No le habían avisado para luego quejarse de ella, el duque de Westminster estaba en la casa, no solo eso, que tenía de sus más desgastados vestidos puestos, ciertamente debía encontrar la manera de no dejarse ver, aunque eso fuera imposible.
Mientras, Bailey parloteaba en la sala de té de la casa, de la dote que tenía su hija, exagerando para impresionar al duque de Westminster que las escuchaba, más no mostraba ninguna expresión.
Había llegado ahí por negocios, era consciente de que señor Baker tenía una hija en edad casamentera, la cual se había pasado la noche frente a él, era menuda, bonita, debía reconocerlo. También de que tenía una sobrina que desconocía su nombre, pero que no se veía por ninguna parte de la casa.
—Cocina unas carnes de maravilla —continuó la señora Bailey.
—Gracias, madre —habló Bell.
Encantada con lord Archer, era un hombre de una apariencia exquisita ante la vista. Bell daba saltos en su interior, no había otro motivo para la visita que no fuera cortejarla.
El señor Roger se mordió la lengua para no desmentir a su mujer, estaba claro que su hija no era amante ni al orden, ni a la cocina, la de todo eso era Zafiro.
—¿Cómo están sus hermosas hijas? —le preguntó directamente Bell al duque —. Han de ser adorables.
La miró por primera vez y Bell se sintió desmayar.
Esos ojos.
—Mi hija está bien —respondió sin dar explicaciones.
Sin esperar permiso lo abordó con otra pregunta.
—¿No eran dos?
La señorita Baker estaba preguntando mucho para su gusto, se removió en el asiento buscando las palabras adecuadas.
—La más pequeña falleció unos meses después de nacida —aclaró sin dar más vueltas en el asunto.
Los presentes se mostraron compungidos ante la situación y antes de que abordarán con más preguntas y falsas lamentaciones, ingresaron a la sala otras personas que en silencio agradeció.
Zafiro trataba de no hacerse notar, actuando de manera casi encorvada.
El olor de los aperitivos que traían llegaron al olfato de todos despertando el apetito de inmediato.
Al duque le encantaba la buena comida.
Como no era permitido dirigirse a las visitas, Zafiro continúo con la cabeza directo al objetivo que era preparar la mesa del centro y dejar las bandejas de galletas recién sacadas del horno que había hecho de leche, miel y mantequilla, junto a un café que le ponía su propio secreto.
Mary la acompañaba con las losas que dispuso frente a cada uno, dándole paso a Zafiro que colocó las bandejas y se dispuso a servir.
—Yo sirvo la del duque —se levantó Bell, airosa, deseosa de tener algo más de acercamiento, no quería a Zafiro cerca.
Pero ya era tarde.
El duque tenía los ojos sobre la silueta de Zafiro que tenía una enorme trenza de lado la cual dejaba escapar mechones que le acariciaban el rostro, una nariz recta, de grandes cejas pobladas, una piel lechosa con un toque de color, lo mínimo. Se recostó para detallarla mejor. Tenía labios carnosos y rosados, un rostro ovalado con forma de corazón, las pestañas le decoraban los pómulos cada vez que pestañeaba y tenía la certeza el duque, de que si le daba el frente apreciaría mejor los ojos que escondía tras los párpados y que sabía serían impresionantes.
—Listo —comunicó Zafiro, conteniendo la risa que amenazaba con salir al ver a su prima hacer malabares para servir.
Se sentía algo mala al reírse.
Finalmente lo logró, volvió a su sitio, Zafiro se enderezó, esperando cualquier otra orden.
El duque la admiro más a pesar de sus malas ropas.
—Tengo entendido que tienen una sobrina —comentó el duque, sin perder de vista a la señorita.
Tenía ese toque aterciopelado viril que Zafiro admiro con sus oídos.
En apuros, ante protestas silenciosas, el señor Roger no le quedó de otra.
—Yo hago unas mejores —mintió Bell, intentando evadir el tema de su prima.
—Pueden irse —dispuso la señora Bailey.
—Ven aquí, querida —pidió el tío de Zafiro.
Se detuvo, con todos los ojos sobre ella, no iba a desobedecer.
Le entregó la bandeja a Mary que le sonrió antes de marcharse.
Zafiro se ubicó a la par de su tío, en medio del duque que por el distintivo olor a especias, supo que era sus manos que habían preparado dichas galletas que olían tan bien.
La mujer e hija del señor Baker, fingieron una falsa sonrisa que se distinguía a leguas.
—Excelencia, ella es nuestra sobrina, Zafiro —presentó al duque —. Querida, él es su excelencia, Gabriel, el duque de Westminster.
Zafiro volteó la cabeza para verlo, sostuvo su vestido e hizo una reverencia perfecta.
—Su Alteza —saludó por educación.
—Señorita —correspondió con una inclinación de cabeza.
Zafiro se aturdió, no era solo la voz, era ese guapísimo hombre, muy alto, ojos grises, cabello oscuro, rostro afeitado, unos labios rojos en igual proporción, vestía obviamente bien, el estatuto se lo permitía, así como portaba las facciones más bellas que había visto.
Si no estuviera tan enamorada de Guillermo, sin duda suspiraba.
Por su parte, el duque se removió, la mira más impresionante que habia visto en su vida le dio el frente, compuesta por unos ojos preciosos de color tal como el nombre que portaba aquella señorita que le habían detonado un calor agradable en el cuerpo entero.
A pesar de que lo que rogaba no fuera evidente, se preguntó, ¿Por qué estaba como una criada cuando era miembro de la familia Baker?
Era muy atrevido indagar al respecto, así que se contuvo.
—Nuestra sobrina en agradecimiento suele encargarse de supervisar los quehaceres de la casa —excusó Bailey y maldijo no haberle puesto aunque sea un vestido de diario de los de Bell.
Les restaba al estatus de la familia.
Zafiro no le rebatió, no tenía caso, además faltaban algunas días todavía para su mayoría de edad y, por ende, estaba bajo tutela de ellos.
—Si me disculpan, debo retirarme —comunicó Zafiro.
#842 en Otros
#160 en Novela histórica
#2902 en Novela romántica
zafiro gabriel guillermo, duque duquesa, ducadodewestminster
Editado: 27.06.2026