El resurgir de Zafiro

Capítulo VIII

Zafiro no podía esperar más. La nota de Guillermo había encendido una chispa de esperanza en su pecho a pesar de las dudas que Esmeralda había plantado, aquella tarde, después de cumplir con sus tareas matutinas y asegurarse de que Bell y Bailey estuvieran ocupadas con sus propios preparativos, se escabulló por el sendero trasero de la casa.

El corazón le latía con fuerza mientras corría hacia el llano, el lugar secreto donde solían encontrarse. El sol filtraba sus rayos a través de las hojas creando un mosaico de luz y sombra que parecía reflejar su estado de ánimo: luminoso por la anticipación, pero ensombrecido por la incertidumbre.

Guillermo ya estaba allí, recostado contra el tronco del gran árbol, con una sonrisa pícara en los labios. En sus manos sostenía un pequeño paquete envuelto en papel sencillo, atado con una cuerda. Al verla llegar, se levantó de un salto y la abrazó con fuerza, inhalando su aroma como si fuera el aire que necesitaba para vivir.

—Mi dulce Zafiro —murmuró, besándola en la frente—. Feliz cumpleaños, aunque sea un poco tarde. Te he traído algo.

Zafiro se sonrojó, sorprendida de que él recordara la fecha. Tomó el paquete con manos temblorosas y lo abrió con cuidado. Dentro había un colgante de plata simple, con una pequeña piedra azul que le recordaba el color de sus ojos. No era lujoso, si era hermoso en su modestia, y el detalle la conmovió hasta las lágrimas.

—Es precioso, Guillermo —susurró, poniéndoselo al cuello—. Gracias. Nadie más se acordó, excepto Esmeralda.

Él sonrió, orgulloso de su elección, y la atrajo hacia sí sentándose con ella bajo el árbol. Sus besos comenzaron suaves, pronto Guillermo intensificó el contacto, sus manos explorando los bordes de su vestido con una urgencia que Zafiro ya conocía. Intentó empujarlo suavemente, él insistió, susurrando promesas de amor eterno.

—Solo un poco más, Zafiro —rogó, con la voz ronca—. Eres mía, y yo tuyo. ¿Por qué esperar?

Zafiro se apartó con firmeza, el corazón acelerado por una mezcla de deseo y miedo.

—No, Guillermo. Quiero llegar pura al matrimonio, no es digno de una señorita ni de mí. Lo sabes.

Él se apartó, frustrado, peinándose el cabello hacia atrás con un gesto brusco. Su rostro se ensombreció, y por un momento, Zafiro vio un destello de ira en sus ojos.

—Siempre lo mismo, Zafiro. ¿Cuánto tiempo más me harás esperar? Soy un hombre, no un santo.

Se sintió culpable, como si estuviera fallándole, pero no cambió de parecer. Había leído en sus libros románticos sobre el valor de la virtud, y en su corazón sabía que era lo correcto.

—Lo siento, Guillermo. Te amo, pero no puedo. Dime, por favor, ¿cuándo irás a hablar con mi tío? La temporada casi ha terminado y Bell pronto recibirá propuestas. Necesito saber que esto es real.

Guillermo suspiró, mirando al horizonte.

—No puedo ir todavía, no hasta que Bell se case como corresponde. Si voy ahora, tu tía y tu prima me verán como una amenaza y podrían arruinarlo todo. Esperemos que ella esté comprometida; entonces, tu tío estará más dispuesto.

Zafiro frunció el ceño, sintiendo un nudo en el estómago.

—Eso podría tardar semanas, meses, ¿Y si Bailey me obliga a casarme con alguien más antes? Te lo he dicho, ella me amenaza con eso.

Él la tomó de las manos, intentando calmarla.

—Confía en mí, Zafiro. Todo saldrá bien. Solo ten un poco más de paciencia.

Se despidieron con un beso casto, la discusión dejó un regusto amargo en Zafiro. Regresó a casa con el colgante oculto bajo su vestido, preguntándose si Guillermo realmente entendería su posición o si su impaciencia los separaría.

Más luego esa misma tarde, un carruaje con el escudo del ducado de Westminster se detuvo frente a la casa de los Baker. Zafiro, que estaba en la cocina preparando una merienda ligera, se sorprendió al oír la voz de Lady Margot Archer en la sala.

La hermana del duque había llegado sola, con la excusa de pasar a saludar y probar esas delicias que tanto le gustaron a su familia. Bailey y Bell, encantadas con la visita, insistieron en que Zafiro atendiera personalmente, pues sabían que su comida era un punto a favor para impresionar a la nobleza.

Zafiro sirvió té, galletas de mantequilla y un pastel de frutas que había horneado esa mañana. Lady Margot, con su elegancia natural y sus ojos grises tan parecidos a los de su hermano, conversaba animadamente con Bell y Bailey. Sin embargo, cuando pidió a Zafiro que le explicara cómo preparaba sus famosas galletas, la invitó a la cocina bajo la excusa de tomar notas para su propia cocinera.

Bell y Bailey, confiadas en que la visita era para reforzar el interés del duque en Bell, no sospecharon nada.

Una vez a solas en la cocina, Margot sacó un cuaderno y comenzó a anotar mientras hablaba con Zafiro. Su tono era ligero, pero sus palabras parecían cuidadosamente elegidas.

—Señorita Wayne, ¿Ha pensado usted alguna vez en el matrimonio?

La pregunta de Lady Archer tomó por sorpresa a Zafiro que distraída le enseñaba cómo obtenía su propia mantequilla. Aquello le pareció extraño, puesto que no le habían hecho una pregunta de ese índole y menos una persona del estatus de quien la acompañaba.

—Como toda joven, mi lady —respondió con todos los modales que podía reunir, pero sin poder evitar su extrañeza.

—Maravilloso —casi exclamó Lady Archer mientras alcanzaba un bolillo de dulce de leche que estaba delicioso —. Pero dígame, señorita Wayne, ¿Quiere esperar un tiempo o si alguien le hiciera una propuesta aceptaría usted de inmediato?

Las manos de Zafiro le temblaron, no sabia porque sintió que buscaba algún indicio en ella. Estaba decepcionada de Guillermo, aquello no se lo podía ocultar ni ella misma, sin embargo, su corazón era terco por lo que no le dejaba tener lucidez mental. Se preguntaba cuál era la razón de que lady Archer estuviera haciéndole aquellas preguntas.




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