La noche se había tragado Londres.
No era una noche cualquiera, era una noche de esas que los poetas describen como funestas, de esas que los campesinos temen porque saben que en la oscuridad se esconden cosas peores que los lobos. La luna se ocultaba tras nubes negras, como si ella misma no quisiera ver lo que estaba a punto de suceder en las calles del bajo mundo.
Gabriel Archer, duque de Westminster, cabalgaba al frente de sus hombres con el corazón latiéndole en una furia que no sentía desde hacía tantísimos años. El semental azabache que lo transportaba, tras la velocidad que su jinete le hacía llevar, dejaba huellas a su paso y hacía temblar el pavimento.
No era la furia del guerrero, era más profunda, era la del hombre que ha encontrado algo que vale la pena proteger y descubre que ya es tarde. Era el miedo disfrazado de enojo, la desesperación envuelta en acero.
La carta de Esmeralda ardía en el bolsillo interior de su chaqueta, cerca del corazón. No necesitaba releerla. Las palabras estaban grabadas en su memoria como una sentencia.
—Más rápido —ordenó, sin gritar. Su voz era un susurro cortante que sus hombres conocían bien.
Cuando el duque hablaba así, no había discusión posible.
Galoparon por las calles de Westminster, pasando junto a las casas de los ricos, donde las ventanas iluminadas proyectaban sombras doradas sobre el empedrado. Allí, la gente dormía tranquila, ajena al infierno que se estaba cociendo en las calles más bajas de la ciudad.
Pero cuanto más se adentraban en el bajo mundo, más cambiaba el paisaje. Las casas se volvían más bajas, más torcidas. Las ventanas, en lugar de luz, mostraban cortinas raídas y paredes desconchadas. El olor a alcantarilla y a miseria se hacía más denso, más espeso, como si la propia ciudad estuviera exhalando el hedor de sus pecados.
—Mi lord —dijo uno de sus hombres, un capitán llamado Thom, que había servido a su padre, el anterior duque y ahora le servía a él —. El burdel de Madame está a dos calles. Hemos enviado a dos exploradores para asegurar la entrada trasera.
—Bien —respondió Gabriel, sin apartar la mirada del camino—. Cuando lleguemos, rodeen el edificio. No quiero que nadie entre ni salga sin mi permiso.
—¿Y si la Madame se resiste?
Gabriel se volvió hacia él. Sus ojos grises, en la penumbra de las antorchas, parecían dos monedas de plata fría.
—Entonces quémalo todo.
Thom asintió y se adelantó para dar las órdenes.
Gabriel sintió el peso de su espada en la cadera. No era un hombre que disfrutara la violencia, pero era un hombre que no dudaba en usarla cuando era necesario. Esa noche lo era.
Su mente se fue a Zafiro, como había hecho cada hora desde que leyó la carta. Recordó la primera vez que la vio y una sonrisa que iluminaba toda la habitación. Recordó sus ojos, esos ojos azules que parecían contener todo el cielo de Londres. Recordó la forma en que lo había mirado, sin miedo, sin adulación, como si él no fuera un duque sino solo un hombre.
Tal vez estaba cometiendo un grave error, lo sabía y tenía la mente dispersa para asumir las consecuencias, sin embargo, no podía no hacer nada cuando su mente solo le traía rafagas de los recuerdos de aquella joven que llevaba por nombre Zafiro.
Gabriel apretó las riendas con más fuerza, la rescataría, la llevaría al palacio, lidiaria con el resto y luego, cuando estuviera a salvo, se aseguraría de que nadie volviera a hacerle daño.
Nadie.
—Mi lord —le llamó Thom, señalando hacia adelante—. Hemos llegado.
El burdel de Madame se alzaba frente a ellos como una úlcera en el paisaje nocturno.
Era un edificio de tres pisos, con la madera de las paredes tan podridas que parecía que podría derrumbarse con un empujón. Las ventanas estaban cubiertas por cortinas raídas, pero a través de ellas se filtraba una luz rojiza y temblorosa, como la de un fuego que se alimenta de carne humana. Un cartel oxidado, con la inscripción "El Paraíso de Madame", colgaba de una cadena rota, crujiendo con el viento.
Gabriel desmontó de un salto. Sus botas resonaron en el empedrado mojado mientras se acercaba a la puerta. No llevaba capa, quería que lo vieran, deseaba que supieran quién había llegado.
—Rodeen el lugar —ordenó —. Si alguien intenta salir, le detienen.
No hubo preguntas, no hubo dudas. Sus hombres se movieron como una sombra, rodeando el edificio con la precisión de un ejército que ha seguido a su comandante hasta el fin del mundo.
Gabriel empujó la puerta.
El interior del burdel era un caos de luces tenues y cuerpos entrelazados.
El humo de las pipas de opio nublaba el aire, mezclándose con el olor a perfume barato y a sudor. Las mujeres, vestidas con ropajes que apenas cubrían lo necesario, se movían entre los clientes como sombras pintadas. Los hombres, ebrios o drogados, reían con risas huecas que no llegaban a ninguna parte.
Pero cuando Gabriel entró, todo se detuvo.
No fue un ruido, fue un silencio. Un silencio tan absoluto que parecía haber chupado todo el sonido de la habitación. Las mujeres dejaron de reír, los hombres dejaron de hablar, incluso el humo pareció detenerse en el aire, como si el tiempo mismo se hubiera congelado.
Gabriel avanzó hacia el centro de la sala, sin mirar a nadie, sus ojos estaban fijos en la figura sentada al fondo, en un trono improvisado cubierto de terciopelo rojo desgastado.
Madame.
Era una mujer de mediana edad, con el rostro cubierto por una capa de maquillaje tan gruesa que parecía una máscara. Sus ojos, pequeños y astutos, brillaron, sus joyas falsas tintinearon cuando se levantó, como si quisiera anunciar su presencia antes de hablar.
—¡¿Quién osa irrumpir en mi casa?! —gritó, intentaba ser autoritaria, pero temblaba ligeramente.
Gabriel no se detuvo, siguió avanzando, paso a paso, hasta que estuvo frente a ella. Sólo entonces habló.
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zafiro gabriel guillermo, duque duquesa, ducadodewestminster
Editado: 17.07.2026