La habitación de invitados en la mansión de Westminster era un oasis de tranquilidad comparado con el caos del burdel. Las paredes, cubiertas de tapices azulados con hilos dorados, reflejaban la luz del amanecer que se filtraba por una ventana de vitrales, pintando el suelo con tonos azules y ámbar.
Zafiro yacía en una cama con dosel de terciopelo, su cuerpo estaba aún débil por la fiebre, aunque las heridas en su espalda comenzaban a verse mejor bajo los cuidados de los médicos. Los recuerdos del burdel —la risa cruel de Madame, su propio delirio creyendo haber visto al duque llegar por ella— la golpearon como una ola, llenándola de una vergüenza ardiente.
Abrió los ojos, parpadeando ante la luz suave. La habitación era desconocida, con muebles de roble tallado y una chimenea que crepitaba suavemente.
—¿Dónde estoy? —indagó en un susurro, tenía la voz rasposa por la garganta seca. Intentó sentarse, un pinchazo en la espalda la hizo gemir.
Un médico mayor, con una barba blanca y gafas deslizándose por su nariz, se acercó desde una silla cercana. Estaba revisando un frasco de ungüento, al verla despierta, dejó el frasco y se inclinó hacia ella.
—No se mueva demasiado, señorita —sugirió con voz calma—. Está en el palacio del duque de Westminster. Su alteza la trajo hace tres noches, está a salvo ahora.
Zafiro sintió un nudo en el pecho. La casa del duque. La idea de que él la hubiera visto en su estado más bajo, febril y humillada, la hizo querer desaparecer.
—¿El duque? —repitió, temblando—. ¿Por qué estoy aquí?
El médico sonrió, aplicando un vendaje fresco con manos expertas.
—Porque él quiso salvarte. Descansa, niña, tienes mucho por sanar.
Zafiro cerró los ojos, las lágrimas se deslizaron por sus mejillas. La vergüenza la consumía, aunque, al final, un pequeño destello de gratitud se encendía en su corazón. Su excelencia la había sacado de ese infierno, así ella no pudiera entender por qué.
Momentos después, Lady Margot entró en la habitación acompañada de dos doncellas que llevaban en sus manos unos ropajes doblados.
—Zafiro —en cuclillas, se acercó a la cama donde yacía la susodicha —. ¿Cómo te sientes?
La apariencia frágil de la invitada de honor que yacía en la cama, encogió el corazón de Margot, más al verle las lágrimas que se deslizaban en el puente de su nariz. Con mucho cariño, la hermana del duque tomó un paño y se las secó.
—Mi lady —sollozó Zafiro—, perdóneme el daño que le puedo ocasionar a su reputación estando aquí.
Margot sacudió la cabeza, tratando de calmarla, parecía un animalito asustado, frágil, aterrorizada.
—Mi apellido es Archer, eso no importa —le tranquilizó.
—Su excelencia...—tosió por la resequedad.
Margot curvó los labios en una sonrisa cómplice y conciliadora.
—Te rescató como todo un héroe. —informó.
Para Zafiro fue un aterrizaje en la realidad, no daba crédito a lo del médico, pero escucharlo de su propia hermana, era algo diferente; al parecer ella no había alucinado nada, todo había sido real, la presencia del duque, su voz diciéndole que estaría bien, así como el aroma de su perfume y la fuerza con la que la había levantado.
—¿Por qué? —inquirió en un hilo de voz.
Margot dispersó a las doncellas para que con indicaciones del médico le preparasen los utensilios y así poder ayudarla a limpiarse. Le ofreció agua que Zafiro bebió lentamente.
—Antes de que pasara todo esto, el duque había pedido permiso para cortejarte.
Aquellas palabras golpearon a Zafiro como un puñetazo en el estómago.
No fue un golpe físico. Fue algo más profundo, más devastador. Fue un terremoto que sacudió los cimientos de todo lo que creía sobre sí misma, sobre su lugar en el mundo, sobre la posibilidad de ser digna de algo bueno.
—¿Qué? —logró articular.
—Gabriel fue a la casa de los Baker —continuó Margot, como si estuviera contando la cosa más natural del mundo —. Habló con tu tío, le pidió permiso para cortejarte.
A Zafiro el aire se le escapaba de los pulmones. Sus manos, débiles y temblorosas, se aferraron a las sábanas como si fueran el único punto fijo en un mundo que se desmoronaba.
—No puede ser —susurró —. No es posible.
—Es verdad —respondió Margot, no era condescendiente, sino comprensiva—. Mi hermano no es un hombre que actúe por impulso, cuando toma una decisión, la medita, la sopesa y cuando actúa, es porque está seguro.
—Pero yo no soy... —Zafiro negó con la cabeza, como si pudiera borrar las palabras de Margot con el gesto—. Yo no soy digna de alguien como él, soy una plebeya, una huérfana, una criada, no tengo dote, no tengo linaje... no tengo nada.
Sollozó.
—Tienes algo más importante que todo eso —argumentó Margot, tomándole la mano—. Tienes un corazón bueno y eso, para mi hermano, vale más que todas las dotes del reino.
Las lágrimas que todavía no habían salido como debían, finalmente se desbordaban, no eran lágrimas de tristeza, eran lágrimas de confusión, de incredulidad, de un dolor que no sabía cómo nombrar.
—Todo pasó tan rápido —musito, con la voz quebrada—. Nadie me dijo nada, nadie me lo contó.
Ver a tan hermosa señorita de esa forma, parecía rota, destruida, eso magullaba el corazón de todo aquel que no solo se dejara llevar de los rumores, sino del sentir humano.
—Tranquila, te haces daño, debes recuperarte, eres muy fuerte.
—¿Fuerte? —Zafiro rió, era una risa amarga, sin alegría—. No soy fuerte, soy una cobarde. Creí en quien no debía, creí cuando me prometió que me sacaría ...
No podía continuar, el llanto de esa pobre joven tan hermosa conmovió hasta las doncellas que esperaban la orden de la hermana del duque.
—No fuiste tú quien se equivocó, tienes que perdonarte.
Zafiro cerró los ojos. Las palabras de Margot se clavaban en su pecho como una espada de doble filo. Por un lado, le dolían, le dolían porque le recordaban todo lo que había perdido, todo lo que había sufrido, todo lo que había creído y que había resultado ser una mentira.
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Editado: 08.08.2026