El retenedor del infierno en la tierra

¿Cansado?

El anciano enarcó una ceja y soltó un suspiro cansado. —¡Oye, Félix! ¿Así vas a tratar a tu propio tío? ¿Solo me ves como a alguien a quien sacarle dinero fácil?

—¿Acaso no eres tú exactamente así? —replicó Félix, cruzándose de brazos con cinismo—. Igual que tú, yo también vengo por mi propina. Los negocios son negocios.

—Pero Félix… Bueno, así nomás será contigo —se quejó el anciano, rindiéndose. Acto seguido, arrojó una pesada bolsa sobre la mesa, provocando el tintineo de varias monedas de plata y bronce.

En respuesta, Félix deslizó un pergamino enrollado por el escritorio, completando el trueque.

—Oye, viejo… —Félix se guardó la bolsa en la capa sin molestarse en contar el dinero—. ¿Cuándo vas a actuar?

—Ahhh, creo que mañana… Todo depende del clima político en el Próximo —respondió el anciano, hojeando el pergamino con interés.

—¡Oye, vejestorio! —le interrumpió Félix, endureciendo la mirada—. Podré haber sido un genio en el pasado, pero ahora ni siquiera puedo plantarme frente a una persona común en un combate físico. Mi única fuerza es controlar el tablero desde las sombras. Así que habla claro y dime los plazos exactos. Necesito calcular nuestras rutas.

El tío dejó el documento sobre la mesa y lo miró con una seriedad que heló el ambiente.

—Okey, mocoso. Será mañana por la tarde. Si la información que me acabas de traer es correcta, esos malditos de la mansión Knet serán acorralados por los Lannister y, muy probablemente, ejecutados en secreto —el anciano hizo una pausa, bajando el tono de voz—. Pero no olvides que tú también eres parte de una mansión. No será la Knet ni la Lannister, pero recuerda que tus hermanos mayores aún te están buscando. Así que ten mucho cuidado, Félix.

El corazón de Félix dio un vuelco repentino, hundiéndose en su pecho por una fracción de segundo. El fantasma de su pasado acababa de rozarle la nuca.

Sin embargo, su rostro fue una máscara impenetrable. No permitió que ni un solo músculo facial delatara su terror interno. Fiel a su costumbre de liderar y sobrevivir a través de la psicología y la manipulación, encapsuló su pánico en lo más profundo de su mente.

—Sí, sí, lo que tú digas, anciano —respondió Félix, encogiéndose de hombros con una indiferencia perfectamente ensayada—. Nos vamos.

Dándose media vuelta, comenzó a caminar hacia la salida del pasadizo con paso tranquilo, como si la amenaza de sus hermanos no significara absolutamente nada para él.

—Vamos, Alexia. Hay que repartir las ganancias.

Viendo salir a la pareja, el tío cambió de semblante de inmediato. Su postura encorvada y perezosa desapareció, revelando una mirada afilada y llena de preocupación.

«Este mocoso me sacará de quicio algún día», pensó, masajeándose el puente de la nariz con cansancio. «Bueno, tengo que cubrirle las espaldas, es lo único que puedo hacer por él. Ese muchacho no confía ni en su propia sombra… Apuesto lo que sea a que ni siquiera le ha contado a esa amiga suya de dónde viene realmente, ni cuál es la magnitud de su habilidad… Creo que pienso de más. Bueno, vamos a revisar este tesorito».

Con una sonrisa codiciosa, desenrolló el pergamino sobre la mesa.

Mientras tanto, ya fuera del pasadizo y dirigiéndose por el camino de regreso hacia su hogar en otra ciudad, Alexia lo observó de reojo. Conocía a Félix lo suficiente como para saber que la mención de sus hermanos lo había alterado, aunque él intentara ocultarlo.

—Félix… ¿te encuentras bien? —le preguntó con cautela.

Félix ladeó la cabeza y le dedicó una sonrisa amplia, relajada y carente de cualquier preocupación visible.

—Sí, estoy perfectamente bien. Ahora nuestra única prioridad es concentrarnos para poder escondernos sin llamar la atención durante esta semana.

Siguieron caminando con total normalidad hasta que, al cruzar la calle principal, se toparon con una inmensa multitud aglomerada a los lados del camino. El bullicio era ensordecedor y todos estiraban el cuello intentando ver algo en la distancia.

Intrigada, Alexia se acercó a una anciana que daba pequeños saltitos tratando de asomarse.

—Disculpe, señora… ¿Qué está pasando? ¿Por qué hay tantas personas aquí reunidas?

—Ay, jovencita… ¿no se enteró? —respondió la mujer, abriendo mucho los ojos con dramatismo—. La poderosa mansión Lannister está organizando un gran desfile fúnebre por el trágico y repentino fallecimiento del esposo de la señorita Beatriz.

Al escuchar su propio nombre y su condición de "fallecido", Félix sintió un escalofrío y se encogió de hombros instintivamente.

—¿Te pasa algo, jovencito? Te pusiste pálido —notó la anciana, mirándolo con preocupación.

—No, no es nada, señora —respondió Félix al instante, recuperando su inexpresividad absoluta—. Se me olvidó desayunar hoy y me dio un mareo.



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En el texto hay: comedia, romance, aventura

Editado: 11.09.2026

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