La casa de los Baker estaba envuelta en un silencio opresivo, roto solo por el crujido de las tablas bajo los pasos furiosos de Bailey. El comedor, iluminado por velas que titilaban en candelabros de hierro, parecía un tribunal improvisado. Bailey, con su tocado rígido y un vestido oscuro que resaltaba su severidad, estaba de pie frente a Roger, quien aún llevaba el polvo de la cabalgata a casa del duque en las botas
Zafiro, pálida y con los ojos enrojecidos, estaba en el centro de la sala, su capa gris hecha jirones tras el forcejeo con Roger. Bell, sentada en una silla junto a su madre, observaba con una sonrisa apenas disimulada.
—Roger, ¡esto es intolerable! —espetó Bailey, cortante como un cuchillo—. Los rumores corren por todo el condado: Zafiro, tu sobrina, vista en el Jabalí Rojo con ese herrero miserable y ahora encontrada en un callejón como una cualquiera. ¿Qué más pruebas necesitas? ¡Es una deshonra para nuestra familia!
Roger, con el rostro aún encendido por la rabia de la taberna y el encuentro en el callejón, apretó los puños.
—Los rumores son ciertos.
Zafiro dio un paso adelante, temblando.
—¡Tío, por favor, escúchame! No hice nada malo, Guillermo me pidió que fuera a la posada, pero me fui cuando vi que no era honesto. En el callejón, solo intentaba explicarme. No hay nada entre nosotros, lo juro.
Bell rió, un sonido agudo que cortó el aire.
—¡Qué conveniente, Zafiro! ¿Crees que somos estúpidos? Todos hablan de ti, de cómo te escabulles con ese hombre. Papá, no puede dejar que esta...esta desvergonzada siga viviendo bajo nuestro techo.
—Silencio, Bell —ordenó Roger, aunque su mirada no se suavizó al posarse en Zafiro—. Has traído vergüenza a nuestra casa. No puedo permitir que esto continúe.
Zafiro cayó de rodillas, las lágrimas corriendo por sus mejillas.
—Tío, se lo suplico, no hice nada. No me eches, no tengo a dónde ir.
Bailey se acercó, su sombra proyectándose sobre Zafiro.
—No mereces estar aquí. Siempre supe que eras una carga, una amenaza para la reputación de Bell, todos saben la verdad, y el duque... —Hizo una pausa —. El duque no querrá a una criada manchada.
Zafiro sintió un nudo en el pecho al escuchar mencionar al duque. La idea de que él creyera los rumores la destrozó más que las palabras de Bailey. Roger, con el rostro endurecido, dio un paso atrás. No sabía por qué se sentía así y menos entendió el comentario de Bell.
—Esto se acaba hoy, Zafiro. No puedo seguir protegiéndote.
El patio trasero de la casa de los Baker estaba oscuro, salvo por una antorcha que Roger sostenía en una mano. En la otra, blandía una vara de madera, su rostro una máscara de furia y decepción.
Zafiro, arrastrada desde el comedor, temblaba bajo la luz parpadeante, sus manos apretadas contra el pecho. Los rumores que había oído en la taberna, combinados con la escena en el callejón, habían destrozado cualquier resto de confianza que tuviera en ella.
—No quería llegar a esto —expresó Roger, con voz grave cargada de dolor—. Has deshonrado a nuestra familia. Tu padre estaría decepcionado.
Zafiro sacudió la cabeza, eso no.
—Tío, por favor —suplicó Zafiro, rota—. No hice nada, Guillermo me engañó, no me quedé con él. No soy lo que dicen los rumores.
Roger levantó la vara, con la mano temblando.
—¡Basta de excusas! —gritó—. Te di un hogar, y así me pagas.
El primer golpe cayó sobre la espalda de Zafiro, arrancándole un grito. El segundo y el tercero siguieron, cada uno más duro, mientras las lágrimas de Roger se mezclaban con su rabia.
—¡Fuera de mi casa! No quiero volver a verte.
Zafiro cayó al suelo, el dolor quemándole la piel. Apenas pudo levantarse, tambaleándose hacia la puerta trasera que daba a la calle.
—Tío... —susurró, pero Roger le dio la espalda, arrojando la vara al suelo.
—Vete —sentenció —. No eres bienvenida aquí.
Zafiro, con el cuerpo dolorido y el corazón destrozado, huyó hacia la noche, sin mirar atrás. La puerta se cerró con un golpe seco, el eco de sus sollozos se perdió en las calles con la soledad.
***
En una mansión al otro lado de la ciudad, Lord Percival Hawthorne estaba sentado en su estudio, una sala decorada con tapices carmesí y un escritorio cubierto de pergaminos. La luz de una lámpara de aceite iluminaba su rostro anguloso, marcado por el resentimiento que lo consumía desde hacía años.
Frente a él, un sirviente encapuchado, uno de los muchos espías que mantenía en la corte y las tabernas, acababa de informarle de los rumores que involucraban a su rival, porque el servicio siempre lo oye todo y también lo informan.
Percival tamborileó los dedos sobre el escritorio, su mente retrocediendo a un momento semanas atrás. Había estado de casería cerca del ducado de Westminster, palabras llegaron a sus oídos sobre un interés de Gabriel, octavo duque de Westminster, en una joven a la que no podía dejar de observar cada vez que visitaba la casa de los Becker, pero que la convicción de lo que se veía era tergiversada por la señora de la propiedad..
Era evidente que el duque estaba enamorado, o al menos fascinado por esa criada insignificante.
El recuerdo avivó la furia de Percival. Años atrás, la madre de Gabriela, Sonia, había elegido a Gabriel sobre él, humillándolo y condenándolo a una vida de amargura. Ahora, ver a Gabriel interesado en otra mujer, una plebeya sin valor, era una afrenta intolerable.
Los rumores sobre Zafiro eran una oportunidad perfecta. Si podía asegurarse de que el escándalo la destruyera, Gabriel quedaría deshonrado por asociarse con ella, y su reputación en la corte se desplomaría.
—Perfecto —murmuró Percival, levantándose para caminar hacia la ventana—. Que los rumores se extiendan. Enviaré a mis hombres al mercado mañana para asegurarme de que lleguen a la corte. Gabriel Archer pagará por su arrogancia.
El sirviente asintió.
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Editado: 17.07.2026