El retenedor del infierno en la tierra

Culpable

Una palma humana, teñida de un negro tan denso que parecía devorar la luz del sol, se alzó en el epicentro de la destrucción y chocó de frente contra la técnica de la novia. La onda expansiva levantó los escombros por los aires, pero el resplandor de la espada de Beatriz chisporroteó y se disipó en la nada, cancelado en seco.

—¿¡Qué!? —jadeó la mujer, retrocediendo a tropezones—. ¿No funcionó mi espada? ¿Por qué? No… Espera.

A través de la densa cortina de polvo, una figura levitaba perezosamente en el aire. El corazón de Beatriz dio un vuelco y sus ojos se abrieron de par en par, invadidos por un pánico helado.

—¿¡Una persona del Reino Próximo!? —tartamudeó, aferrando su espada con manos temblorosas.

—¡Allí te equivocas, niña! —respondió una voz femenina desde las alturas, cargada de un sarcasmo punzante—. No soy tan talentosa… pero ya acabé con mi presa, así que hasta luego.

El polvo comenzó a asentarse, pero la rabia volvió a encender los ojos de la novia.

—¿¡Crees que te permitiré escapar luego de lo que hiciste!? —gritó Beatriz, lanzándose al ataque una vez más.

—No lo creo. Sé que lo harás.

¡Crack! ¡Crack!

El sonido del metal chocando contra los huesos resonó en el cráter. En un abrir y cerrar de ojos, la misteriosa figura bloqueó el brutal impacto de la espada y sujetó el brazo de la chica con pasmosa facilidad.

—Vaya, eres fuerte… —murmuró la asaltante, soltando una risita—. Ay, gracias. Pero chau.

¡Fuaaaaaa!

Una ráfaga de aire comprimido estalló en el lugar, barriendo las nubes de polvo y dejando tras de sí un silencio sepulcral. La extraña mujer, la inmensa serpiente y su amado esposo habían desaparecido sin dejar rastro.

Sola entre las ruinas de su boda, Beatriz apretó los dientes hasta hacerlos rechinar.

—¿Dónde…? —susurró con la respiración agitada, alzando la vista al cielo vacío—. ¿¡Dónde estás!?

Pum! Pum! —¡Jörmungandr! ¡Me estás matando! —aulló Félix, tragando tierra en la más absoluta oscuridad subterránea.

La inmensa serpiente, ajena a sus quejas y con una expresión innegablemente feliz en sus monstruosas facciones, lo arrastraba a una velocidad vertiginosa hacia las profundidades de la tierra. La presión de los colmillos se sentía como una trampa de acero alrededor de su cintura.

—¡Maldita serpiente…! —rugió el joven, sintiendo que los pulmones le iban a estallar—. ¡Si sigues así, tus dientes me partirán en dos! ¡Te juro que le voy a reclamar a Alexia! ¡Allí vamos a ver si vuelves a sonreír, bestia del demonioooo!

De pronto, el estrecho túnel de roca cedió al vacío. El mundo desapareció bajo ellos y ambos cayeron en picada por un inmenso abismo, hasta que terminaron estrellándose de lleno contra una estruendosa cascada subterránea.

¡Splash! El agua helada los recibió sin piedad, engulléndolos en el fondo de un lago cristalino.

—¡Chicoooos! ¿Cómo están? —resonó una voz alegre y melodiosa desde la orilla de piedra.

Era Alexia. Los observaba con una sonrisa radiante, sin una sola gota de sudor o suciedad encima.

Arrastrándose torpemente hacia la superficie, la gigantesca serpiente emergió del agua. En un parpadeo, sus inmensas escamas comenzaron a deshacerse en partículas de luz hasta que su colosal tamaño se comprimió por completo. En su lugar, un bellísimo y majestuoso lobo grisáceo saltó hacia la roca seca. El animal se plantó con orgullo y se sacudió violentamente, rociando de agua todo a su alrededor.

Pero el verdadero espectáculo venía justo detrás.

Arrastrando los pies para salir del estanque, una figura pálida, temblorosa y completamente demacrada se asomó por la orilla. Era Félix. Parecía haber envejecido diez años en el trayecto. Dio dos pasos tambaleantes con la mirada vacía, perdió el equilibrio y…

¡Pum!

Cayó desplomado, estrellando la cara directamente contra la roca fría.

—¡Félix! ¿Estás bien? —exclamó Alexia, corriendo a socorrerlo con genuina preocupación—. ¿Te rompiste algo?

Sin soltar a su compañero, la chica giró el rostro hacia la mascota y la señaló con el dedo, frunciendo el ceño.

—Jormi… no lo habrás aplastado mucho en el camino, ¿verdad?

El imponente lobo grisáceo ladeó la cabeza, desvió la mirada hacia el techo de la caverna haciéndose el desentendido y soltó un disimulado silbido —¡fiuuuuu!—. Acto seguido, desapareció en el aire, desvaneciéndose en una estela de polvo plateado para huir de la escena del crimen.



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En el texto hay: comedia, romance, aventura

Editado: 20.08.2026

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