Más avanzada la mañana con un cielo cubierto de nubes bajas que amenazaban lluvia, pero no terminaban de decidirse. Zafiro estaba sentada en la cama, con las piernas encogidas bajo la manta y la mirada perdida en la ventana.
Había intentado dormir ya que el personal no la dejaba hacer nada, pero no había podido conciliar el sueño. Los recuerdos de la noche anterior la habían perseguido hasta el amanecer: sobre todo el miedo que sintió al encontrarse con ese ser aberrante.
Un escalofrío recorrió su espalda. Se abrazó a sí misma, apretando los brazos contra el pecho, como si pudiera protegerse de los recuerdos con la fuerza de su propio cuerpo.
Alguien tocó la madera de la puerta suavemente, con un susurro permitió la entrada, esta se abrió con un suave crujido.
Gabriel entró sin hacer ruido, como había hecho otras veces. Llevaba una camisa blanca impecable, con chaqueta oscura sobre los hombros, en las manos, un libro encuadernado en cuero con un marcador de seda azul que asomaba entre las páginas. Su rostro, normalmente severo, se suavizó al verla despierta.
—Pensé que esto podría alegrarle —señaló, dejando el libro sobre la mesilla junto a la cama—. Es poesía, de un autor que solía leer, quizás le guste.
Zafiro lo miró, conmovida por el gesto. Era un hombre tan poderoso, tan ocupado, sin embargo, se tomaba el tiempo de elegir un libro para ella, de pensar en lo que podría gustarle.
—Gracias, su alteza —murmuró, tomando el libro —. No sé cómo pagarle todo lo que ha hecho.
—No tiene que pagarme —respondió él, sentándose en la silla junto a la cama—. Solo quiero que esté bien.
Hizo una pausa, sus ojos grises la escrutaron con intensidad, la hizo sentir desnuda.
—Pero no está bien, ¿verdad? He notado tristeza en sus ojos desde que entré. Algo ha pasado.
Zafiro bajó la mirada a sus manos, que jugaban nerviosamente con el borde de la manta. Sabía que debería decirle la verdad, quería que todo fuera bien.
—Su alteza... —comenzó, apenas audible—. Anoche salí del palacio, sin su permiso y sin decirle a nadie.
Gabriel no se movió, no frunció el ceño ni mostró sorpresa. Solo la miró, esperando.
—Fui a ver a Mary —continuó Zafiro, nerviosa —. Necesitaba hablar con alguien, creo que usted se imaginará por qué.
—Lo entiendo —admitió Gabriel, calmado —. No debería haber salido sola, pero entiendo por qué lo hizo.
Se miraron directamente a los ojos.
—No solo fue eso —susurró Zafiro —. Cuando volvía Guillermo me encontró. Me esperaba en un callejón. Intentó... intentó agarrarme, dijo que si no podía tenerme, nadie lo haría.
El rostro de Gabriel cambió. No fue una expresión de enfado, sino de algo más profundo, algo oscuro. Sus ojos grises se volvieron de acero, la mandíbula se le tensó como una cuerda de violín a punto de romperse.
—¿Guillermo? —repitió —. ¿Ese hombre la tocó?
—Intentó agarrarme —respondió Zafiro—. Me defendí, le golpeé y corrí.
Gabriel se levantó de un salto. Sus manos se cerraron en puños a los costados y Zafiro vio cómo los músculos de su cuello se tensaban bajo la piel.
—¿Dónde está ahora? —preguntó —. ¿Dónde puedo encontrarlo?
Zafiro no supo cual era el motivo de que su furia se sintiera tan protectora y al mismo tiempo la atrajera.
—No lo sé —respondió Zafiro.
—Lo encontraré y cuando lo haga...—sopesó el duque.
—¡Alteza! —lo llamó Zafiro —. No vale la pena.
—¿Cómo puedo quedarme quieto sabiendo que ese hombre la ha tocado? —preguntó.
—No me tocó —aseguró Zafiro —. Me defendí. Estoy bien.
Gabriel la miró un largo momento. Luego, lentamente, volvió a la silla y se sentó.
—¿Está segura de que está bien? —preguntó —. ¿No la ha lastimado? ¿No le ha hecho daño?
—No, no me ha...
—Déjeme ver —la interrumpió él, inclinándose hacia ella—. Por favor, necesito asegurarme.
Gabriel estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, el olor de su piel, la intensidad de su mirada. Era demasiado, era abrumador.
—No es necesario... —intentó decir, pero él ya estaba allí, con las manos extendidas, esperando su permiso.
—Zafiro —dijo, usando su nombre de pila con una suavidad que la desarmó—. Por favor.
Ella no pudo negarse. Asintió débilmente, y Gabriel levantó sus manos con una delicadeza que contrastaba con la furia que aún brillaba en sus ojos. Le tomó las muñecas, las giró suavemente, examinando la piel en busca de moretones o marcas. Sus dedos, ásperos, cálidos, recorrían sus brazos con una lentitud que hacía que cada centímetro de su piel se erizara.
—¿Aquí? —preguntó, tocando suavemente su antebrazo—. ¿Le duele aquí?
—No —respondió Zafiro perdida en su perfil varonil —. No me hizo daño.
Gabriel no retiró las manos. En lugar de eso, sus ojos grises se encontraron con los azules de ella, por un instante, el mundo se detuvo. Zafiro podía sentir su respiración, el calor de su piel, la forma en que sus dedos temblaban ligeramente contra su hombro.
—Cuando me dijeron que había salido —comenzó él —, no pude dejar de pensar en lo que podría haberle pasado, también pensé que se marcharía para siempre.
La confesión volvió el momento mucho más íntimo si podía, era como si el duque le estuviera diciendo que temía perderla.
—No tenía que preocuparse por mí —murmuró Zafiro—. Soy más fuerte de lo que parezco.
—Lo sé —admitió Gabriel, una sonrisa apenas esbozada, curvó sus labios—. Lo sé muy bien, eso no impide que me preocupe y que quiera protegerla.
Gabriel seguía allí, con las manos en sus hombros, mirándola como si ella fuera la única persona en el mundo.
—¿Por qué? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Por qué le importo tanto?
Gabriel guardó silencio un momento. Luego, lentamente, levantó una mano y le acarició la mejilla. Su contacto era suave, apenas un roce, cada célula del cuerpo de Zafiro se despertaba.
—No puedo evitarlo, Zafiro, con usted soy más elocuente, soy lo que no creía y eso es porque me he dado cuenta de que estoy enamorado de usted.
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Editado: 08.08.2026