El palacio de Westminster se erguía como un bastión de piedra y vidrio en el corazón de la ciudad, con sus torres elevándose hacia un cielo gris que amenazaba lluvia.
La habitación de invitados donde Zafiro se recuperaba era un oasis de lujo comparado con el ático polvoriento de la casa de los Baker o aquel lugar que aún la perseguía en los sueños. La cama con dosel de terciopelo era tan suave que Zafiro se sentía como una intrusa en ella.
La luz del amanecer se filtraba a través de una ventana de vitrales, proyectando motas de color sobre el suelo de madera pulida, pero para Zafiro, esos colores no traían alegría, solo un recordatorio de lo lejos que estaba de sentirse en el mundo.
Sentada en el borde de la cama, con el camisón limpio que Liz, la doncella asignada a su cuidado, le había proporcionado, Zafiro no podía dejar de reflexionar sobre la propuesta del duque.
No había sido una declaración de amor apasionada, como las que leía en sus libros románticos robados de la biblioteca del instituto. No, había sido algo más práctico, más calculado: una oferta de compañerismo, de guiar a su hija Gabriela, de darle un heredero al ducado.
Los rumores la habían manchado para siempre: la chica del burdel, la plebeya deshonrada. ¿Cómo podía ser digna de un duque? La vergüenza la consumía, un fuego lento que le quemaba el alma, recordándole cada golpe de Roger, cada mirada despectiva de Bailey, cada promesa rota de Guillermo.
Los murmullos de los sirvientes en los pasillos no ayudaban. Desde su llegada, había oído susurros filtrándose a través de las puertas: "La chica del burdel, ¿cómo el duque la trajo aquí?" "Una plebeya en el palacio, qué escándalo" "¿Y si mancha la reputación de su alteza?". Los comentarios eran cuchillos invisibles, cortando su ya frágil confianza.
Zafiro se sentía como una intrusa, una mancha en la perfección de esa casa. No podía quedarse; no merecía esa bondad. Decidió visitar a Mary, su amiga y antigua empleada de los Baker.
Mary vivía en una pequeña casa al borde de la ciudad, con su madre, quizás podría ayudarla a escapar, a desaparecer donde los murmullos no la alcanzaran.
Esperó hasta el mediodía, cuando los médicos estaban ocupados y los guardias menos atentos. Liz entró con una bandeja de carne, quesos, jugo y frutas.
—No debería moverse mucho, señorita —recriminó Liz —. Los médicos dicen que está mejor, pero aún necesita descanso.
Era la más noble de las doncellas, ella no la solía mirar como algo raro o extraño, por el contrario, siempre que iba a verla tenía algo bonito que decirle y sin duda, lo que más le impresionaba eran sus ojos.
—Liz, necesito salir —suplicó Zafiro, desesperada—. Los murmullos de los empleados me hieren. Quiero ver a una amiga, Mary es la más cercana, Esmeralda vive muy lejos. Por favor, no le digas a nadie.
Liz frunció el ceño, ajustando su delantal.
—Esos murmullos son habladurías de gente ociosa, señorita, no les haga caso. Su alteza ordenó que le cuidemos como huésped de honor. No le permitas salir del palacio.
Zafiro refunfuñó y no tuvo más opción que aguardar, Liz se dedicó todo el día a vigilarla.
Esa noche, cuando el palacio quedó en silencio y solo los guardias de la entrada velaban, Zafiro se deslizó por la puerta trasera de la cocina, aprovechando que los criados habían terminado sus labores. Se envolvió en una capa oscura que encontró colgada de un perchero y caminó por las calles empedradas hacia la humilde casa de Mary, en un barrio de cabañas de madera y tejados desiguales.
El aire olía a pan recién horneado, a leña quemada; Zafiro mantuvo la capucha baja para no ser reconocida, a esas alturas todo el mundo, estaba segura, mas que bien informado de sus características físicas.
Llamó a la puerta con tres golpes suaves, el código que ella y Mary usaban cuando Zafiro lograba escapar de la casa de los Baker en horas prohibidas. La puerta se abrió de inmediato, como si Mary la hubiera estado esperando toda la vida.
—¡Zafiro! —exclamó Mary, abrazándola con cuidado para no tocar sus heridas—. ¿Qué haces aquí? Es peligroso salir así, sobre todo de noche.
La hizo pasar de inmediato al interior, donde una vela temblorosa iluminaba la pequeña estancia. La madre de Mary, una mujer mayor de cabellos canos, dormía en un rincón, arropada hasta la barbilla. Mary condujo a Zafiro a la mesa de madera, la misma donde amasaba el pan para vender, y la sentó con firmeza.
—Gracias por recibirme —agradeció Zafiro, tomando lugar.
—¿Qué pasa, Zafiro? —preguntó, sentándose frente a ella—. ¿Te maltratan en el palacio? Dime ya, que voy y le arranco la cabeza a quien sea.
Zafiro sacudió la cabeza, con el llanto atascado en la garganta. Tomó la jarra de agua que Mary le extendió y bebió un sorbo para calmarse.
—Por el contrario, me dan todo por cuanto creo que no merezco —confesó.
Mary se sentó, entendiendo un poco su pesar, su bella amiga estaba tan acostumbrada a lo poco que demasiado le hacía sentir mal.
—Claro que lo mereces, tienes que aprender a disfrutar de lo bueno.
Zafiro sacudió la cabeza sin estar de acuerdo.
—Mary, no puedo quedarme en el palacio. Los empleados murmuran, dicen que soy una deshonra, me señalan con la mirada.
Mary frunció el ceño, apoyando los codos en la mesa.
—No me digas que su excelencia es otro degenerado como ese rufián de...
—¡No! —la interrumpió Zafiro, alzando la voz—. Su alteza es más de lo que merezco. Me ha tratado con una bondad que no entiendo, aunque yo no puedo quedarme allí. Terminé en un burdel, hasta la reputación de Lady Margot puedo manchar. Mi vida no importa, salvo el daño que puedo ocasionar.
Mary se quedó en silencio un momento, estudiando a su amiga. Vio sus ojeras, la palidez de su rostro, el temblor de sus manos. Vio a una mujer rota, también a una mujer que aún respiraba, que aún luchaba.
—Zafiro, si su excelencia te sacó de ahí fue por algo, lo que haya pasado no estuvo en tu control —Hizo pausa, eligiendo las palabras con cuidado—. Dime una cosa. ¿Algún hombre te...? —No necesitó terminar la frase.
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Editado: 08.08.2026