El aire en el burdel era denso, cargado de un hedor a perfume barato, sudor y madera húmeda. Zafiro despertó en un catre duro, con el cuerpo dolorido por los golpes de Roger y una fiebre que le nublaba la mente. La habitación era pequeña, con paredes de madera agrietada y una ventana cerrada con tablas que apenas dejaba pasar un hilo de luz.
El sonido de risas groseras y pasos pesados resonaba desde el pasillo, mezclado con el llanto lejano de una mujer. Zafiro intentó levantarse, pero un mareo la obligó a caer de nuevo, su respiración entrecortada.
Las imágenes —el callejón, la ira de Roger, la traición de Guillermo— se arremolinaban en su cabeza. Tocó su espalda, donde los golpes de la vara habían dejado marcas ardientes, y sintió una humedad pegajosa: las heridas se habían infectado.
El colgante de plata que había sostenido en el callejón ya no estaba, perdido en su huida o robado por los traficantes que la llevaron ahí. ¿Dónde estoy? pensó, el pánico apretándole el pecho.
Una mujer entró, alta y demacrada, con un vestido raído y los ojos hundidos. Llevaba un cuenco de agua turbia y un trapo.
—No te muevas, pequeña —ordenó con voz áspera, no cruel—. Estás en el burdel de Madame. Te encontraron desmayada en un callejón. No eres la primera que traen aquí.
Zafiro intentó hablar, pero su garganta estaba seca.
—¿Burdel? —susurró, horrorizada—. No… no pertenezco aquí. Tengo que irme.
La mujer, que desconocía cómo le llamaban, suspiró.
—Nadie pertenece aquí, no es tan fácil salir. Madame no suelta a las chicas que valen algo. Tú, con esa cara y esos ojos, eres oro para ella. —Le pasó el trapo húmedo por la frente, el gesto no era amable, solo práctico.
Zafiro cerró los ojos, rezando en silencio. Los recuerdos de su madre, cantándole en las noches frías de su infancia, eran lo único que la mantenía anclada. No me rendiré pensó, aunque su cuerpo temblaba de fiebre.
Intentó levantarse de nuevo, sus piernas cedieron, la mujer la empujó suavemente al catre.
—Descansa —sugirió —. Si luchas ahora, solo te harás daño. Madame vendrá pronto a verte.
***
El sol de la mañana apenas calentaba las calles de Londres cuando Esmeralda, con una capa marrón que ocultaba su rostro, llegó a la casa de los Baker. Su corazón latía con urgencia. Había oído rumores en el mercado esa mañana: Zafiro, acusada de deshonra tras ser vista en el Jabalí Rojo y un callejón con Guillermo.
La noticia, susurrada por mercaderes y sirvientes, la había llenado de temor. Zafiro no era una mentirosa, menos lo que decían de ella, y Esmeralda sabía que los rumores olían a la malicia de alguien.
Llamó a la puerta, pero nadie respondió. El silencio de la casa era inquietante, las ventanas estaban cerradas. Mientras esperaba, un hombre mayor, el jardinero de los Baker, se acercó desde el patio, limpiándose las manos en un delantal sucio. Sus ojos estaban cargados de tristeza.
—Señorita, no hay nadie que la reciba hoy —explicó el jardinero, con voz baja—. La casa está en caos. La joven Zafiro se fue hace dos noche.
Esmeralda frunció el ceño, el miedo creciendo en su pecho.
—¿Se fue? ¿A dónde? ¿Qué pasó?
El jardinero miró a su alrededor, asegurándose de que nadie los oyera.
—No se fue, señorita, la echaron. El señor Roger estaba furioso por los rumores, y la señora Bailey… bueno, ella nunca quiso a Zafiro. Escuché a la señorita Bell hablando con sus amigas en el jardín hace días, diciendo que Zafiro era una desvergonzada, que se reunía con un herrero en lugares indignos. Dijo que se aseguraría de que todos en Inglaterra lo supieran, para que el duque nunca la mirara.
Esmeralda apretó los puños, la ira reemplazando al miedo.
—Bell… —musitó—. ¿El señor Roger creyó esos rumores? ¿Dónde está Zafiro ahora?
El jardinero sacudió la cabeza.
—No lo sé, señora. La vi salir corriendo, llorando, con marcas en la espalda. El señor Roger la castigó antes de echarla. Me temo que está en las calles, sola.
Esmeralda sintió un nudo en la garganta. Zafiro, su amiga, estaba en peligro, todo por lo que sospechaba tenía que ver con cierto hombre.
—Gracias —agradeció al jardinero, dándole una moneda—. Si escuchas algo más, búscame en el mercado. —Sin esperar respuesta, se giró, decidida a encontrar a Zafiro antes de que fuera demasiado tarde.
***
En el burdel, Zafiro fue arrastrada a una sala más grande, iluminada por velas que proyectaban sombras grotescas en las paredes. Madame, una mujer de mediana edad con un vestido de terciopelo rojo y joyas falsas que brillaban bajo la luz, estaba sentada en una silla elevada, como una reina en un trono podrido. Su rostro estaba maquillado con exceso, pero sus ojos eran fríos, calculadores.
Zafiro, aún débil, fue obligada a arrodillarse frente a ella, sujeta por dos guardias con cicatrices.
—Vaya, qué joya tenemos aquí —canturreo Madame, inclinándose para estudiar a Zafiro —. Piel suave, ojos brillantes incluso con fiebre, vales una fortuna. ¿Cómo te llamas, pequeña?
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zafiro gabriel guillermo, duque duquesa, ducadodewestminster
Editado: 17.07.2026