El retenedor del infierno en la tierra

No revivan el pasado

Ambos se abrieron paso a empujones entre la multitud para llegar a la primera fila del cordón humano. Al asomarse, vieron pasar el epicentro del espectáculo: una majestuosa y lúgubre carreta de madera negra, profusamente adornada con flores oscuras y tirada por cuatro imponentes animales salvajes de pelaje azabache. El escudo de la familia Lannister brillaba en los costados.

Alexia abrió la boca, asombrada por el nivel de ostentación.

—Guau… se nota a leguas que son una mansión importante —le susurró a su compañero, dándole un codazo—. Hasta para llevar a un supuesto muerto arman toda esta decoración…

—Baja la voz, Alexia —le siseó Félix entre dientes, clavando la vista al frente mientras sudaba frío al ver su propio cortejo fúnebre desfilar ante sus narices.

—Ya, yaaa… —murmuró ella, tapándose la boca para no soltar una carcajada en medio del solemne velorio.

Pasando de largo de aquel sombrío y ridículo evento, ambos se dirigieron finalmente hacia las afueras de la ciudad hasta llegar a su casa. En la entrada los esperaba Jörmungandr. La bestia estaba echada perezosamente, descansando en su forma de enorme lobo grisáceo.

—Por fin en casa… Este día fue demasiado cansado —suspiró Félix, cerrando la puerta a sus espaldas—. A ver, acércate. Quiero ver esa herida más de cerca.

Félix descolgó un pequeño botiquín de madera de la pared y caminó hacia ella, con la mirada fija en la fina línea roja que marcaba el cuello de la chica.

—Ay, qué preocupado… —bromeó Alexia, acercándose con una sonrisa burlona—. No es mucho, te lo aseguro. Solo es un rasg... ¡Auch!

—¿No que solo era un rasguño? —le reprochó Félix, frunciendo el ceño mientras le pasaba con cuidado una tela humedecida con agua limpia sobre el corte—. Bueno, con esto será suficiente para que no empeore.

Al escuchar la queja, Jörmungandr se levantó y se acercó lentamente. Con un suave quejido, apoyó su inmenso hocico peludo sobre las piernas de Alexia, mirándola con unos grandes ojos brillantes cargados de genuina preocupación.

—¡Estoy bien, chicos! No deben preocuparse —los tranquilizó ella, acariciando las suaves orejas del lobo gigante con cariño.

Félix asintió en silencio, volviendo a su semblante frío y calculador. Se acercó a la mesa de madera, tomó un par de velas apagadas y se las lanzó a Alexia, quien las atrapó al vuelo.

—Entonces, si ya estás bien… —sentenció Félix—. Es hora de ocultarnos. Combinemos esto. ¡Habilidad: Identidad!

El aire alrededor de Félix parpadeó. En un instante, su contextura, su rostro y todo su cuerpo cambiaron drásticamente, alterando por completo su presencia bajo el velo ilusorio de su técnica.

Alexia apretó las velas en sus manos y, con una sonrisa cómplice, activó su propia magia.

—¡Habilidad: Camuflaje!

Una onda de energía translúcida se expandió desde las velas hacia las paredes. Desde el exterior, la humilde casa comenzó a titilar como si fuera un espejismo en el desierto, hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, la estructura entera desapareció por completo de la pradera, volviéndose invisible e indetectable para el resto del mundo.

De pronto, las piernas de ambos jóvenes cedieron. Cayeron al suelo con los ojos en blanco, habiendo agotado hasta la última gota de su energía y magia en aquella combinación de habilidades simultáneas.

Al verlos colapsar, Jörmungandr entró en pánico. Desesperado, abandonó su forma de lobo y se transformó nuevamente en la inmensa serpiente escamosa. Con extrema delicadeza, los tomó entre sus fauces sin hacerles el más mínimo daño y los llevó hasta sus camas para que pudieran descansar.

«Papás, no se exijan demasiado…», pensó la gigantesca bestia, mirándolos con ternura mientras se enroscaba en el suelo de la habitación a modo de guardia. «Yo los cuidaré todos estos días mientras estén inconscientes».

Pasaron los días en un profundo silencio, hasta que, una mañana, el estruendo ensordecedor de decenas de caballos galopando a toda prisa retumbó en el exterior. Jörmungandr se alteró al instante. Tensó sus enormes músculos y se preparó para defender el hogar, pero el tropel de los caballos no se detenía; simplemente pasaban de largo.

Asomándose con sigilo por la ventana de la casa invisible, la bestia observó a un gigantesco batallón armado dirigiéndose hacia la ciudad vecina, directo al territorio de la mansión Lannister. Detrás de la caballería pesada, los soldados arrastraban varias jaulas de hierro sobre ruedas, repletas de prisioneros.

Cada uno de los capturados llevaba puestos unos singulares grilletes oscuros que les apresaban los brazos y el cuello.

«Esos deben ser... los grilletes antimagia que bloquean las habilidades y las técnicas marciales. Qué miedo…», pensó la serpiente, tragando saliva al ver el imponente acero.

Desde afuera, el viento trajo las quejas y lamentos de los prisioneros. Al agudizar su aguda vista de reptil hacia una de las jaulas principales, Jörmungandr los reconoció al instante: allí estaba la pareja que los había contratado, los ejecutores de la mansión Knet, ahora despojados de toda su arrogancia, encadenados y humillados.

«¡Sí! ¡Mamá y papá lo lograron!», celebró la serpiente en su mente, agitando la punta de su cola con evidente alegría. «Esos tontos fueron entregados y atrapados gracias a la trampa del tío. Ahora el estatus del tío crecerá mucho más en el bajo mundo, nos traerá más bocadillos ricos y podrá seguir protegiendo a padre y a madre».

Cuando el estruendo de la caballería finalmente se desvaneció en la distancia, un grito desgarrador resonó desde la habitación.



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En el texto hay: comedia, romance, aventura

Editado: 11.09.2026

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