El sujeto del cuchillo aflojó imperceptiblemente la presión sobre el cuello de Alexia. Sus ojos oscilaban entre el rostro impertérrito de Félix y la reacción de su compañera.
—Nos pagan las tres monedas de oro y las diez de plata —concluyó Félix, extendiendo la mano con la palma hacia arriba—, les entregamos la confirmación final de que el objetivo desapareció sin dejar rastro, y todos nos vamos contentos. O nos matan aquí, dejan sus rostros expuestos al conflicto y vemos cómo les queda el panorama cuando los Lannister golpeen su puerta mañana por la mañana. Ustedes deciden.
La mujer vaciló. Durante un segundo que pareció eterno, la frialdad de Félix pesó en el ambiente mientras ella sopesaba en silencio la implacable red de consecuencias que el joven acababa de tejer frente a sus ojos.
Soltando un suspiro cargado de rabia contenida, hizo un leve gesto con la mano.
¡Fiuuu!
Una ráfaga de viento cortante recorrió la habitación. En un parpadeo, el hombre retiró la hoja del cuello de Alexia y reapareció al instante junto a su pareja, regresando a su sitio con una agilidad aterradora.
La mujer metió la mano en su cinto y arrojó con violencia la diferencia del pago. El resto de las monedas de oro y plata rebotó contra la alfombra, tintineando con un eco metálico.
—Si no terminan esa parte del trabajo… yo misma iré tras sus cabezas —sentenció la mujer, clavando en Félix una mirada inyectada en odio.
—Sí, sí… lo que usted diga, señora —respondió Félix con el tono más despreocupado del mundo.
Sin perder el tiempo, recogió las monedas con agilidad, tomó a una temblorosa Alexia del brazo y ambos se retiraron del salón a paso firme.
Poco después, ya caminando a salvo entre la hierba alta de una pradera que bordeaba la ciudad, la rigidez en el cuerpo de Alexia comenzó a ceder. La chica se frotó la marca del cuello, todavía pálida y con la respiración agitada.
—Félix… ¿lo que dijiste en la sala era verdad? —preguntó, mirando de reojo hacia atrás para asegurarse de que nadie los siguiera—. Porque si de verdad nos rastrean los Lannister, tampoco saldremos tan fácil de esta. ¡Nos podrían ejecutar a nosotros también!
Félix, que caminaba con las manos metidas en los bolsillos y mirando el atardecer, soltó una pequeña risa burlona.
—Ellos podrán ser ingenuos, pero nosotros no —respondió, ajustándose la capa—. Recuerda la regla de oro: cuando dos compiten, gana un tercero.
Alexia ladeó la cabeza, frunciendo el ceño.
—¿Y qué tiene que ver eso con que casi nos degüellen?
—Tiene que ver con que esa pareja tonta acaba de pagarnos por arruinar la boda, pero no pagaron por nuestro silencio —explicó Félix, mientras una sonrisa astuta se dibujaba en su rostro—. Ahora iremos a buscar a ese señor cascarrabias, el comerciante de información. Le venderemos la primicia de que esa pareja fue la mente maestra detrás del boicot. Él le revenderá el dato a la mansión Lannister por una fortuna, nos dará nuestra comisión por el chisme... y nos llevaremos el doble de dinero a casa.
Alexia se detuvo en seco, parpadeando despacio mientras procesaba la jugada.
—Eres una basura de persona, Félix... —murmuró, aunque no pudo evitar sonreír—. Me encanta el plan. Vámonos rápido antes de que se arrepientan.
Félix asintió con lentitud. —Gracias a mi habilidad, Identidad, podremos escondernos a plena vista. Además, Jörmungandr siempre será nuestro as bajo la manga en caso de que todo se vaya al infierno.
Alexia asintió, conforme con el plan. Sin perder tiempo, se dirigieron hacia el bullicio de una hermosa y próspera ciudad comercial en los adentros de los Meridianos. El contraste era abrumador: niños corriendo entre risas por calles empedradas, mientras decenas de comerciantes pregonaban a gritos las bondades de sus coloridos productos.
Moviéndose con naturalidad entre la multitud, llegaron a un rincón muy concurrido de la plaza. Allí se acercaron a un comerciante de aspecto desaliñado que, aparentemente, dormía a pierna suelta sobre su taburete.
—¡Ey, vejestorio! —le susurró Alexia, dándole un golpecito disimulado—. ¡Venimos con lo que solicitaron!
El hombre dio un respingo, parpadeando desorientado. —¿Qué? ¿Qué? Q… ahh, son ustedes. Ashh... hubieran avisado —masculló frotándose los ojos—. Ya, pasen rápido antes de que llamen la atención.
Con un movimiento fluido, el comerciante sacó un viejo anillo de su túnica y lo frotó contra la pared de piedra que tenía a su espalda. El muro se distorsionó silenciosamente, revelando un pasadizo secreto. Ambos jóvenes cruzaron el umbral, dejando atrás el ruido del mercado, y bajaron por unas escaleras húmedas hasta llegar a una sala mal iluminada.
Frente a ellos, detrás de un escritorio repleto de papeles, los esperaba un hombre mayor de larga barba canosa.
—Viejo… ya tenemos lo necesario —anunció Félix, con la voz desprovista de cualquier emoción—. Ahora, cerremos el trato.
Editado: 20.08.2026