Félix, aún con la mejilla pegada al suelo y temblando de frío, cerró los ojos con pesadez.
—Este… animal… —balbuceó con la voz ronca.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano para darse la vuelta y mirar el techo de la caverna, dejó escapar un suspiro que sonó más a una agonía.
—Bueno… por lo menos la fuga salió bien… —murmuró, intentando convencerse a sí mismo—. O eso creo. ¡Cof, cof! —tosió, escupiendo un poco del agua de la cascada.
Alexia no parecía muy convencida. Mientras intentaba secar a Félix frotándole una tela improvisada con demasiada fuerza, le dirigió una mirada escéptica.
—¿Cómo que «eso crees»? —le recriminó, sin dejar de frotar—. ¿Salió bien o no?
—¡Auch! ¡Eso duele, hazlo más despacio! —se quejó Félix, encogiéndose y apartándose bruscamente—. ¿Tú también quieres arrancarme el brazo? Las mandíbulas de esa bestia casi me fracturan las costillas.
Félix se frotó el hombro magullado, evaluando mentalmente sus articulaciones con un quejido ronco antes de recuperar la compostura. Suspiró, adoptando esa mente calculadora que siempre maquinaba un paso por delante.
—Y sí, salió bien… —confirmó por fin, bajando la voz—. Ahora solo toca confirmar el siguiente paso con él. Si nos da luz verde y dice que todo está en orden, entonces su pequeño negocio podrá seguir operando sin problemas desde las sombras. Un trato es un trato.
Alexia dejó escapar un profundo suspiro, liberando toda la tensión acumulada en sus hombros.
—Uff, qué alivio —murmuró, sacudiéndose las manos—. Bueno, entonces nos vamos a la casa. Pero, por lo que más quieras… primero cambia ese aspecto, que me va a dar algo.
La chica se tapó la boca con ambas manos, haciendo una mueca de asco genuino y reprimiendo una arcada. El estado demacrado, pálido y casi cadavérico en el que había quedado Félix tras el escape era demasiado perturbador, incluso para los duros estándares de los Meridianos.
—Ya, ya, espera —gruñó él, rodando los ojos con fastidio.
Félix alzó una mano temblorosa y se la pasó lentamente por el rostro, de arriba abajo, como si estuviera borrando un boceto sobre un lienzo.
—Habilidad: Identidad —susurró.
Un leve destello distorsionó el aire a su alrededor. Bajo el velo de aquella técnica, la piel mortecina recuperó su vitalidad, los pómulos hundidos regresaron a su sitio y las profundas ojeras desaparecieron por completo. En cuestión de segundos, sus verdaderas facciones emergieron de la ilusión: un rostro de rasgos suaves y serenos, pero con una firmeza innegablemente varonil que contrastaba por completo con su actitud perezosa.
—¿Ya estás contenta? —preguntó, sacudiéndose el cabello húmedo.
—Sí, mucho mejor —asintió Alexia, dándose la vuelta y empezando a caminar a paso apresurado por el túnel de la caverna—. Entonces vámonos de una vez, antes de que Jormi llegue a la casa antes que nosotros y lo destroce todo… otra vez.
Llegaron por fin a una casa humilde, pero sorprendentemente bien conservada, en los límites de los Meridianos. La paz del regreso les duró apenas un suspiro. A lo lejos, levantando una catastrófica nube de polvo, Jörmungandr, en su inmensa forma de serpiente, se arrastraba a una velocidad vertiginosa directo hacia la vivienda.
—¡Este animal! —gritó Félix, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Nos va a sacar de quicio! ¡Va a destruir la casa!
—¡Ah, no! ¡Aquí te quedas! —bramó Alexia, adelantándose con los brazos en jarras y una furia digna de un dragón—. ¡Detente ahora mismo, Jörmungandr! ¡O si no, te juro que hoy no te cocino nada!
Al escuchar semejante amenaza, la monstruosa serpiente frenó en seco. Sus escamas rechinaron contra la tierra y casi se desmaya del susto, paralizándose por completo antes de encogerse sumisamente.
Ya dentro de la casa, la atmósfera se relajó. Se sentaron a comer tranquilamente y, entre platos y cubiertos, repasaron los detalles de la misión. Discutieron cómo entregarían la noticia del fracaso de la boda que ellos mismos habían orquestado en las sombras.
Al terminar, el semblante de ambos cambió. Las bromas y quejas desaparecieron de un plumazo. El aire a su alrededor se volvió denso y profesional, marcando el inicio de su verdadera faceta.
Horas después, se encontraban frente a una gigantesca y opulenta mansión en el centro de la ciudad. Dos guardias fuertemente armados les cerraron el paso en la entrada principal, pero bastó con que Félix mostrara una pequeña insignia oculta bajo su capa para que las puertas se abrieran sin resistencia.
Fueron escoltados hasta un salón lúgubre, donde una singular pareja los observaba cómodamente desde unos sillones.
—Ya… están aquí… ¿verdad, chicos? —dijo el hombre, arrastrando las palabras con una arrogancia palpable.
—Sí, ya está hecho —empezó Félix, con un tono de voz monótono, inexpresivo y calculador—. Todo salió acorde a las indicaciones. Con Beatriz, de la mansión Lannister, convertida ahora en viuda, estará demasiado ocupada buscando desesperadamente a su supuesto esposo. Con eso, la alianza entre las mansiones se romperá inevitablemente; al no haber unión con el heredero de la mansión Knet, el pacto se hará pedazos. ¿Están contentos?
Editado: 20.08.2026