El resurgir de Zafiro

Capítulo XI

Bell sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Primero fue un zumbido en los oídos, Luego, un vacío en el estómago, después, una furia tan roja que le nubló la vista.

—¿Zafiro? —repitió, con una voz que no parecía la suya—. ¿Esa... esa criada miserable? ¿Esa huérfana sin dote ni linaje? ¿El duque quiere cortejar a Zafiro?

No lo creía, ella era más que ella, tenía dote, era bella, había sido educada para ellos, sus modales también eran de los más refinados, mientras que su prima toda la vida tuvo que conformarse con la caridad y migajas suyas.

—Bell, cálmate —intentó decir Bailey, pero su hija ya no la escuchaba.

—¡No puede ser! —gritó Bell, su voz resonó en el salón como un cristal roto—. ¡Yo soy la que debía casarse con él! ¡Yo soy la que lleva meses esperando que me pida la mano! ¡Y él quiere a Zafiro!

Roger dio un paso hacia ella, con las manos extendidas, no quería que eso fuera un escándalo, el duque quería hablar el asunto con Zafiro antes de hacerle la propuesta formalmente y por una vez en la vida, el señor Becker no deseaba arruinar la sorpresa de su sobrina.

—Bell, hija, escúchame y cálmate...

—¡No quiero escucharte! —berreó Bell, retrocediendo—. ¡Tú siempre has sido débil! Siempre has preferido a Zafiro, siempre has puesto sus necesidades por delante de las mías y ahora, ¿la bendices para que se case con un duque? ¿Te has vuelto loco?

La falta de respeto molestó al señor Roger. Era un miembro de la nobleza, no podía siquiera alegar contra él. Además, si estaban llevando comida a la casa era por el nuevo convenio que tenía con su excelencia.

—El duque la eligió a ella —enfatizó Roger —. No fue mi decisión.

—¡Tendría que haberla rechazado! —gritó Bell—. ¡Tiene que ir a su casa y decirle que se ha equivocado, que no puede casarse con ella!

Bailey se levantó y tomó a su hija por los hombros.

—Bell, escúchame. Esto no ha terminado, el duque aún no se ha casado con ella, todavía podemos hacer algo, necesitas calmarte.

Bell la miró con los ojos brillantes de lágrimas y de furia.

—¿Qué podemos hacer? Ya ha pedido permiso para cortejarla. Si ella acepta, se casaran.

Su madre no quería decir nada en voz alta, la huérfana ahora sería considerada familia de los Archer, si tan solo el rumor llegara a su pretendiente, de que ellas le harían algo o tramaban en contra de Zafiro, estarían acabadas.

Pero Roger sabía que esa sonrisa no era inocente. Había visto esa misma sonrisa en el rostro de su esposa antes de que despidiera a la doncella que le había caído mal, antes de que lo convenciera de hacer tantas cosas quería.

Mientras tanto, en la cocina, Zafiro amasaba pan con las manos manchadas de harina y el corazón latiéndole con fuerza.

Había visto llegar al duque. Lo había visto desde la ventana de la cocina, tan imponente, elegante, era un caballero ante los ojos perfectos y no podía evitar tener curiosidad por su excelencia. Había sentido un escalofrío recorrerle la espalda, el mismo escalofrío que sentía cada vez que lo veía.

No era su lugar, no era correcto ni debido, ella no era nadie. Así que siguió amasando, golpeando la masa contra la mesa con más fuerza de la necesaria, mientras los sirvientes cuchicheaban a su alrededor.

—¿Has visto al duque? —susurró una doncella.

—Está más guapo que el año pasado —respondió otra.

—Y más adinerado también. La señorita Bell tiene suerte.

Zafiro no dijo nada. Solo apretó los dientes y siguió amasando.

Cuando finalmente supo que su alteza se había marchado, aquello le dio a Zafiro un alivio tan grande que casi se le doblaron las piernas, no sabia por que su alteza habria ido de nuevo a casa, no sabía lo que el duque le había dicho a su tío.

Solo que algo le generó miedo.

***

Esa noche, Bell no pudo dormir.

Estaba sentada en su habitación, frente al tocador, mirándose al espejo sin ver su reflejo. Sus dedos apretaban el borde del mueble con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en la madera.

—Zafiro —susurró, y el nombre sonó como una maldición—. Siempre Zafiro, siempre ella.

Se levantó y comenzó a pasear por la habitación con los brazos cruzados sobre el pecho y los pasos cortos y nerviosos.

—No puede ser —murmuró—. No puede ser que él la quiera a ella. Soy más bonita, tengo mejor posición. Mi madre siempre ha dicho que yo era la que debía casarse con un duque.

Se detuvo frente a la ventana y miró hacia el jardín, donde la luna brillaba sobre los árboles.

—Zafiro no es nada. Es una criada, una huérfana, una mujer sin pasado y sin futuro. ¿Qué puede ofrecerle al duque que yo no pueda darle?

Bell apretó los puños.

—¿Sus ojos? —continuó, con voz amarga—. ¿Sus ojos azules? ¿Eso es lo que le gusta? Pues yo también puedo tener ojos azules si me pongo unas gotas de belladona.

Se rió, pero no era una risa alegre, era una risa quebrada, llena de furia y de desesperación.

—No voy a permitirlo —dijo, al fin—. No voy a dejar que ella se lleve lo que es mío. El duque es mío, el título es mío. La vida que he soñado es mía.

Se giró hacia el espejo, y en su reflejo, por un instante, vio algo que no reconoció.

—Zafiro va a pagar —susurró—. Va a pagar por todo.

La madrugada la encontró en la misma posición, con los ojos abiertos y la mente tejiendo un plan. Un plan que comenzaría con una conversación en el mercado. Un plan que implicaría a Don Álvaro, a Guillermo y a la ruina de Zafiro.

Cuando el sol se levantó, Bell ya no era la misma mujer que la noche anterior, ya no era la hija mimada que esperaba un pretendiente. Era una mujer con un objetivo y ese objetivo era destruir a Zafiro.

Bailey la encontró en el desayuno con una sonrisa triunfal en los labios.

—Has tramado algo —supo, sin preguntar.

—Sí —respondió Bell, con la voz tranquila—. Y va a funcionar.

Bailey la miró un largo instante, y luego asintió con lentitud.




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