El resurgir de Zafiro

Capítulo XVI

Una hora después, el palacio de Westminster se había transformado.

Los sirvientes corrían de un lado a otro, preparando caballos, afilando espadas, encendiendo antorchas. El eco de los cascos resonaba en el patio interior mientras los hombres de Gabriel se alineaban en formación, con los rostros severos y las manos listas para empuñar sus armas.

Margot observaba desde la ventana de la sala de estar, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula tensa. A su lado, Gabriela se había pegado al cristal, con la nariz aplastada contra el vidrio y los ojos grises muy abiertos.

—Tía Margot —pronunció la niña, con voz pequeña—. ¿Papá se va a pelear?

—No, querida, va a rescatar a alguien y tú deberías estar en tus deberes, ¿No crees?

—¿A Zafiro? —la niña era muy astuta, como todos los Archer para evadir lo que no querían responder.

Margot se arrodilló frente a ella, tomándole las manos.

—Sí, Gabriela, va a rescatar a Zafiro.

—¿Y por qué está en un lugar malo?

Margot dudó. No sabía cómo explicarle a una niña de ocho años lo que era un burdel o la crueldad de los rumores, menos la maldad de la gente.

—Porque hay personas malas en el mundo —musitó al fin, eligiendo las palabras con cuidado—. Personas que mienten y que hacen daño a los demás.

Gabriela frunció el ceño, procesando la información. La actitud hacia esa mujer que tanto mencionaban, no cambiaba, así que no entendía la razón de tanto alboroto.

Fue más tarde cuando el carruaje de los Baker apareció en la entrada.

No era un carruaje elegante, sino uno de los que usaban para los viajes cortos, tirado por dos caballos flacos y con el barniz desgastado por los años. Las iniciales B y A estaban grabadas en la puerta y el cochero, un hombre de rostro apagado, vestía la librea de la familia.

Margot se puso de pie de un salto.

—¿Qué quieren estas mujeres aquí? —murmuró, con una furia que rara vez mostraba.

—¿Quién? —preguntó Gabriela.

—Bell y su madre, quédate aquí, Gabriela. No bajes.—ordenó Margot.

—Pero...

—Quédate aquí y no escuches lo que digan.

Lady Eleanor estaba de visita donde una pariente que estaba enferma, en ausencia de la duquesa viuda, quien se encargaba de las visitas era Lady Margot, así como de los deberes que iban relegados a la señora de la casa.

Margot salió de la sala con paso firme y bajó las escaleras justo cuando el carruaje se detenía frente a la entrada principal.

Bailey descendió primero, vestida de terciopelo burdeos y su sonrisa de cartón piedra. Bell la siguió, más joven, más osada, con una expresión que intentaba ser de preocupación pero que no engañaba a nadie. Iban enfundadas con sus mejores galas, como si hubieran venido a una celebración y no a una casa en crisis.

Como era de esperarse en esas ocasiones, Margot las invitó a pasar al salón del té donde fueron recibidas por el personal que pronto les atendió sirviéndoles té y ciertos bocadillos. Margot Archer no tenía apetito, por lo que solo las observó usando cuantos modales conocían en medio de las degustaciones y al tiempo de que sostenían una conversación trivial.

La hermana del duque estaba irritada, no podía entender cómo era que estaban tan tranquilas cuando un miembro de su familia y con quienes habían convivido tantos años, se hallaba en una circunstancia más que horrible y todos lo sabían.

—Lady Margot —empezó Bailey —. Venimos a ofrecer nuestras condolencias por el escándalo con Zafiro. Mi marido Roger está mortificado.

Margot tenía toda la intención de ser cordial, pero aquella osadía de expresarse de aquel modo cuando medio ducado debía saber que abandonaron a una pobre muchacha a las penumbras de los malhechores, le enfado.

—¿Condolencias? —repitió Margot, sin moverse de su sitio—. ¿O vienen a regodearse? Lo digo por vuestra fachada. Mi hermano no necesita su simpatía en estos momentos, mis señoras.

Bailey palideció ligeramente, pero no se inmutó. Bell, sin embargo, dejó la tasa en la bandeja con una expresión ensayada de dolor y humildad.

—Lady Margot, por favor, no sea tan dura con nosotras —pidió, melosa, no encajaba con la mujer que había humillado a Zafiro durante años—. Este escándalo nos ha afectado a todas. Mi padre está destrozado y yo... yo me siento tan culpable. Quizás si hubiera sido más atenta con mi prima, si la hubiera protegido más, esto no habría pasado.

Margot la miró, frunciendo el ceño. Algo no encajaba.

—¿Culpable? ¿Usted? —preguntó, el tono era más una acusación que una pregunta.

Muchos decían que la hermana del duque nunca encontraría marido dado su temperamento y lengua viperina. Solía ser muy conversadora, pero al mismo tiempo mordaz y no se expresaba siempre como se esperaría de una dama.

—Sí —respondió Bell, bajando la mirada con fingida modestia—. Zafiro siempre fue difícil, pero yo debería haber comprendido. Ahora, con todo esto, mi nombre también se ha visto manchado. Los rumores dicen que en nuestra casa criamos a una mujer de moral ligera, ¿Cómo voy a encontrar un buen partido ante esta situación?




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