Aquella mañana no había insomnio para Zafiro, solo su propia exigencia.
Llevaba cuatro semanas en el palacio desde que el duque la había rescatado del burdel. Tres semanas desde que, en un arrebato de sinceridad que aún la hacía sonrojarse, le había ofrecido ser su esposa y una desde que ella había aceptado.
Ahora, sentada en el borde de la cama con el camisón de lino, Zafiro no podía dejar de mirarse las manos. Eran manos callosas, manos de trabajo, que habían amasado pan, cortado leña, lavado ropa ajena, fregado suelos. No eran manos de duquesa.
Tenía que hacer algo con eso.
Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—¿Señorita? —era la voz de Liz, tímida y cordial —. Lady Eleanor ha pedido que la acompañe al desayuno. Dice que tienen mucho de que hablar.
Zafiro tragó saliva. Lady Eleanor, la madre del duque y Lady Margot, la matriarca, la mujer que había visto nacer y morir a dos esposas de su hijo, que había criado a Gabriela cuando las madrastras no estaban a la altura. ¿Qué pensaría de ella? ¿Qué le diría? Sabía que la madre del duque se ocupaba de ciertos asuntos y por eso casi no habían coincidido.
Su prometido estaba lejos por asuntos del ducado, tenía unos días que no lo veía y ahora que escuchaba el nombre de su madre, se estremecía.
—Voy en seguida, Liz—respondió Zafiro, levantándose con determinación.
El comedor privado de la familia era una estampa de elegancia contenida. Los muebles de roble oscuro brillaban con la luz de las velas que aún parpadeaban sobre la mesa, y los vitrales de la ventana proyectaban figuras de colores sobre el mantel de lino blanco.
Lady Eleanor ya estaba sentada, con una taza de té humeante entre las manos y un plato de galletas de mantequilla casi intacto a su lado.
Al ver entrar a Zafiro, la mujer la midió con la mirada. No era una mirada cruel, como la de Bailey, era una mirada evaluadora, la de una mujer que había aprendido a no fiarse de las apariencias.
Zafiro realizó una reverencia profunda, tanto como sus heridas que sanaban le permitieron.
—Siéntate, querida —pidió, señalando la silla frente a ella—. El té está caliente y las galletas, aunque no tan buenas como las tuyas, son aceptables.
Zafiro percibió aquel comentario doble, por lo que no supo cómo tomarlo.
Obedeció, las piernas le temblaban bajo el vestido que le habían mandado a traer, era nuevo, en un color camel hermoso y justo a sus proporciones. Tomó la taza con manos temblorosas y dio un pequeño sorbo. El té estaba perfecto, como todo en aquella casa.
—He hablado con mi hijo —comenzó Lady Eleanor, dejando la taza sobre el platillo—. Me ha contado lo que pasó.
Zafiro bajó la mirada, esperando el golpe.
—No voy a juzgarte, señorita —continuó Lady Eleanor, su voz no carecía de dulzura—. No soy tu tía. He visto suficiente en este mundo para saber que las apariencias engañan. Mi hijo confía en ti y yo confío en mi hijo. Eso, por ahora, es suficiente.
Zafiro levantó la vista, sorprendida.
—No sé cómo agradecerle su confianza, mi lady —admitió —. Sé que no soy lo que se esperaba de una futura duquesa, no tengo linaje, no tengo fortuna, no tengo nada que ofrecer a esta familia más que lo que soy.
Lady Eleanor arqueó una ceja.
—¿Y eso es poco? ¿Ser tú misma?
Zafiro bajó la mirada otra vez.
—En mi casa... en casa de mis tíos, ser yo misma nunca fue suficiente. Siempre era demasiado callada, o demasiado alegre, o demasiado ingenua. Nunca acertaba, nunca encajaba.
—Pues esa casa ya no es tu casa —reviró Lady Eleanor, no admitía réplica —. Aquí no queremos una duquesa de manual, Gabriel ya tuvo dos de esas y mira cómo acabaron.
Zafiro contuvo el aliento.
—Perdón, no debería hablar de ellas así. No es mi intención faltar al respeto a las almas que ya no están, pero la verdad es que ninguna de ellas logró hacerlo feliz. Cumplían con su deber, eran correctas, educadas, aunque no lo querían y Gabriel es un hombre maravilloso cuando se le conoce.
—¿Cómo sabe que yo lo quiero? —preguntó Zafiro —. Apenas nos conocemos.
Lady Eleanor sonrió. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, real.
—Por la forma en que te sonrojas cuando hablas de él, porque te escapaste de la casa de tus tíos para casarte con un herrero, sin embargo, aceptaste casarte con mi hijo sin dudarlo. Eso no lo hace alguien que no quiere.
Zafiro se puso colorada.
—No sé si es querer, mi lady, no sé lo que es querer a un hombre de verdad. Con Guillermo creía que sí, me equivoqué y ahora tengo miedo de volver a equivocarme.
—El miedo no es malo —reflexionó Lady Eleanor, tomándole la mano—. El miedo te mantiene alerta. El problema es cuando el miedo te paraliza y tu, Zafiro, no estás paralizada, estás aquí, estás luchando. Eso es más de lo que hicieron muchas.
Zafiro apretó los labios para no verse tan afectada.
—No quiero defraudarlo, ni defraudarla a usted, menos a Gabriela.
—Entonces no lo hagas —argumentó Lady Eleanor, soltándole la mano y levantándose —. No por obligación, porque quieras, porque sepas que este es tu lugar.
Antes de que Zafiro pudiera responder, añadió:
—Ahora, ven. Tengo algo que enseñarte.
La llevó a través de un laberinto de pasillos alfombrados, pasando junto a sirvientes que se inclinaban a su paso, hasta detenerse frente a una puerta doble de roble tallado. Lady Eleanor empujó las hojas con una firmeza que desmentía sus años y Zafiro contuvo el aliento.
La cámara del tesoro.
No era una habitación grande. De hecho, era más bien pequeña, íntima. Las paredes estaban forradas de terciopelo burdeos, sujeto con tachuelas de latón que brillaban a la luz de los candelabros de pared. El suelo era de mármol negro pulido, tan brillante que Zafiro podía ver reflejadas sus propias zapatillas en él.
En el centro, sobre una mesa de ébano con patas de bronce, descansaba un cofre de plata labrada. No era un cofre cualquiera. Era antiguo, tanto que el metal parecía haber adquirido una pátina azulada con los siglos. Los bordes estaban decorados con grabados de hojas de acanto y figuras de leones rampantes, el emblema de los Archer.
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Editado: 19.09.2026