Jörmungandr se asustó tanto que casi derriba la puerta al arrastrarse rápidamente hacia el interior. Al entrar, vio que su "padre" ya había despertado y estaba sentado sobre la cama con las manos extendidas, pero la que gritaba y se retorcía de agonía entre las sábanas era su "madre". Preocupada y aterrada al verla sufrir, la inmensa serpiente siseó en dirección a Félix, dispuesta a intervenir para ayudar.
—¡Jörmungandr, quieto! —le ordenó Félix, deteniéndolo con un gesto seco de la mano sin apartar la vista del pecho de Alexia—. Si me desconcentras ahora, ella no lo soportará y morirá.
La serpiente se frenó en seco, encogiéndose en una esquina del cuarto, pero manteniéndose expectante a cada movimiento. Un aura densa y antigua comenzaba a emanar de las manos de Félix.
—Recuerda, Jörmungandr, cuál es mi habilidad primigenia… —murmuró Félix, sudando frío por el esfuerzo de canalizar su magia—. Al igual que todos los que desarrollan su poder al momento de nacer, cuando sus padres juntan su sangre para otorgarle una habilidad más fuerte a su hijo y comprobar su linaje… mi habilidad primigenia es Odín, el dios de la sabiduría y la magia.
Una luz dorada y pesada iluminó tenuemente la habitación.
—Aunque no esté en mi plena forma física por mi decadencia —continuó Félix con los dientes apretados—, aún puedo usar la Sabiduría para ayudar a Alexia a estabilizar su propio núcleo y recuperar su habilidad.
Entonces, al conectar su magia con el corazón de la chica, la mente de Félix se inundó con los recuerdos fracturados de ella. Un flashback lo golpeó con violencia.
Años atrás, en los sucios callejones de una ciudad de los Meridianos…
Una niña pequeña, sucia y en los huesos, corría desesperada aferrando un trozo de pan contra su pecho.
—¡Oye, niña! ¡Devuélveme el pan, mocosa inútil! —gritaba un hombre furioso persiguiéndola junto a otros dos—. ¡Para robar sí que eres buena!
Al acorralarla en un callejón sin salida, no tuvieron piedad. La azotaron sin contemplaciones, arrebatándole la comida y dejándola tirada, medio muerta, sobre el barro frío. Cuando los hombres se marcharon, la niña intentó arrastrarse para salir de allí. Estaba demasiado débil, y para su mala suerte, la noche empezaba a caer, trayendo consigo un clima helado y amenazador.
«Ahora no tengo dónde comer y pronto va a llover fuertemente… ¿Qué hago?», pensó la pequeña Alexia, temblando y abrazándose a sí misma. De pronto, un recuerdo fugaz de su difunta madre cruzó por su mente. «Ah, ya sé. Todos nacen con algo... una estrellita en nuestros corazones. Madre me dijo que la usara solo en el momento más difícil».
Aferrándose a esa última esperanza de supervivencia, la niña juntó sus manitas ensangrentadas, cerró los ojos con fuerza y gritó a los cielos:
—¡Freyja, Diosa del amor: Paraíso!
Una luz cálida y resplandeciente intentó brotar de su interior. Al lado de una casa abandonada, la magia comenzó a materializarse, tejiendo de la nada una pequeña y segura choza para refugiarla de la tormenta.
Sin embargo, al estar tan desnutrida y demacrada, forzar el despertar de una habilidad de nivel divino fue completamente contraproducente para su pequeño cuerpo. La magia exigió un peaje que ella no podía pagar.
—¿Qué…? —balbuceó la niña, tambaleándose de golpe—. ¿Qué pasa? ¿Por qué me duele tanto el pecho? ¡Duele mucho…!
La choza terminó de formarse, ofreciéndole el anhelado refugio. Pero en el instante en que la pequeña Alexia cruzó el umbral buscando calor, su corazón colapsó por el esfuerzo. Cayó desplomada contra el suelo como un saco de papas, perdiendo el conocimiento y sellando su poder primigenio para siempre.
De vuelta en la habitación, Félix abrió los ojos de golpe. Su magia conectaba con el trauma sellado de su compañera.
—Recuerda, Jörmungandr —susurró Félix, con el sudor perlándole la frente—, que cuando limpié a Alexia con aquel trozo de tela húmeda, aproveché para incrustarle un pilar de mi propia energía. Con eso, y si tengo suerte, podré reparar su habilidad primigenia desde adentro.
Su mente volvió a sumergirse en el pasado, arrastrada por la conexión de sus magias.
Años atrás, en las escalinatas de una imponente mansión del Próximo...
—¡Oye, niña! ¡Niña! —exclamaba un niño pequeño, impecablemente vestido, al encontrar un cuerpo diminuto y sucio tirado frente a las inmensas rejas de su hogar. Al no obtener respuesta, se giró hacia el interior del patio—. ¡Tío! ¡Ven rápido! ¿Qué le pasa a esta niña? ¿Por qué está tirada aquí?
Un hombre de traje elegante y porte aristocrático se acercó con paso lento, arrugando la nariz con evidente desdén.
—Joven señor, no se debe acercar a pestes como esa. Ya vámonos adentro.
—¡No, tío! ¡Debemos hacer algo! —insistió el niño, negándose a moverse—. ¿Qué le pasa?
Con un suspiro de fastidio, el hombre extendió el brazo y evaluó el pulso de la pequeña. Su rostro no mostró ninguna alteración.
—La niña no respira… Creo que ya es tarde, joven señor. Mejor vámonos.
Editado: 11.09.2026