El resurgir de Zafiro

Capítulo II

Terminaba de organizar los palos de leña en la cocina, cuando de pronto escuchó tras de ella la puerta de madera abrirse y cerrarse con el mismo ímpetu.

—Tú, esclava —escuchó tras su espalda a su insoportable prima Bell.

No se inmutó ante por la manera en la que llamó, simplemente terminó de anudar la cuerda con fuerzas, se enderezó, limpió sus manos de todo barro, con agua y paño, para luego darle el frente, espléndida como ella sola podía hacerlo, soportar todo lo malo que le lanzaban, ella solo devolvía manzanas.

—Buenas tardes, Bell, ¿Qué se te ofrece? —preguntó, paciente y siempre directo al punto cuando del par que conformaban su prima y tía.

Recargó su cadera en la esquina de la mesa, del frutero tomó un banano que empezó a ingerir en porciones pequeñas, disfrutando el dulce sabor en el paladar de su boca.

¿Qué mejor que una porción de fruta fresca para soportar el martirio que significaba en su vida Bell?

—Hoy no asistiré a las clases —empezó Bell, exuberando altanería por encima de Zafiro, vestida con la ropa más inmaculada posible, sus moños elaborados que daban la impresión de que siempre iría de fiesta.

Zafiro mordió otro trozo de aquella fruta, exasperada por esperar ahora su nueva petición, más bien orden, porque ella y su madre no sabían lo que era pedir las cosas utilizando la tan hermosa palabra, por favor.

—Ve al punto, se me hará tarde —incitó Zafiro, cansada de tanto rodeo.

Bell bufo, molesta por la actitud de su prima.

—Cuida como me hablas esclava, tú no eres más que una simple criada en esta casa, yo soy la señorita y como tal debes tratarme —bramó Bell.

Buscaba humillarla cada día, que en vez de una sonrisa en su cara tonta, fuera el reflejo de martirio y el disgusto, que el mundo se olvidara de Zafiro, que lo primero que vieran fuera a alguien inservible.

Odiaba a Zafiro, desde pequeña fue así, no la quería en sus alrededores, no cuando la gente la veía como el centro de atención por el color llameante de sus ojos.

Bell solo esperaba la oportunidad correcta y exacta para deshacerse de Zafiro, lo lograría y al fin todo sería para ella. No se conformaba con que tomaba todo lo que Zafiro tuvo o le daban, dejándole a ella las sobras, su rechazo hacia su prima era más que la sensatez, para su fortuna su madre la apoyaba.

— ¿Se te ofrece algo más? —inquirió con desdén Zafiro.

Le demostraba a Bell calma y serenidad, había aprendido que mientras más afectada se dejaba ver frente a su tía Lady Bailey y su prima Bell, más se esmeraban en menospreciarla. Debía ser fuerte para lograr algún día no muy lejano al fin escapar de las manos de aquel par de arpías.

Se preparaba lo más que podía, ese día estaba más cerca de los que todos excepto ella pensaban.

—Sí, que hagas todas mis tareas —respondió maliciosa Bell —. Mi madre y yo iremos con la modista —reiteró lo que ya habían mencionado antes —, como sabes en pocos días inicia la temporada y visitaremos un gran salón, allí conoceré a mi futuro esposo.

Hablaba abanicándose el rostro, hacía énfasis en las palabras, procuraba que se notara lo risueña que estaba.

—Me alegra mucho, Bell —aseguró Zafiro —. Que disfrutes tus compras, iré por tus cosas y las mías, se hace tarde.

Desechando la cáscara de guineo, pasó por el lado de una molesta Bell, con la cabeza en alto y la espalda erguida.

Bell la retuvo apretándole el brazo, las uñas rozaban la piel clara de Zafiro.

—Finges bien, primita —comentó, buscando un tema de discusión.

Zafiro empleando la fuerza que había adquirido debido a sus constantes ejercicios del campo y el día a día, se deshizo del agarre de Bell, en cambio de lo que planeó que fue lastimar a la chica de impresionantes ojos azules, ella resultó lastimada por la fuerza bruta con la sostenía su mano, a la vez que sonreía cálidamente y le acomodaba el tan cuidado vestido que llevaba.

—No habría porque afectarme —contraatacó Zafiro —. Son cosas banales para mí, prima. Pasa buena tarde.

Le soltó la mano, se alejó de ahí con premura y chispeando de lavas ardiente.

No entendía porque tanto rechazo hacia ella, les hacía todo, el lavado, el planchado, cocinaba, limpiaba la casa, obvio que junto a su mejor amiga Esmeralda, quién trabajaba arduamente en aquella casa al igual que ella, su tía Lady Bailey era demasiado exigente, perfeccionista, todo debía estar inmaculado ante sus ojos que buscaban solo perfección.

Recogió sus cosas y las de Bell, agarró un gran bolso que llevaba a costa para las lecciones y unos pesados cuadernos, sin dificultad se lo colgó y bajó las escaleras, encontrándose con su tía en la antesala.

— ¿Ya terminaste de hacer tus deberes o ya te vas? —preguntó Bailey, deteniendo el andar de Zafiro.

Zafiro contó hasta diez, y se giró a verla con una dulce mirada.

—Planché sus vestidos, despolve su alcoba, también mandé los zapatos para ser lustrados, corté leña, dejé las galletas de jengibre justo en el horno para que no pierdan calor, cambié las cortinas de la casa...

Alzando una mano, Bailey la silenció.

—Ya, calla, puedes largarte —espetó —. Ahora.

Más que feliz Zafiro atenazó su andar para llegar justo a tiempo a clases, el pequeño reloj de arena le indicaba que faltaba poquito para iniciar, así que ajustó el pesado bolso sobre su espalda, sus gastados zapatos, suplicó al cielo que aguantaran, recogió sus fuerzas y las juntó para entonces correr en medio de todas aquella personas que murmuraban entre ellos y más al ver a una señorita comportándose como un chico varón al hacer tal hazaña.

Unos criticaban, por supuesto que esa taza de la población era mayor de las que se reían de su actuar, sin embargo, Zafiro hizo oído sordos concentrándose en no caerse contra el pavimento de la calle hecha de piedras con un material de concreto, así como de disfrutar del viento golpeando su rostro, el cabello volando tras su espalda.




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