El amanecer pintaba el llano con tonos rosados y dorados, el aire estaba cargado de tensión. Zafiro, con su vestido gris remendado y el corazón acelerado, corría por el sendero cubierto de rocío hacia el gran árbol donde solía encontrarse con Guillermo.
La nota que él le había enviado la noche anterior, garabateada con prisas, le pedía un encuentro urgente, aunque la esperanza la impulsaba, un nudo de ansiedad le apretaba el pecho.
Las palabras de Esmeralda resonaban en su mente: "Un hombre que promete y no cumple no es hombre". Se preguntaba de donde su amiga tenía tantos conocimientos, recordando que tenía una madre que le afilaba los cuchillos.
Zafiro se aferraba a Guillermo, a la promesa de un futuro libre de la opresión de su tía Bailey y su prima Bell.
Guillermo ya estaba allí, recostado contra el tronco, su rostro curtido por el sol ensombrecido por una expresión que Zafiro no podía descifrar. Sus manos, ásperas por el trabajo en la herrería, jugueteaban con una brizna de hierba. Al verla, se levantó, no con la calidez de otros días. Su abrazo fue breve, casi mecánico.
—Guillermo, ¿qué pasa? —preguntó Zafiro —. Tu nota sonaba extraña. ¿Vas a hablar con mi tío? ¿Cuándo iremos con él?
Guillermo suspiró, peinándose el cabello oscuro con dedos inquietos.
—Zafiro, no es tan simple. Tu tía y tu prima no me aceptarán hasta que Bell esté casada. Si voy ahora, arruinarán todo. Necesitamos tiempo.
Aquello solo logró angustiarle más, a pesar de la opresión en el pecho, fue allí con la vaga esperanza de escuchar algo diferente a los días anteriores. Pudiera ser que Bell haya aceptado el trato, pero no se fiaba de su prima para nada.
—¡Tiempo! —estalló Zafiro, sorprendida por su propia vehemencia. Las lágrimas ardían en sus ojos, las contuvo—. Llevamos un año esperando, Guillermo. Me prometiste que hablarías con Roger después de la temporada, y la temporada terminó. Mi tía me amenaza con casarme con cualquier hombre, y Bell sabe de nosotros. ¡Estoy atrapada, y tú no haces nada!
Guillermo dio un paso atrás, con el rostro endureciéndose. Quería verla antes de resolver algunos pendientes, la atracción que sentía por la joven señorita era mucho mayor de lo que pudiera imaginar, pero sus constantes exigencias lo tenían al borde.
—¿Crees que no lo intento? Tengo mis propios problemas, Zafiro. Deudas, cosas que no entiendes. No puedo enfrentarme a tu familia sin un plan.
—¿Deudas? —Zafiro frunció el ceño, el colgante de plata que él le había regalado por su cumpleaños pesando como una piedra en su pecho—. ¿Qué deudas, Guillermo? ¿Por qué no me cuentas? Se supone que somos el uno para el otro.
Él apartó la mirada, apretando los puños.
—No es tu carga. Confía en mí, pronto lo resolveré, solo no me presiones, Zafiro. No soy un caballero que puede enfrentarse a un duque.
Las palabras cortaron como un cuchillo. Zafiro sintió un frío recorrerle la espalda, no por la brisa matinal, sino por la distancia en los ojos de Guillermo. No entendía a qué venía aquel comentario referente a su alteza y menos que tenía eso que ver con ellos.
—¿Un duque? —inquirió en un susurro, pensando en su excelencia el duque de Westminster, en la forma en que sus ojos grises la habían mirado en más de una vez. Se reprendió mentalmente —. ¿Qué tiene que ver el duque con esto?
Sus propios argumentos le azuzaron, el recuerdo del duque solía perseguirla por lo que Esmeralda solía decirle, más después de la conversación con Lady Margot, sin embargo, aquello sí que la descolocaba puesto que no esperaba argumento de su novio para con ello.
Guillermo rió, con un sonido amargo.
—No soy sordo, Zafiro. He oído los rumores, los de caballerizas cuentan, dice que el duque que frecuenta tu casa te mira en cada visita y tú no parecías disgustada. Si quieres a un noble, dímelo ahora y terminemos con esto.
Zafiro dio un paso hacia él, quebrándose. Le ofendía que le hiriera y pusiera en duda todo lo que había sacrificado por él. Su reputación estaba en juego, le había dado más besos de los que podía contar y aquello contaba como la pérdida de la virtud de una joven si tan solo se enteraban.
—¡No quiero a un noble! Te quiero a ti, Guillermo, me estás rompiendo el corazón. Si no puedes cumplir tus promesas, si no puedes ser el hombre que necesito, entonces no sé si puedo seguir esperando.
Quiso sollozar, pero no lo hizo, ¿Por qué se sentía tan ofendida porque la mezclaran con el duque cuando su corazón le pertenecía a Guillermo? Ella jamás podría soñar con menos de lo que era y el palacio de su excelencia era una inmensidad en comparación con la nada que poseía.
El silencio que siguió fue pesado, roto solo por el canto de un pájaro lejano. Guillermo la miró, con los ojos llenos de una mezcla de culpa y frustración.
—Dame una semana, Zafiro, una semana, y lo arreglaré, no me pidas más de lo que puedo dar ahora.
Ella asintió, aunque su corazón se sentía como si se hubiera partido en dos. Se dio la vuelta y corrió de regreso a la casa, con las lágrimas finalmente cayendo por sus mejillas. Deseaba con todas sus fuerzas que esa semana realmente llegara y que en verdad Guillermo cumpliera su palabra. Se sentía tan poca cosa, sola, rota. Solo deseaba hallar su lugar en el mundo y ser libre de tantas humillaciones y sufrimiento.
No vio a Bell, escondida tras un arbusto, con una sonrisa cruel en los labios.
***
En el palacio de Westminster, la luz del sol se filtraba a través de los vitrales del salón principal, proyectando mosaicos de colores sobre el suelo de mármol. Lady Margot, la hermana de Gabriel, estaba sentada en un diván de terciopelo, bordando un pañuelo mientras observaba a Gabriela, su sobrina de ocho años, jugar con una muñeca de porcelana.
La niña, con el cabello castaño recogido en trenzas y los ojos grises heredados de su padre, fruncía el ceño mientras arrancaba un brazo a la muñeca, un gesto que hizo suspirar a Margot.
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Editado: 27.06.2026