El resurgir de Zafiro

Capítulo XXII

Fue al atardecer, cuando las modistas se habían ido y Lady Eleanor se había retirado a descansar, cuando Zafiro recibió la carta.

Liz se la entregó cuando la aguardó en sus aposentos.

—La trajo un mensajero del mercado, señorita. Dijo que era de parte de una tal Esmeralda.

Zafiro rompió el sello con dedos ansiosos. La letra era la de su amiga, sin duda, más apresurada de lo habitual, como si hubiera escrito corriendo.

"Querida Zafiro:

Me alegra más de lo que puedo expresar saber que estás viva y a salvo. Mary me contó lo del duque, lo de la boda. No puedo decir que me sorprenda. Siempre supe que ese hombre te miraba de otra manera.

Tengo malas noticias. Mi madre ha decidido que nos mudemos al norte, a casa de unos parientes y aquí ya no tenemos nada que nos ate. Me voy en una semana, no sé cuándo volveré. La abuela no quiere marcharse.

No puedo asistir a tu boda, según los cálculos, aunque haré todo lo posible, me duele más de lo que puedo escribirte. Te deseo toda la felicidad del mundo, Zafiro. Te la mereces y si el duque no te la da, juro que volveré para partirle la cara.

Cuídate.

Escribe cuando puedas, aunque tarde, siempre me llegará.

Tuya,

Esmeralda."

Zafiro leyó la carta dos veces. La tercera, las lágrimas le nublaron la vista. Esmeralda se iba. Su amiga, la única que la había defendido siempre, la única que le había dicho la verdad sobre Guillermo aunque doliera, se iba al norte. No podría verla casarse, no podría abrazarla. No podría pedirle consejo sobre nada.

Se quedó un largo rato sentada en la cama, con la carta en el regazo, mirando la pared sin verla. Entonces recordó las palabras de Esmeralda en aquella última conversación que habían tenido en el mercado, semanas atrás: Si le dieras una oportunidad al duque, podrías tener una vida que ni sueñas.

Esmeralda había visto antes que ella lo que Gabriel podía ofrecerle y, aunque no estuviera allí para verlo, Zafiro sabía que su amiga estaría celebrando a distancia.

***

La biblioteca de la mansión era su lugar favorito. No solo por los libros, que eran cientos, sino por la paz que se respiraba entre sus paredes forradas de cuero y madera. Allí, nadie la juzgaba. Allí, podía ser solo Zafiro.

—¿No puede dormir?

La voz la sobresaltó. Gabriel estaba sentado en un sillón junto a la chimenea, con un libro abierto sobre las rodillas y una copa de brandy en la mano, al parecer acababa de regresar. Llevaba una camisa blanca desabrochada en el cuello y el cabello ligeramente desordenado. Sin el traje de corte, sin el bastón, ni el sombrero, parecía más joven y más relajado de lo que solía demostrar.

Como era costumbre, la belleza del duque la dejó sin palabras.

—Lo siento —se disculpó Zafiro, retrocediendo y realizando una reverencia—. No sabía que estaba aquí. Me iré.

—No te vayas —objetó el duque, cerrando el libro y dejándolo sobre la mesita—. Siéntate. Si no puedes dormir, al menos no lo hagas sola. No pasé a verte porque creí dormías.

Zafiro dudó un instante. Luego, como si algo la empujara, se acercó al sillón contiguo y se sentó. No demasiado cerca, no demasiado lejos.

—¿Cómo ha ido todo? —indagó interesada, el duque le pidió la mano, ella se la extendió, pronto la temperatura entre los dos se elevó.

—Todo en orden, Zafiro —contestó —. ¿Cómo te sientes?

Que la tuteara sólo acrecentaba la necesidad de tenerlo cerca.

—He recibido una carta de Esmeralda —comentó —. Se muda al norte, no podrá venir a la boda.

Gabriel la miraba con una intensidad que le hacía difícil poder mantenerle la mirada.

—Lo siento —admitió Gabriel, sincero—. Sé que es importante para ti.

Zafiro percibió el revuelco, estaban sin chaperón en una biblioteca a solas, en la misma atmósfera.

—Lo es, no puedo pedirle que se quede. Tiene que cuidar de su abuela.

Hubo un silencio. El fuego crepitaba en la chimenea, lanzando sombras danzantes sobre las paredes.

—Gabriel —pronunció Zafiro.

Él levantó la vista, agitado y muy afectado.

—¿Sí?

—¿Estás seguro de que quieres casarte conmigo? No con la idea que tienes de mí. Conmigo.

Gabriel se quedó en silencio un momento. Luego, dejó la copa de brandy sobre la mesa, se inclinó hacia ella y le tomó las dos manos. Sus dedos eran grandes, cálidos, la rodearon, no era posesivo, era protector.

—Zafiro, he estado casado tres veces. Con mujeres de la alta sociedad, educadas desde la cuna para ser duquesas o de acuerdo al estatus de quien fuera el mejor partido y ninguna de ellas con toda seguridad, me hizo sentir lo que tú me haces sentir solo con mirarme.

Contuvo la respiración, la cercanía les afectaba a ambos, las palabras los envolvió. Ninguna mujer podría sentirse más convencida de casarse en ese momento que Zafiro con el duque.

—Lady Eleanor tiene que enseñármelo todo desde cero. —expresó.

Gabriel era poco afín a reírse, aquello le suavizó las expresiones en algo que se podía articular como felicidad, todo eso porque notó esa chispa que cambió en los ojos de su prometida.

—Entonces aprende —aconsejó Gabriel, apretándole la mano—. Solo no cambies, no te conviertas en una de esas damas de la corte que sonríen con la boca, pero no con los ojos. Sigue siendo tú, la que mira al duque como si fuera solo un hombre.

Zafiro levantó la vista. Sus miradas se encontraron, en ese instante, supo que el duque era tan diferente a lo que veían los demás. Estaba cautivada por su sinceridad y la manera en la que se veía a través de sus ojos.

—Gracias —susurró.

—No me des las gracias aún —pidió él, soltándole la mano con suavidad—. La boda es en dos semanas, todavía estás a tiempo de huir.

Zafiro rió. Una risa pequeña, temblorosa, real.

—No voy a huir. Por primera vez en mi vida, tengo un lugar al que pertenezco.




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