El resurgir de Zafiro

Capítulo V

Esa noche Zafiro se acostó tranquila, dos personas con distintos ojos la observaban, dos hombres en específico, gris y castaño, no entendía por qué soñaba aquello, estaba enamorada de Guillermo como una loca.

Al día siguiente aconteció con lo que se esperaba, Bell no dejaba de hablar sobre el duque hasta irritarla, claro que no podía decir nada, la prudencia ante todo, ella aseguraba si o si que era por su mano por la que regresaría, Zafiro no podía sacarla de su error, nadie ahí lo tenía claro.

Por la tarde, su tío Roger la llamó, acudió sin pretextos con la expectativa de sobre qué quería hablarle, caminó hasta allá.

Tocó antes de entrar, era una joven tan correcta, quizás no la más digna señorita de aquella época y con los modales no más impecables, pero era respetuosa.

—Tío, me mandó a llamar.

El hombre le señaló el asiento frente a ella, era consciente de que no había cumplido con su palabra, su difunto primo seguro se retorcía en la tumba por el estado en el que estaba su hija.

—No he sido un buen tío para ti, Zafiro —confesó, poniéndose melancólico —. He permitido cosas contigo que no son propias.

Zafiro miró las manos que tenía en el regazo, buscando las palabras adecuadas.

—Soy consciente de que no me correspondía ninguna herencia por ser mujer, entiendo que ustedes son los señores de la casa —comentó, mirando las paredes con melancolía.

Roger tenía un sentimiento de culpa muy grande, no sabía cómo decirle que no a su hija, a su esposa, tanto que dejó de lado a aquella joven que jamás se había quejado por nada.

—Quiero que tomes esto —desplazó una pequeña bolsa sobre el escritorio que antes había sido de su padre —. Jamás va a retribuir todo lo que has hecho.

Zafiro sacudió la cabeza, estaba a punto de llorar.

—No hace falta, sé que tiene problemas económicos. —echó el objeto hacia atrás.

Roger lo devolvió.

—Por lo mismo, ve a las tiendas, cómprate algo bonito, eres una joven preciosa, corre el rumor sobre ti y es posible que vengan propuestas matrimoniales para ti también, aunque no hayas debutado.

Aquello aceleró el corazón de Zafiro, ya estaba en su corazón prometida.

—Tonterias, tío, usted sabe que soy poco conocida —se levantó, Roger la imitó.

Tomó las manos de su sobrina y la hizo guardar el par de libras que le había ofrecido.

—No lo es —aseguró.

Zafiro se removió incómoda, buscando cómo expresarse.

—Tío —vaciló.

—Puedes decirme lo que quieras —la alentó, estudiándola.

Guardó las monedas y le cogió las manos, apretandolas.

—¿Usted quiere que yo sea feliz?

La pregunta tomó por sorpresa al señor Roger, había fallado como la figura paterna que ella necesitaba, pero no había nada más que deseara.

—Por supuesto.

Zafiro sonrió, quizá no tuviera nada que temer sobre que pidieran su mano.

—Espere un poco, por favor, prométeme que cuando le diga que sí seré feliz con un caballero, usted me apoyará —le pidió.

Extrañado, se quedó pensativo, sus padres durante sus primeros años la habían llenado de amor, tenía un ejemplo muy formidable de ellos dos, no podía negárselo.

—Te lo prometo.

Se dieron un fuerte abrazo, que culminaron las dudas de Zafiro. Ella marchó hacia su habitación, no gastaría nada, lo usaría para ayudar a Guillermo, estaba feliz por ello.

Se apresuró a dejar todo en orden para que no se le perdiera ni una moneda, acudió al llamado de la campana. Era Bailey, nunca la miraba con agrado, tampoco se quejaba.

—Diga, tía.

Le hizo señas para que pasara, entró, Bell estaba, no tenía buena cara, parándose derecha con la manos hacia atrás, aguardó.

—Aquí tienes tres vestidos —le extendió tres, eran muy bonitos, Bell los solía usar por casa, fue a argumentar, la silenció con una mano —. Te avisaremos cuando vengan visitas, sobre todo el duque, sabemos que estará regularmente por aquí.

Bailey y Bell se miraron cómplices, en parte buscaban restregarle en la cara su supuesta desdicha comparada con la de Bell.

—Me alegro mucho por mi prima —pronunció, para que vieran que no les afectaba.

La escrutiniaron con los ojos, se mantuvo inflacable.

—Si se te requiere para algo, principalmente cuando esté aquí alguien importante, te pones uno —ordenó Bailey.

Asintió, los tomó en las manos, sabía que de algunas partes debía arreglarlos para que se adaptarán a su figura.

—Agradece el sacrificio, yo no te daría ni la hora —espetó Bell, molesta.

Zafiro se mordió la lengua y se retiró al ático, ya era por la tarde, todo estaba listo, se sirvió su cena, subió algo emocionada, porque aunque fueron usados por otra persona, eran nuevos para ella.

Tomó agujas, se dedicó a ello durante las siguientes horas, hasta que tuvo que irse a dormir.

***

La temporada continuaba, supo todo por su prima, se había encontrado con "Gabriel" como le llamaba otra vez, así que aquella mañana el duque iría a desayunar por invitación de las damas de la familia.

Se puso el vestido aguamarina que le había dado tiempo de arreglar, era muy bonito, se hizo un peinado algo elaborado de varias trenzas, antes de bajar a la cocina.

Tenía mantequilla fresca hecha de la pasada noche, también hizo de maní, habían donas con chocolates por dentro y los panecillos, leche, quesos, café, era de los desayunos más elaborados que servían, la dona fue lo que más le gustó cómo quedó, era muy enorme, adornaría el centro.

Colocó los comensales justo a tiempo, Mary se retiró en los últimos toques, Zafiro ponía la fruta.

Estaba fantaseando despierta con un huerto donde cosechar las suyas, su mesita más pequeña, pero igual o más bonita.

Su mente estaba muy lejos de allí, ajena a que la observaban, Gabriel contuvo la respiración, era más hermosa así, con colores que le daban esa chispa, el mejor adorno que tenía era la sonrisa.

Seguía así, retocando una servilleta que había hecho más de dos veces, no quiso interrumpirla. Le generó calor por el cuerpo.




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