo ante la idea de comida; alimento sólido, de verdad—. Voy al baño antes de bajar.

—¿Qué quieres almorzar?

—… Shashlyk… Y también pizza. Y cerveza.

—Eh…, no tengo idea de lo que es eso —murmura Gabriel luego de una breve pausa. Su voz también suena cansada—. Voy a tener que buscar la receta.

—Luego me enseñas —dice Aion en un tono bajo antes de afirmar su cabeza contra la puerta, esperando a que Gabriel se vaya.

El silencio lo gobierna todo otra vez. La tranquilidad que cobija su mente es irreal. De verdad es como estar en casa. Pronto —no sabe cuándo o cómo, pero pronto— será el dueño de esa casa y de todas las propiedades, empresas y sustanciales cuentas de su verdadero padre. Sin embargo, eso no va a suceder tan fácil. Todo el mundo busca a Aion Samaras. La mitad del mundo lo quiere en la cárcel, y la otra mitad quiere saber qué dice el testamento de su padre. El pensamiento acrecienta una ansiedad grotesca que hace temblar su cuerpo.

Jesucristo…, ahora es… rico. La idea se asienta en él tan repentinamente que lo abruma por completo. Poco a poco Aion despega su cuerpo de la puerta contra la que se ha dejado caer, y con pasos endebles llega hasta su cama donde toma asiento, afirmando los codos en sus rodillas al mismo tiempo que sus manos cubren su rostro. Un nudo exprime la boca de su estómago mientras más y más le cae la ficha de que esta será su nueva realidad.

—Dios mío. —Da largos y detenidos suspiros.

Víktor Samaras no lo amaba. O al menos, eso es lo que entendió toda su vida, mientras crecía siendo un niño raro, solitario y silencioso, cuyos sueños infantiles se vieron menguados por la indiferencia de dos padres ausentes. Pero añorar algo así ahora es estúpido. No necesita sentir lástima de sí mismo. Ya no importa ahora, de todos modos, siendo rico. Ellos decidieron heredarle todo.

Ahora puede sopesar la idea de que ninguna fianza será lo suficientemente austera como para que los federales no lo dejen en paz.

Tal vez, con una buena apelación y muy muy buenos abogados, conseguirá reducir su penitencia a arresto domiciliario, a visitas al psicólogo o lo que sea, lo hará; hasta vivir bajo libertad condicional parece una opción posible. Poniéndolo así, no parece tan malo. Pero, ¿Gabriel lo dejaría? ¿Aceptaría él, esta versión de Aion, dispuesto a hacer bien las cosas?

—Estás loco —dice Gabriel una hora después cuando se reúne con él—. Una locura, es todo eso que hiciste.

—¿Qué importa ahora? —se queja él cuando su tío le reprocha el tiempo que perdió yendo a ningún lugar con Gris Ledesma, lanzándose a cosas desconocidas.

Aion bebe Gluhbier: una cerveza belga que se prepara tibia, y es agridulce. Contiene zumo de naranja, miel, azúcar morena y diversas especias. El cóctel en sí es excéntrico y delicioso. Le da un sorbo más, mientras poco a poco les agarra el gusto a las excéntricas preparaciones de su tío. Los gustos individuales se saborean en su paladar: clavo de olor, anís estrellado, canela, cardamomo…

—¿Sabes para qué me llamó Eric justo después de que Gris te llamó a ti?

—¿Qué?

—La noche que te fuiste, Sam. Eric me llamó porque rastreó a Gris y esperó a que fueras a buscarla para tratar de atraparte.

—Y si sabías que iba a pasar eso, ¿por qué no evitaste que me viera con ella?

Su tío mastica y traga su bocado, frunciéndole el ceño con una mirada recriminadora.

—No lo sabía. Él nada más me dijo que era urgente y yo te acababa de mandar a casa por tu maldita seguridad.

—Sí, pero pudiste advertirme sobre lo que pasaba con ella.

—¿De verdad podía? ¿Te habrías detenido si lo hacía? —arremete Gabriel, limpiándose la boca con una servilleta antes de golpear su puño contra la mesa.

Aion guarda silencio y sigue comiendo fastidiado y sin hablar hasta que limpia su plato. No está satisfecho aún, pero no quiere vomitarlo todo más tarde. Cargar el estómago con tanta comida después de días sin probar un solo bocado no puede terminar bien. No puede evitar pensar en Gris, y en que prácticamente la dejó sola, tirada en un pueblito olvidado, y sin más dinero o provisiones de ningún tipo.

Su pie comienza a trastabillar en el piso. La ansiedad retuerce sus tripas mientras continúa bebiendo esa cerveza que no tiene la cantidad de alcohol suficiente para, por lo menos, adormecer su mente. ¿Ya había notado Gris su ausencia? Cuando se dé cuenta de lo que él hizo se va a enfurecer. Ojalá no tenga que enfrentarla después…




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