El crepúsculo bañaba el palacio de Westminster con una luz púrpura, tiñendo los vitrales de la sala de estudio con tonos de amatista y azul. Gabriel Archer, octavo duque de Westminster, estaba sentado tras su escritorio de roble, rodeado de pergaminos y libros de cuentas que detallaban las finanzas del ducado.
Sin embargo, su mente no estaba en los números, sino en una joven de ojos azules que lo había perseguido en cada rincón de sus pensamientos desde su última visita a la casa de los Baker. Zafiro Wayne, con vestido sencillo, sonrisa tímida y su talento para transformar lo ordinario en extraordinario, se había convertido en una obsesión que no podía ignorar.
Gabriel se levantó, ajustando su chaleco negro bordado con hilos de plata, y caminó hacia la ventana que daba a los jardines. La conversación con su madre, Lady Eleanor, aún resonaba en su cabeza: "Si esta joven te hace dudar tanto, debe haber algo en ella".
No era solo duda lo que sentía; era una mezcla de anhelo y temor. Había perdido a dos esposas, la tercera huyó antes siquiera de que acontecieran algunas cosas, cada una dejando una cicatriz en su corazón y en su reputación. La sociedad susurraba sobre su maldición, y Lord Percival Hawthorne, su rival en la corte, no perdía oportunidad de alimentar esos rumores.
Zafiro era diferente, no era una noble con ambiciones vacías, sino una mujer cuya autenticidad lo desafiaba a romper las cadenas del deber.
—Necesito un heredero —murmuró para sí mismo, aunque sabía que era más que eso.
Quería una compañera, alguien que llenara el palacio con calidez, que guiara a su hija Gabriela en las complejidades de ser una dama. Zafiro, con su paciencia y su fuerza silenciosa, parecía encarnar todo lo que había buscado sin saberlo. ¿Estaba dispuesto a enfrentar el escándalo de cortejar a una plebeya? ¿Qué sentía ella en su corazón?
Decidido, llamó a su mayordomo.
—Prepara el carruaje. Iré a la casa de los Baker esta tarde. —demandó firme mientras se ponía el sombrero.
No era solo una visita de cortesía; iba a hablar con Roger Baker, el tío de Zafiro, para pedir permiso de cortejarla. Era un riesgo, uno que estaba dispuesto a tomar.
***
La casa de los Baker, aunque respetable, palidecía frente a la opulencia del palacio de Westminster. Sus paredes de piedra, desgastadas por el tiempo y la humedad de los inviernos londinenses, mostraban grietas que nadie se molestaba en reparar. Los muebles de madera pulida, otrora elegantes, ahora tenían el brillo apagado de los objetos que han visto demasiados años y demasiadas manos. El comedor principal olía a cera y a polvo, a la falsa limpieza de las casas donde las apariencias importan más que la verdad.
Gabriel fue recibido en el comedor principal, donde Roger, un hombre de rostro amable pero cansado, lo saludó con una reverencia torpe que delataba años de no practicar el protocolo. Llevaba un chaleco desgastado en los codos y los dedos manchados de tinta, como si hubiera estado revisando cuentas antes de la llegada del duque.
Bailey y Bell, vestidas con sus mejores galas, revoloteaban a su alrededor como mariposas nocturnas atraídas por una llama. Bailey lucía un vestido de terciopelo burdeos que le quedaba ajustado en los hombros, con un collar de perlas falsas que tintineaba cada vez que se movía. Bell, más joven y más osada, llevaba un vestido de seda verde que realzaba su cabello dorado y sonreía con la tensión de quien sabe que está siendo evaluada.
—Su alteza, es un honor —dijo Roger, ajustándose el chaleco con nerviosismo—. ¿A qué debemos esta visita? ¿Algún problema con el envío de telas? ¿O quizás...?
—Señor Baker —lo interrumpió Gabriel, con su voz grave y medida—. No vengo a hablar de negocios.
Roger parpadeó, confundido.
Las mujeres intercambiaron miradas. Bailey arqueó una ceja, y Bell se mordió el labio inferior delatando así su ansiedad. Aquello no era propio puesto que se podía tomar como un coqueteo, así que su madre le reprendió.
—Por supuesto, alteza, usted dirá —coincidió el señor Becker, invitándolo a pasar.
—He venido a discutir un asunto personal —continuó Gabriel tan pronto como los siguió, sin inmutarse—. ¿Podemos hablar en privado?
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Bailey y Bell intercambiaron una mirada cargada de significado. La primera con una ceja arqueada que decía "¿Qué está pasando?"; la segunda, con una sonrisa tensa que ocultaba un pánico creciente.
—Por supuesto —respondió Bailey, levantándose con una lentitud teatral, como si cada movimiento fuera una concesión—. Estaremos en el salón, su alteza. Zafiro traerá más té si lo necesita.
Aquello le molestó al duque, la trataban tal cual una sirvienta y no le gustaba que se refirieran a la causante de su distracción de una forma, que por más fingida, bien sabía era despectiva.
Bell también se levantó, pero sus dedos se aferraron al respaldo de la silla un instante más de lo necesario, como si no quisiera soltarlo. Luego, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, siguió a su madre hacia la puerta.
Antes de salir, Bell se detuvo justo en el umbral. Se giró ligeramente hacia el duque, lo suficiente para que él viera su perfil, y dejó caer una frase que parecía casual pero que estaba cargada de intención:
—Si necesita algo más, su alteza, no dude en llamarme. Conozco esta casa mejor que nadie.
La puerta se cerró tras ellas. El duque no le prestó atención a lo que decía.
Una vez solos, el silencio se hizo más profundo.
Gabriel no se movió. Permaneció sentado en la silla de respaldo alto, con las manos entrelazadas sobre la mesa y la mirada fija en Roger. Había algo en su postura que no era amenazante, pero tampoco era relajado, era la postura de un hombre que ha ido a hacer una declaración importante y no está dispuesto a que nadie lo distraiga.
Roger, por su parte, se removió incómodo en su asiento. Llevaba años tratando con comerciantes, con proveedores, con deudores, pero nunca había tratado con un duque. Nunca había tenido que mirar a los ojos a un hombre cuyo nombre pesaba más que toda la fortuna del condado junta.
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Editado: 27.06.2026