El mercado de Londres era un caos de colores y sonidos bajo un cielo gris que amenazaba lluvia. Los puestos de frutas maduras, telas teñidas y especias exóticas se alineaban en el empedrado, y el aire estaba cargado del aroma a pescado fresco y pan horneado.
Mary, la sirvienta de la casa de los Baker, caminaba con paso apresurado y su capa cubriendo la cabeza para evitar miradas curiosas. Su madre le había advertido que no se involucrara en los asuntos de los Baker, pero Mary no podía ignorar la carta que Esmeralda le había entregado esa mañana en el mercado.
—Mary, por favor — le había suplicado, entregándole un pergamino sellado —. Envía esto al duque de Westminster, es urgente. Zafiro está en peligro y él es el único que puede ayudarla.
Mary se detuvo en un rincón del mercado sacando la carta de su bolsillo. El sello era sencillo, con una flor grabada y el pergamino estaba arrugado por el viaje. Los nobles eran peligrosos, pero Mary había visto cómo Bailey y Bell trataban a Zafiro como una criada, una amenaza, también sabía de la obsesión de la rubia por su excelencia.
Los rumores, esos rumores horribles sobre la posada y el callejón, que casi podía asegurar habían sido orquestados por Bell, le parecían una trampa cruel. Zafiro no era así; Mary lo sabía.
Había oído a Zafiro de vez en cuando susurrar sobre el duque en la cocina, con un brillo en los ojos que esa preciosa joven no se daba cuenta, que hablaba desde la bondad, no desde la deshonra.
Madre me matará, pensó Mary, más su conciencia no la dejaba en paz. Encontró a un mensajero en el mercado, un chico de ojos vivos que llevaba paquetes para la corte.
—Lleva esto al duque de Westminster —solicitó, entregándole la carta y una moneda—. Es urgente y di que es de parte de una amiga… de...Esmeralda.
El chico asintió, desapareciendo entre la multitud. Mary se quedó allí, sintiendo un peso en los hombros, aunque el miedo la inquietaba, se convenció asimismo de que tendrían dicha. Lo hice por Zafiro, se dijo, regresando a la casa. Ella merecía algo mejor.
***
El palacio de Westminster, la sala de estudio estaba iluminada por la luz del mediodía que se filtraba a través de los vitrales, proyectando mosaicos de colores en el suelo de mármol. El duque de Westminster estaba sentado tras su escritorio, revisando pergaminos de cuentas del ducado.
Su mente, sin embargo, estaba lejos: en Zafiro, en los rumores que habían llegado a sus oidos por su propio tio y que pese a su insistencia no le habían dejado ver a la joven, aunque se cuestionaba la razon de no olvidarla con semejante escandalo, mas si Lord Percival Hawthorne, había hecho circular las historias con placer, usando el interés de Gabriel por la joven para pintarlo como un tonto enamorado de una plebeya deshonrada.
Un sirviente entró interrumpiendo sus cavilaciones, el joven parecía agitado y un poco apesadumbrado, traía entre sus manos un pergamino sellado.
—Su alteza —realizó una reverencia —, en la puerta han entregado una carta urgente, de una tal Esmeralda, el cartero insistió mucho, dijo que usted sabría quién es.
Aquello lo aterrizó de una forma que vislumbró su desesperación y consternó algo que había ignorado, ese algo era que esperaba una mínima señal en cuanto a la señorita Wayne.
—Puedes retirarte —ordenó en cuanto se la facilitó.
Gabriel tomó la carta, rompiendo el sello con dedos firmes y urgentes. La letra de Esmeralda era clara, aunque apresurada:
“Su alteza, el duque de Westminster,
Me disculpo por el atrevimiento y la osadía, pero no puedo hacer nada y he de confesar que ha sido mi único recurso.
Zafiro ha desaparecido, tras los rumores que le puedo asegurar son falsos sobre la posada y el callejón, su tío Roger la expulsó de la casa en un ataque de ira. Sospecho que fue una trampa, orquestada por alguien cercano para deshonrarla.
Zafiro no es lo que dicen; es inocente. Antes de todo esto, ella hablaba de usted, téngalo por seguro. Los rumores la han destruido, y ahora se dice que fue vista siendo llevada a un burdel por traficantes.
Por favor, ayúdela, es el único que puede hacerle y he notado su interés en mi amiga.
Esmeralda.”
Gabriel leyó la carta dos veces, su rostro taciturno endureciéndose con cada palabra. La sospecha de una trampa encajaba: los rumores habían surgido demasiado rápido, demasiado convenientes para dañar a Zafiro y justo en el momento que quería formalizar con la señorita Wayne.
El detalle de que ella pensaba en él, eso lo golpeó como un rayo.
Zafiro, sus ojos de zafiro y fuerza silenciosa, había estado pensando en él, incluso en su momento más oscuro. Aquello lo atravesó, pero sin duda el pensamiento de ella en un burdel, indefensa, lo llenó de una ira imparable.
Guardó la carta en su bolsillo, su mente trabajaba a toda velocidad. No importaba si Zafiro lo aceptaba o no; por supuesto que la rescataría, era una joven que no merecía aquello.
Se aterro por solo imaginar lo que le pudieron haber hecho o que le podrían haber hecho.
El palacio de Westminster se alzaba contra el cielo gris de Londres como una fortaleza de piedra y orgullo, sus torres perforaban las nubes bajas que amenazaban lluvia. Los vitrales de la sala de estar proyectaban figuras de colores sobre el suelo de mármol, pero esa tarde, ni los tonos dorados ni los rojos podían disipar la oscuridad que se cernía sobre la familia Archer.
Margot estaba sentada junto a la ventana, con un bastidor de bordado entre las manos y la mirada perdida en los jardines. Había estado inquieta todo el día, sin saber por qué. Un presentimiento, una sombra en el borde de su conciencia que no podía nombrar.
Cuando la puerta del estudio se abrió y su hermano entró, supo que el presentimiento era real.
Gabriel llevaba la chaqueta desabrochada y el cabello más desordenado de lo habitual. Había algo en su postura, en la tensión de sus hombros, en la forma en que sus dedos se aferraban a un pergamino arrugado, que le heló la sangre.
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zafiro gabriel guillermo, duque duquesa, ducadodewestminster
Editado: 17.07.2026