Habían pasado dos semanas desde la visita del duque de Westminster a la casa de los Baker. La temporada continuaba, solo asistió a una velada de esas donde se encontró nuevamente con la señorita Baker quien como siempre se mostró amable mediante el permiso de sus padres.
Algunos compromisos y los referente al ducado, requerían de su atención, por lo que lleva esas dos semanas fuera, la idea perfecta para pensar.
No era un hombre de excusas, siempre había ido por lo que quería, por ello,estaba contrariado, por primera vez en su vida debía darle tantas vueltas a un asunto como el de casarse, no era ningún inexperto hombre recién comenzando una vida, después de tres matrimonios la experiencia sobraba, así como la madurez.
Tanta, como para siempre hacer lo correcto y lo que se debía, teniendo como obligación principal darle un heredero al ducado de Westminster.
Sería fácil, se repetía, ya le habían presentado a cuánta joven doncella dotadas de talentos y virtudes posibles, las madres con hijas casaderas apenas llegaba a los bailes y reuniones no tardaban en lanzarsele encima y resaltar todas las virtudes de sus hijas.
Aquello no le generaba ningún sentimiento, solo máquina y buscaba un prospecto que no terminaba de encajar en su mente, cualquier joven ya sería su esposa, solo debía hacer la propuesta, no obstante, había conocido a cierta señorita de ojos impresionantes, jamás había visto tales ojos y estaba seguro que en todo Inglaterra tampoco lo había, excepto la Señorita Wayne.
Era orgullosa, se le notaba, ágil, poco parlanchina, educada, se notaba la madurez pese a ser joven, el comportamiento perfecto, joven, sin duda hermosa, cosa que no expresaría en voz alta, pero no tenía familia y por lo visto era una criada en su propia casa.
Sabía de dónde venían los bienes que ahora ostentaba el señor Baker, eran del difunto primo de éste, había dejado a su único vástago en manos de quienes debían cuidarla.
Aquello le molestaba mucho, quizá por ello no podía hacerle una propuesta al señor Baker por su hija Bell, por el trato que se notaba le daban a la joven, mal vestida, que respondía a señas y se veía cohibida muchas veces.
No entendía por qué aquello le molestaba y como siempre pasaba en los últimos días estando en soledad traía de vuelta su voz, sus ojos.
—Definitivamente, te hemos perdido —sintió la presencia de alguien, cuya persona tomaba asiento dejando el sombrero frente a él.
Se recompuso tal cual no pasaba nada, ya se habían visto en las carreras de caballos aquel día, estaban en el club, Gabriel solo, no era muy bueno para relacionarse, estoico, así que prefería la tranquilidad y soledad.
—Salgamos —mencionó el duque.
No esperó respuesta, tomó su bastón —un accesorio que llevaba todo caballero —, sombrero, estuvo listo para caminar hacia los terrenos vacíos con los que contaba el lugar y donde jugaban golf todos.
—¿Qué te tiene tan pensativo? —inquirió Charles.
El duque lo pensó, Charles era un charlatán se preguntaba cuando sentaría cabeza y se preparía para lo que tarde o temprano heredaría. Era parlanchín, libertino, socarrón, pocas veces se tomaba las cosas en serio, no sabía cómo había terminado en una amistad con aquel holgazán.
—Debo casarme —Comenzó Gabriel.
Charles que esperaba que le dijera más, se le plantó enfrente, lo instó a que continuara.
—Hay una joven, no tiene fortuna y tampoco estatus —concluyó, aquello era demasiado detalle, Charles lo entendió.
Sin procurar que su amigo dijera más, puesto que sabía que sería imposible, tomó una de las pelotas de golf, lanzándola lejos.
—Tu eres un hombre muy adinerado, querido amigo, la fortuna no es un problema —aclaró Charles.
Hastiado por el jueguito de tira y apara de Charles, el duque le quitó de mala gana la pelota y la mandó tan lejos que sería imposible buscarla.
—No me estás entendiendo, te estoy diciendo que es plebeya.
Charles respiró profundo, halló el asunto, se casaban con familia de antecedentes aristocráticos para preservar el linaje casi puro, o de otros miembros de ducados, condados y demás, establecer relaciones.
—¿Te gusta? —Gabriel se quedó callado —. ¿Ella qué siente? Ya sabes, demuestra interés.
Gabriel frunció el ceño, como si no supiera de qué le estaba hablando Charles.
—Solo he cruzado palabras con ella dos veces y son meramente de saludos.
La risa de Charles lo molestó, por lo que se decidió a marcharse, el susodicho se le atravesó y enfrentó.
—Tranquilo, ya sé cómo es esto, me parece imposible concertar un matrimonio sin hablar o ya sabes —sugirió a lo que el duque se ofendió aún más.
La imagen que le pasó por la mente lo volvió loco, no podía pensarlo siquiera.
—No mancillaré el honor de la joven —se horrorizó, si Charles fuese algún hermano suyo, sin duda habrían terminado en trifulca.
La señorita Wayne era, no sabía, pero nunca se atrevería hacerle aquello, la idea lo enfermó, la mente voló rápido, qué tal si hacían alguna propuesta y la joven terminaba en brazos de otro hombre, aquello le molestó y sintió la urgencia de regresar pronto a Londres.
—Ya, ya —Charles levantó los brazos —. Es obvio que la muchacha te gusta, date cuenta, Archer.
Volvió a sumirse en sus pensamientos.
—No sabe nada de lo que conlleva casarse conmigo.
Meditó, la joven se merecía elegirlo o no como esposo, así que evitó continuar.
—Ya la imaginas cómo esposa, Archer, tienes que dejar de ser tan cerrado, toma lo que te gusta siempre que puedas y te correspondan, no se va a acabar el mundo porque una plebeya se convierta en la duquesa de Westminster.
La duquesa de Westminster, tuvo miedo de cómo sonó, había perdido a dos esposas, Zafiro era joven, se veía saludable, más no deseaba pasar por un estrago parecido otra vez y condenar a su hija a que lo viviera.
Hablaron de otros temas, hasta que finalmente se retiraron y cuatro días después el duque volvió a casa con las palabras finales de Charles rondando en su cabeza, siempre has sido perfecto, lo mejor para el ducado, pero, ¿Te has preguntado qué quieres tú?
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Editado: 27.06.2026