El resurgir de Zafiro

Capítulo XII

El crepúsculo envolvía Londres en un velo púrpura, con el aire fresco cargado de aromas a leña quemada y pan recién horneado desde las casas cercanas.

Zafiro, envuelta en una capa gris raída, avanzaba por un sendero polvoriento hacia la posada del Jabalí Rojo, un tugurio en las afueras conocido por su clientela de dudosa reputación. Su corazón latía con una mezcla de esperanza y desconfianza.

La nota de Guillermo, entregada esa mañana por un niño del mercado, era breve pero apremiante: “Encuéntrame en el Jabalí Rojo esta noche. Tengo un plan para nuestra vida. No falles”.

La discusión en el llano, donde Guillermo evadió sus preguntas sobre sus deudas y su incapacidad para enfrentar a Roger, había dejado a Zafiro con el corazón herido.

Las promesas de un futuro juntos se desvanecían como el humo, pero la amenaza de Bell, quien sabía de su romance y la opresión de su tía Bailey la empujaban a aferrarse a esta última esperanza.

Ajustó el colgante de plata que Guillermo le había regalado, ahora un peso más opresivo que reconfortante.

La posada del Jabalí Rojo era un edificio de madera ennegrecida, con ventanas empañadas que apenas dejaban pasar la luz de las antorchas. El bullicio de risas groseras, jarras chocando y el olor a cerveza rancia llenaban el aire.

Zafiro dudó en la entrada, su mano temblando en el pomo. Las palabras de Esmeralda sobre el duque con sus ojos grises que parecían verla de verdad, la perseguían, las apartó. Guillermo era su amor, aunque cada día parecía más un sueño roto.

Dentro, el ambiente era sofocante. Guillermo estaba en una mesa al fondo, su figura robusta encorvada sobre un tarro. Sus ojos, normalmente cálidos, estaban nublados por una mezcla de miedo y culpa.

Al verla, se levantó y la llevó a un rincón oscuro, donde las sombras ocultaban sus rostros.

—Zafiro, gracias por venir —dijo, con voz baja y tensa—. Tengo un plan. Podemos irnos a York, empezar de nuevo, solo necesitas confiar en mí esta noche.

Zafiro frunció el ceño, el eco de su discusión resonando.

—¿Confiar? Guillermo, me hablaste de deudas, de cosas que no explicas. ¿Por qué aquí, en este lugar? —preguntó, el colgante parecía quemarle la piel—. Dime la verdad.

Guillermo apartó la mirada, sus dedos apretando el tarro.

—No es el momento para preguntas. Don Álvaro me ha dado una salida, si hago esto, mis deudas estarán pagadas y estaremos juntos. Quédate conmigo esta noche.

Zafiro retrocedió, con el corazón acelerándose.

—¿Don Álvaro? Guillermo, ¿qué has hecho? —Las lágrimas ardían en sus ojos—. No me gusta esto. Dime la verdad o me voy.

Él se acercó, intentando tomar su mano, ella se apartó.

—Zafiro, por favor, es solo una noche. Quédate, mañana todo cambiará. —Su tono era suplicante, algo forzado en sus palabras hizo que Zafiro sintiera náuseas.

—No —refutó, retrocediendo hacia la puerta—. No puedo seguir con promesas vacías. Si no puedes ser honesto, esto termina aquí.

Las lágrimas cayeron, a pesar de ellas mantuvo la cabeza alta.

Guillermo la miró, con las facciones contorsionadas por la frustración.

—¡Zafiro, espera! —gritó, ella ya corría hacia la salida, el ruido de la posada desvaneciéndose tras suyo.

Un hombre en la esquina, un sirviente con una capa oscura pagado por Bell, observó cada movimiento, anotando mentalmente: Zafiro y Guillermo, juntos en una posada infame. La trampa estaba cerrada.

En la taberna del Toro Negro, a pocas calles de la posada, el aire estaba cargado de humo y el olor a cerveza agria. Las mesas de madera estaban abarrotadas de mercaderes, artesanos y sirvientes, sus voces mezclándose en un murmullo constante. Roger Baker era uno de ellos con el rostro enrojecido por el vino, estaba sentado en una esquina, escuchando a un grupo de comerciantes que hablaban en voz baja y audible.

—Dicen que la sobrina de los Baker, esa Zafiro, fue vista en el Jabalí Rojo con un herrero —susurró uno, un hombre con una barba desaliñada—. Una criada, ¿te imaginas? En un lugar como ese, con un hombre de baja ralea.

Otro comerciante rió, golpeando la mesa.

—¡Qué vergüenza para Roger! Su hija Bell es una dama, pero esa Zafiro, siempre supe que era una manzana podrida. La vieron entrando con ese tal Guillermo, como si fueran amantes.

Roger apretó su jarra con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Los rumores, que habían comenzado a circular esa tarde, lo golpearon como un martillo.

Había oído susurros similares en el mercado, alimentados por las lenguas viperinas de los sirvientes de Bell, escucharlos ahora, tan crudos, avivó una furia que apenas podía contener.

Zafiro, su sobrina, a quien había acogido por deber, ¿deshonrando a la familia? Bailey siempre lo había advertido, diciendo que Zafiro era una carga, una amenaza para la reputación de Bell.

Se levantó, tambaleándose ligeramente, y arrojó unas monedas sobre la mesa.

—¡Basta de chismes! —gruñó, aunque su voz temblaba de rabia—. Si esto es cierto, Zafiro pagará caro, solo a mi me corresponde juzgar a mi sobrina.




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