Siempre se levantaba con el alba, cuando el canto de las gallinas anunciaba el nuevo día. Se lavaba el rostro y sus partes íntimas, para después tomar uno de sus gastados vestidos, no sin antes recoger su pequeña habitación, dejándolo todo estrictamente ordenado.
Una de las normas impartidas en la prestigiosa escuela de señoritas de Londres donde estudiaba era que ninguna dama debía salir de sus aposentos sin haber dejado todo perfectamente dispuesto.
No es que aquello le pareciera algo extraño; Zafiro lo recordaba de su hermosa madre. Era pequeña, sí, pero su memoria era muy buena.
¡Cuánto la extrañaba!
Terminando de anudar los cordones de sus buenas zapatillas, salió de la habitación lista para iniciar la larga lista de tareas que debía cumplir cada día.
Como cada mañana, se encontró con la joven que ayudaba en la casa y entró a la cocina.
—Buen día, Mary —saludó Zafiro, rodeándola con un abrazo.
Zafiro era así: una joven alegre que, por donde pasaba, dejaba su propia luz. Quienes la conocían quedaban encantados con su simpatía; siempre tenía una radiante sonrisa para todos, incluso en el peor de los días.
—¡Zafiro! —exclamó Mary, sobresaltada—. Oh, Dios, niña, un día de estos acabarás con mi pobre vida.
Zafiro rió y, dándole un beso en la mejilla, pasó por su lado para ir a la despensa en busca de los ingredientes para preparar los panecillos de mantequilla que se servirían aquella mañana.
—Exageras, Mary. Eres apenas una muchacha de veinte años, no vas a morir por mí —aseguró Zafiro mientras tomaba el agua para la masa—. Al menos no por ahora —añadió, divertida.
Mary negó con la cabeza. Zafiro era tan risueña y dulce que sus bromas, aunque a veces asustaban, solían provocar carcajadas.
Mientras preparaba el café y otros menesteres del desayuno, Mary la observó con detenimiento, el ceño fruncido, concentrada como siempre que hacía algo.
—Hoy tus ojos amanecieron más azules, Zafiro —comentó, arrancándole una muy bonita sonrisa a la joven.
Agregando la mantequilla a la masa, Zafiro levantó la cabeza sin dejar de sonreír.
—Por eso me llamo así —aclaró—. Mis ojos son tan azules como el zafiro... o sea, yo.
Ambas rieron por la manera en que lo dijo.
—La primera vez que te vi con esos ojos llameantes, creí que venías de otro mundo —añadió Mary, divertida. Ya el desayuno estaba casi listo y los panes se horneaban con un leve cantineo en las llamas del horno—. Luego comprendí que son tan hermosos como tú.
No era la primera persona que quedaba impresionada con el color de los ojos de Zafiro. Desde pequeña, antes incluso de vivir en esa casa, recordaba cómo los visitantes quedaban eclipsados por aquel azul intenso. Con el tiempo, la gente se acostumbró a ellos, aunque podían cambiar: a veces muy oscuros, otras muy claros, sobre todo en días de lluvia.
—Ya no me ven como algo raro —bromeó Zafiro mientras metía la bandeja al horno.
No era la señorita impecablemente correcta que esperaban en esa casa. Zafiro tenía su propio toque en todo, y aunque había palabras que los demás consideraban inapropiadas para una dama, ella no veía problema en usarlas. No todo el mundo con quien trataba entendía tantos protocolos y términos extraños; no todos habían tenido la oportunidad de aprender a leer y escribir.
Cuando la mesa principal del comedor estuvo perfectamente organizada, con cada alimento en su sitio tal y como lo pedía la señora, escucharon la voz de la familia Baker entrando en la sala.
—Buen día —dijeron.
Zafiro levantó la cabeza y notó cómo dos mujeres la fulminaban con la mirada. Les restó importancia; ya estaba acostumbrada.
—Buen día —contestaron al unísono Zafiro y Mary.
—Tío, buen día —añadió Zafiro, dirigiéndose al único miembro de aquella casa que no la trataba mal.
El señor Baker, ya cercano a la cincuentena, abrazó y besó en la mejilla a su sobrina adorada. Pasaba poco tiempo en casa; se ocupaba de mantener a flote la casi arruinada empresa que los padres de Zafiro habían dejado en herencia y que sustentaba a toda la familia.
Zafiro ignoraba el proceso exacto, pero sabía que la fábrica de su padre producía los más hermosos tejidos de todo Londres. No comprendía cómo había llegado a esa situación, aunque, por supuesto, no tenía permitido hablar del tema. Las mujeres nunca debían involucrarse en asuntos de hombres.
—Querida, buen día —saludó su tía Bailey, una mujer tan fría que Zafiro aún se preguntaba por qué la llamaba "tía". Tal vez por simple agradecimiento.
No hubo beso ni gesto de cariño; Bailey se sentó al extremo opuesto de la cabecera. Su tolerancia hacia Zafiro era solo fachada frente a Roger; en cuanto él no estaba, el desprecio se hacía evidente.
Bell, la hija consentida de Bailey, pasó junto a Zafiro y la empujó sin delicadeza. Mary la sujetó para que no cayera.
—Espero que hayas preparado los panecillos de mantequilla —murmuró Bell con tono desdeñoso.
La señora Bailey tenía dos hijas. Una ya casada y con hijos ostentaba el título de baronesa, y ahora la madre pretendía conseguir para Bell un duque, nada menos.
—Bell... —advirtió su tío.
La mirada que Bailey le lanzó a Zafiro fue clara: debía intervenir si quería conservar su privilegio de asistir a la escuela.
—Tío, no sucede nada. Mi prima solo ha tenido una mañana difícil —dijo Zafiro, sirviendo con cuidado la leche, el café y los panes—. Aquí tienes, prima.
Bell, altanera y orgullosa, aceptó el plato. Su porte erguido y su peinado elaborado ocultaban una leve redondez en el abdomen. Zafiro estuvo a punto de reírse al recordar que su prima presumía de comer solo "cosas saludables" pero devoraba los panecillos con mantequilla.
Ese día, Zafiro no quería ganarse un castigo; necesitaba salir para verlo.
Su tía y su prima, sin tocar aún el desayuno, comenzaron a hablar de la nueva temporada social en Londres y de lo que estaba de moda.
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zafiro gabriel guillermo, duque duquesa, ducadodewestminster
Editado: 27.06.2026