[.NAVIER.]
La cena había llegado a su fin, y el murmullo de conversaciones suaves comenzaba a menguar. Las copas estaban vacías o casi vacías, los platos principales ya se habían retirado, y solo quedaban algunos restos de vino y frutas en las bandejas plateadas del centro de la mesa. El ambiente se mantenía cordial, aunque bajo la superficie flotaba una tensión apenas perceptible, como una cuerda demasiado estirada que amenaza con romperse en cualquier momento.
Yo observaba a todos sin perder detalle. Henrey reía por algún comentario de Mackenna, mientras Ergi lo miraba con una sonrisa ladina. Sovieshu hablaba con Karl en voz baja, señalando con disimulo una de las pinturas del comedor. Kosair había cruzado los brazos y se reclinaba en su asiento, claramente satisfecho consigo mismo. Warton III, por el contrario, se mantenía en silencio, comiendo con parsimonia, pero con el ceño ligeramente fruncido.
Y fue entonces que las puertas del comedor se abrieron una vez más.
Un hombre delgado, de cabellos grises y túnica azul oscura, se adelantó con paso rápido y certero. Lo reconocí como el secretario del rey. Su rostro era inexpresivo, como si llevara años entrenando para no reflejar ninguna emoción, y su andar era tan sigiloso que por un momento pensé que flotaba. Se acercó al rey Warton II y se inclinó con reverencia antes de susurrarle algo al oído. La expresión del monarca cambió sutilmente: se irguió con más firmeza, y sus ojos recorrieron la mesa con un brillo distinto.
—El consejo ya está reunido —anunció de repente, mientras se ponía de pie, su voz resonando con autoridad en el salón.
De inmediato, todos nos pusimos de pie por instinto. Era un gesto de respeto, pero también de tensión. El consejo. Sabíamos lo que eso significaba. Había llegado el momento de la verdadera discusión, aquella que se daba detrás de puertas cerradas, donde las palabras pesaban más que las espadas.
El rey carraspeó con suavidad y agregó con tono firme:
—Solo necesito la presencia de lord Kosair, lord Karl y el heredero Sovieshu para esta junta.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
No lo dijo por mal... lo sabía. Pero al excluir al resto, había confirmado que esta noche, esa conversación, sería crítica. Crucial. Y peligrosa.
El resto de los presentes comenzamos a sentarnos de nuevo, algunos más aliviados que otros. Pero antes de que todos tomaran asiento, dos voces se alzaron al mismo tiempo, solapándose en una sola intención:
—Yo también quiero estar presente.
Giré la cabeza. Habían hablado al unísono.
Henrey.
Warton III.
Ambos de pie, con los ojos clavados en su padre.
El rey Warton II parpadeó con una mezcla de sorpresa y desconcierto. No esperaba esa reacción. Nadie la esperaba. La reina lo miró con incertidumbre, y Kosair sonrió levemente, como si disfrutara el caos que se acababa de sembrar.
Warton III fue el primero en retomar la palabra, con su voz saliendo con un tono áspero y controlado:
—No importa si Henrey no asiste. Pero yo sí debo estar allí. Soy el sucesor de esta corona. No se puede discutir el futuro del reino sin el heredero legítimo.
Henrey se volvió hacia él con los ojos encendidos. Había una furia silenciosa en su rostro, tan distinta a la amabilidad que normalmente irradiaba. Apoyó ambas manos sobre la mesa con fuerza contenida y replicó:
—¿Y por qué no debería ir yo? Si tanto les preocupa el futuro del reino, ¿no sería lógico que estuviéramos ambos? O es que... —sus ojos lo cortaron como cuchillas— ¿Tienes miedo de que yo te robe la corona?
Warton III apretó los dientes. Su postura se tensó aún más, como un resorte a punto de liberarse.
El silencio en la sala se volvió espeso. El rey Warton II miraba a sus hijos sin saber cuál palabra debía salir de su boca. Yo misma no sabía si intervenir o quedarme al margen, hasta que Sovieshu habló con naturalidad, como si aquella escena fuera simplemente una cuestión de protocolo:
—Propongo que ambos estén presentes —expresó con tono diplomático, pero lo suficientemente alto para que todos escucháramos—. Así no quedará lugar a dudas, ni hoy ni en el futuro, sobre lo que se hable esta noche en este palacio.
Lo miré de reojo. Su voz no temblaba. No parecía molesto, ni siquiera perturbado por la tensión entre los príncipes. Estaba tan seguro, tan en control... como si hubiera planeado cada detalle desde antes de sentarse en esta mesa.
Henrey se giró hacia él, sorprendido. Sus ojos se suavizaron al instante. Sovieshu le sonrió con una calidez inesperada y alzó una mano para revolverle el cabello de manera casi fraternal, como si ya fueran grandes amigos de toda la vida.
—Estoy seguro de que tus ideas serán útiles —agregó, dándole una palmada suave en el hombro.
El rey Warton II suspiró. Asintió lentamente, rindiéndose a la situación:
—Muy bien. Ambos vendrán.
Todos volvieron a sentarse, menos los convocados. Pero justo antes de salir, Warton III giró lentamente el rostro hacia Sovieshu, y lo fulminó con una mirada envenenada. Sus ojos verdes, idénticos a los de su madre, parecían querer atravesarlo como lanzas.
Sovieshu lo ignoró por completo.
No por descuido, sino con intención. Como si ni siquiera valiera la pena responder.
Los pasos comenzaron a dirigirse hacia la salida. Kosair caminaba erguido, con una seguridad que solo él podía ostentar. Karl lo seguía con paso tranquilo, calculador. Henrey marchaba junto a Sovieshu, y aunque aún estaba tenso, se lo notaba intrigado, incluso un poco entusiasmado por estar presente. Warton III, por su parte, avanzaba con el rostro endurecido, cada pisada pesada como una declaración.
Y justo cuando todos estaban a punto de abandonar el comedor... Sovieshu se detuvo.
Fue tan repentino que incluso Henrey lo notó y volvió la cabeza con leve desconcierto.
Sovieshu pareció haber recordado algo, y se giró. Caminó de vuelta, atravesando la sala con calma, como si no hubiera prisa, como si el mundo pudiera esperarlo.