La semana pasó de lo más rápido, el ajetreo tenía a Zafiro sin tiempo, tanto que las notas que recibía para verse con su amado no eran del todo contestadas.
Bell debutaría en sociedad ante los mismísimos reyes y a pesar de que a Zafiro no le tocaba nada de eso —cosa que no le importaba —, la tenían ocupada todo el día, además, tenía que hacer los deberes escolares de Bell más veces de las contadas, porque andaban tanto ella como su tía todo el día con la modista, haciéndole un guardarropa amplio, con varios diseños hermosos que a Zafiro le encantaban, más no dejaban que los tocara.
Las telas, los bordados, todo digno de una señorita aristocrática.
Al día siguiente comenzaría la temporada.
Zafiro suspiró, guardando con cuidado el último vestido según el orden que era de su prima y los cuales usaría para presentarse durante toda la semana.
Los bailes duraban cuanto más avanzaban las modernidades de aquella época.
Se miró sus ropas, desgastadas, sin embargo, limpias, amaba el orden y la limpieza y, aunque no tuviera lo mejor, iba limpia a todas partes.
—Mañana debo estar perfecta —repitió Bell una vez más, frente al tocador donde peinaba su cabello una y otra vez —. No quiero darle una mala impresión al duque de Westminster, ¿Crees que fue suficiente el aceite en mi rostro?
Ya era tarde, pero Bell a pesar de ser tan cruel con ella, la sometía a escucharla cuando estaba ansiosa y esa noche era una de las tantas.
—Si te ponías más, la piel se te hubiera bronceado, ¿Es lo que quieres? —inquirió Zafiro.
Aterrorizada, Bell inspeccionó cada rincón de su rostro.
—¿Cómo estoy? —se levantó de la butaca, revisando otra vez todas las joyas que había tomado en alquiler —. Y no mientas, esclava, sé que me envidias por ser mejor que tú, más linda, tener los mejores vestidos...
Zafiro perdió la atención, lo único que le interesaba tenía tres días sin verlo, recordar sus ojos mieles, la fortaleza de su porte.
—¡¿Me estás escuchando?! —chilló Bell.
Zafiro salió de su ensoñación, regresando a la realidad. Despegó las sábanas para hacer sentar a Bell y no fuera a hacer un hoyo en el piso por caminar tanto.
Revisando todo, algo podría dañar, no es que Bell fuera muy ordenada.
—Estás perfecta, Bell —la alabó con un fin y dicho fin funcionó, Bell entró en su cama y Zafiro continúo —. Ahora necesitas dormir, descansar para que amanezcas radiantes así impresionaras más a lord Arner...
No sabía cuál era su apellido, lo había escuchado, pero no recordaba lo que no era de su incumbencia.
—Archer —corrigió Bell, altiva y muy segura —. Y es su altezsa real. Lo conquistaré en una sola noche, vendrá a pedir la mano de papá pronto, me convertiré en la duquesa de Westminster, tendré joyas, criadas, vestidos, todo... —la arropó y le acomodó el cabello bien, sabiendo Zafiro que, si algo salía mal en su perfecto cabello, mañana la culpa sería suya.
—Descansa —murmuró Zafiro por lo bajo, seguía hablando cosas que no le importaban.
Abandonó la habitación y se fue a la suya dejándola hablar sola.
La habitación de Zafiro estaba en el ático, un lugar tenebroso pero que se mantenía limpio.
Estiró los huesos, quitó sus enagües, vistiendo uno de sus desgastados camisones de seda. Fueron un regalo de Esmeralda.
Siempre trataba de traerle algo cada vez que podía y obvio sin que la envidiosa de Bell se diera cuenta.
Miró a través de la ventana antes de cerrarla con los ojos fijos en la luna.
—Falta poco —susurro cerrándola.
Sería libre, tendría su hogar.
Cerró los ojos, quedándose inmediatamente dormida.
***
Al día siguiente solo se hablaba del baile por dónde pasaba, las jóvenes estaban entusiastas, veía las calles, los carruajes siendo alistados, comenzarían temprano para ir ante sus majestades, luego abrirían el baile en el gran palacio real.
Había pasado unas cuantas veces por allí, algún día le hubiera gustado visitarlo, saber cómo era por dentro, un sueño que era totalmente lejano.
Sacudió la cabeza, Bell se iba temprano con sus tíos, ella quedaría sola, podía salir unas horas a verse con Guillermo.
—¿Cómo me veo? —preguntó Bell, girándose frente a ella.
Zafiro le dio una sonrisa sincera.
—Estás preciosa —halago, era honesta, el vestido blanco le sentaba de maravillas con aquella capa, el cabello había quedado estupendo y el maquillaje resaltaba sus facciones.
Bell era muy bonita, odiosa, pero eso no le quitaba cualidades físicas.
Se rió feliz, recordando el protocolo de una dama, las joyas brillaban y se veía igual o más rica que otras jóvenes.
—¿Crees que voy a lograr buenas propuestas? —Bell le agarró las manos a Zafiro, a veces tenía esos gestos.
Zafiro le apretó las suyas, de verdad no sentía envidia, quizá algo de nostalgia, se sentía muy sola.
—Más de una, solo confía en ti —le animó.
Bell le devolvió el apretón de mano, separándose cuando su madre bajaba junto a su padre, Zafiro le guiñó un ojo, todos se veían estupendos.
—Prometo que el próximo año te llevaré de mi brazo a presentarte —le aseguró su tío, dándole dos besos.
Bailey no la miraba. Ella asintió.
—Que les vaya muy bien —deseó, viéndolos partir.
La puerta se cerró, dos lágrimas brotaron de sus ojos, ya no recordaba bien los rostros de sus padres, esa casa se sentía tan extraña aunque había nacido en ella.
Subió a su habitación, peinó su cabello, usó una vieja capa, un poco de crema que le había llevado Esmeralda la última vez que se vieron, aguardó unos instantes a que se desalojara la zona, entonces, entre árboles fue al encuentro de Guillermo que la recibió con feroces besos, le había llevado algodón de azúcar.
Hablaron, se besaron, Zafiro le ponía límites, no hasta el matrimonio.
—¿Cuándo vas a pedir mi mano? —indagó, habían hablado de matrimonio, no a escondidas, quería hacer las cosas bien.
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zafiro gabriel guillermo, duque duquesa, ducadodewestminster
Editado: 27.06.2026