El resurgir de Zafiro

Capítulo VII

Zafiro pensó que nació con mala suerte, nunca había sido feliz salvo unos pocos años de su vida, luego caería en desgracia y el mal se ciñó sobre ella para siempre.

—Bell —le suplicó, pero ya su prima caminaba con una sonrisa babilónica en la cara, mientras ella temblaba.

—Voy a deshacerme de ti por fin —se vanaglorió, dando media vuelta para mirarla.
Bell sabía que Zafiro era demasiado hermosa, eso significaba una amanezca para ella, todos cuantos llegaban la querían e incluso reían con ella.

—Bell, por favor, solo escúchame —siguió insistiendo, mientras la seguía por las calles, ya habían bajado a ellas y los transeúntes de aquella tarde las miraban.

Iban muy apresuradas.

—No tengo nada que escuchar de ti, desvergonzada —susurró bajo —. Soy tú y me devolviera, te van a matar.

Definitivamente Zafiro no quería aquello, sólo quería algún lugar que fuera suyo en donde estar tranquila, no sufrir más, no sentirse tan poca cosa, eso le había traído tales consecuencias, se preguntó el motivo si solo buscaba su felicidad.

—Tengo algo que proponerte —dijo como último recurso.

Provocó la carcajada burlona de su prima que se jactó de ella, sonaba estúpida.

—Zafiro, mirate —la señaló —, no eres más que una simple criada, ¿Qué tienes para ofrecerme que no tenga yo?

La mencionada se mordió la lengua, no quería empeorar aquella situación, por lo que respiró buscando calma, era mal momento para recordarle que todo lo que tenía en un principio se lo había quitado a ella.

—Tienes razón —apoyó lo que decía y ver que la odiaba tanto le dolió mucho —. Si tú dices algo, eso hará eco en la sociedad y tus pretendientes, como el duque, por ejemplo, creerán que por estar siempre conmigo eres de igual calaña.

Se estaba rebajando asumiendo que hacía mal, lo que no era mentira, no obstante, no era una cualquiera.

Bell lo pensó, en un principio se había dejado llevar por la victoria de quitarse a algún rival como su prima de encima, sin pensar en su propia reputación.

—¿Lo tenías todo planeado? Todo para arruinarme a mi —articuló Bell.

Como era su único recurso, le imploró casi al negar.

—Sabes que no sabías que me seguías —expresó.

Siguieron caminando, ya lo de andar solas aquellas horas buscaría cómo explicarlo a pesar de que tendría castigo, solo estaba pendiente a Bell, quién estaba muy callada.

—No vas a estar cuando llegue alguien, no vas a hacerte notar, serás una sombra invisible —enumeró Bell.

—Me parece perfecto, también te puedo ayudar con la mesa —se ofreció, necesitaba mantenerla callada, lo de anfitriona a Bell se le daba mal —. Si quieres, claro.

Aquello le gustó a Bell, había sacado cosas muy buenas de esa tarde, tener a Zafiro en su poder y que hiciera lo que ella quería, sobre todo que ya vendrían las propuestas dado que se cerraba la temporada, la cual si bien había tenido de qué hablar, los tabloides esperaban para saber de cuántos matrimonios se concertaban después de esta.

—En eso tienes razón, tonta —admitió, sin asegurar nada.

—¿Entonces? —insistió Zafiro.

Quedaron calladas, Bailey las esperaba en la puerta, Zafiro sintió que se moría del miedo, estaba fría y pálida, esa mujer la odiaba.
Bell sonriéndole fue lo peor, no supo cómo no murió en aquel momento.

—¡¿Dónde se supone que estaban?! —exclamó Bailey.

Ambas pasaron saliva, Bell buscó las palabras adecuadas mirando a Zafiro.

—Yo le pedí que me acompañara, tú habías salido y fui —por primera vez no la tiró al pozo de los leones, no le echó la culpa y eso casi hace llorar a Zafiro —, por tinta.

Sacó un frasco nuevo dentro de una bolsa plástica de aquella cartera que llevaban todas las señoritas.

—¿Con esta? —preguntó incrédula Bailey.
Bell asintió dejando el nerviosismo, mientras entrelazaba el brazo con su madre.

—Parecía un gato asustado —se burló la susodicha —, a parte la mortificaba con lo que no podía comprar.

Eran comentarios ofensivos, pero estaba a salvo que ni el pisotón o empujón de Bailey pudo quitar.

Al día siguiente comenzó el trato con Bailey, tenía sus beneficios, cuando no podía salir porque había visitas, podía irse a caminar a los alrededores y cuando no, Esmeralda estaba por ahí y entraba por la puerta trasera, porque por más que dijeran de ella y su familia, sus productos eran accesibles y su tía los compraba.

Cuando se vieron después de meses se abrazaron, besaron y charlaron por largo tiempo, comieron, rieron, Esmeralda ayudaba a Zafiro con su tristeza y cuando estaba, con los oficios.

—¿Has visto cómo te ve el duque? —preguntó un día Esmeralda.

Zafiro frunció el ceño, sería rapidísimo, Mary estaba enferma por eso servía ella aquellos días.

Disimuladamente asomó la cabeza encontrándose con los ojos grises de su excelencia. No lo detallaba mucho, era muy apuesto, fornido e intimidante, por lo que le costaba sostenerle la mirada, encima de sonrojarse por alguna vergüenza.

—No, está interesado en Bell.

Esmeralda sí que lo miró sin ninguna vergüenza, a lo que el duque le frunció el ceño, simplemente le sonrió y volvió a esconderse.

—Yo también tengo ojos brillantes y no me ha mirado así como a ti —conjeturó —, creo que a Bell le dará un muerete cuando sepa en quién está interesado su alteza.

Zafiro acomodó los planos sirviéndose ambas del postre.

—Estas equivocada, jamás se fijaría en mí —quiso puntualizar —, además, que esté enojada con Guillermo no significa que lo haya dejado de querer.

Bajó la voz.

Esmeralda masticó con mala cara el bizcocho, salían al patio para hablar.

—A mi tu amorcito no me cae bien, poco hombre que después de un año no viene a por tu mano o a dar la cara —espetó Esmeralda —. Hazme caso, date cuenta del que si y el que no, si le prestaras más atención a caballeros como el duque, te aseguro que la historia sería otra.

Lo decía por lo que le había contado sobre Bell, estaba enojadisima su amiga, Esmeralda era más directa, culta a pesar de todo, eso no evitaba que fuera como fuera.




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