El resplandor de las mariposas

CAPÍTULO 2: BULLYING

Desde la oscuridad surgió una figura: larga, flaca, y solemne. Donde debería haber un rostro -ojos, boca, o algún indicio de humanidad- no había nada más que una oscuridad densa, un hueco negro en su rostro giraba despacio como un tornado.

Sostenía en su mano ósea una lanza peculiar, cuya punta tenía forma de ancla; era como si perteneciera a un espíritu del abismo. El metal resplandecía con un fulgor gélido, siniestro, como si reflejara un sol diferente al nuestro. Vestía una túnica gris claro, de algodón. Sus brazos, visibles desde las mangas anchas de la túnica, eran puros huesos. Huesos lisos, blancos como porcelana.

En ese lugar raro, todo envuelto en una neblina azulada olía a algodón de azúcar. No obstante, para mí, él no era un monstruo, no es el monstruo que me aterra y al cual temo con cada fibra de mi cuerpo. Él era mi amigo Ojito. Es mi querido y dulce compañero. Se ve como algo salido de una pesadilla, pero para mí, no era un monstruo. Nunca me ha parecido una amenaza.

Lo quiero mucho. Se ha vuelto parte de mi vida, es mi mejor amigo, me acompaña en mis malos ratos. No habla, solo hace unos murmullos raros con una gutural voz espesa y altisonante.

-¡Ojito! -le dije, dando un par de saltos-. ¿Otra vez viniste a visitarme.

Él solo inclinó la cabeza hacia un lado, murmurando ese grrrghhm... whuuuuh... que ya me suena a "hola" en su idioma. Y yo, sin pensarlo mucho, le estiré la mano, le arrebaté su lanza y la arrojé al suelo y esta resonó en un tintineo metálico.

-Vamos, baila conmigo.

Sí, le pedí un baile. En el lugar donde me visita yo le puedo pedir lo que desee, pero Ojito no se resiste porque es cool. Tiene en su rostro un ojo hermoso con forma de huracán en todo el centro de su cara. Pero lo raro es que no tiene boca ni nariz, solo un hueco profundo que parece ser su ojo lo acompaña. Por eso le llamo ojito.

De pronto, empezó a sonar la música Always Remember Us This Way de Lady Gaga.

La música flotaba desde la nada, como si un parlante estuviera escondido por allí entre la oscuridad. Solo nuestra pista de baile lucía alumbrada.

Agarré sus manos huesudas con cuidado. Frías, como cuando tocas la barandilla del supermercado. Y comenzamos a girar. Ojito era sorprendentemente buen bailarín. Se movía con elegancia, con pasos suaves, como si la gravedad no le afectara. Yo llevaba los pies descalzos, pisando sobre un suelo que parecía un espejo líquido, y girábamos y girábamos sin parar.

Ojito murmuró algo como brrruhhrr..., que juraría que sonó como ofendido. O quizás me dijo palabras melifluas y no lo pude descifrar con claridad.

La música seguía.....y yo me sentía flotando. Como si todo lo triste, lo complicado de la vida real se hubiera derretido en ese momento.

Pero, como todo en la vida...ZAZ.
Algo cambió.

Ojito se detuvo. Se quedó quieto, como estatua. Me miró, o bueno, me hizo un sombreamiento gélido. Y murmuró algo diferente esta vez. Algo como mmhhrooo...aaaah. Como un lamento suave.

-Tranquilo, Ojito. Volverás mañana, ¿sí? Aquí te esperaré. Siempre seremos amigos.

Cerré su puño de la mano derecha y se lo choqué al suyo, como en un gesto de complicidad.

Entonces entendí que se iba y le di un fuerte abrazo antes que se alejara de mi presencia. Al despertar estaba en mi cama. Con el pelo todo alborotado.

El jardín huele a tierra húmeda. Mamá regó el jardín delantero o lo hicieron los aspersores. Desde mi ventana, veo cómo el sol lucha por colarse entre las nubes, lanzando destellos tibios sobre las flores.

Las buganvilias trepan como si quisieran tragarse el muro de ramas en los costados de mi propiedad. Hay unas ramas sólidas que están recortadas y moldeadas con imágenes por el jardinero: está la imagen de un cisne torcido, y un corazón... pero también algo torcido, el jardinero por contrato que viene una vez al mes no sabe hacer bien su trabajo, las figuras parecen como si estuvieran a punto de quebrarse.

En la imagen del corazón de ramas verdes y torcidas, está un gato negro.

No se mueve. No parpadea. Tiene el cuerpo recto. Y sus ojos... son amarillos brillantes. No desvía la mirada. Me observa igual cuando dichos felinos desean cazar a un ratón. Analiza todos mis movimientos. Y después su mirada se detiene en mis ojos.

En el fondo del jardín, las hojas se mueven en cámara lenta. Y El gato sigue ahí. Mirándome como un maldito acosador.

-¿Qué quieres...? -Susurro.

No me contesta. Obvio, es solo un animal, no podría esperar a que responda a mi pregunta. Pero es como si la pregunta se le metiera en los ojos y me arrastre hacia ellos. Porque al instante, el aire en el jardín se vuelve más denso. O simplemente todo es producto de mi torpe imaginación. Las hojas no se remecen. Todo a su alrededor parece envuelto en una especie de silencio misterioso.

De repente escucho una voz en mi cabeza que me dice que tengo que asesinar a mi familia. Lanzo una risotada como si me hubieran contado un chiste ridículo. Esos pensamientos intrusivos son cada vez más absurdos. Jamás le haría daño a mi familia. Mi familia son mi mamá y mi hermano, los más cercanos. Lo más lejanos también son mi familia, pero con los más cercanos convivo, los más lejanos ni los veo. Me refiero a la ascendencia y descendencia de mamá Michelle y mi papá Elroy que en paz descanse.

-Tengo que ir al cole. Me digo a mi misma.

Despego la mirada del gato callejero. No tengo tiempo de buscar algo de comida para darle. Si en otra ocasión lo vuelvo a ver le daré una ración de atún.

Me despego de la ventana y mi estómago ruge. Mamá grita desde la cocina:

-¡Anto, ya está listo el desayunooo!

Camino hacia la puerta y me detengo un segundo. Giro la cabeza. Espío por la ventana una vez más y el gato ya no está.

Sentada a la mesa, María mencionó.

Patroncita, hoy va a desayunar tamales frescos con huevos revueltos, y una taza de chocolate bien hirviendo.




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