[.SOVIESHU.]
El murmullo solemne del templo se detuvo cuando el obispo elevó su voz clara, resonante, como si sus palabras se grabaran en las paredes de mármol y en los corazones de todos los presentes.
—Sovieshu Vikt-Trovi, ¿aceptas tomar por esposa a lady Navier Ellie Trovi, amarla, honrarla y protegerla en los días de dicha y en los de adversidad, hasta que la muerte los separe?
Tragué saliva, y sentí que mi pecho se expandía como si contuviera todo el peso del mundo. Mis ojos se clavaron en Navier, en ese rostro sereno que había sido mi faro y mi perdición, y que ahora se alzaba como mi única esperanza.
—Sí —pronuncié con firmeza, aunque dentro de mí la voz se quebraba en emoción—. Sí, acepto casarme con Navier Ellie Trovi.
El murmullo emocionado de la multitud me llegó como un eco lejano, apenas un murmullo en comparación al estruendo que sentí dentro de mi corazón.
El obispo, con los ojos brillantes de solemnidad, giró hacia ella.
—Navier Ellie Trovi, ¿aceptas tomar por esposo al Emperador Sovieshu Vikt-Trovi, respetarlo, amarlo y permanecer a su lado en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad, hasta que la muerte los separe?
Ella me miró. Sus ojos verdes brillaban con esa calma regia que siempre había tenido, pero detrás de ellos había algo más: un temblor casi imperceptible, una emoción contenida que me hizo contener la respiración. Sentí mi garganta cerrarse, el corazón me golpeaba con violencia, temiendo que el silencio se prolongara demasiado.
Navier inspiró suavemente, y con una voz clara, firme y delicada a la vez, pronunció:
—Sí, acepto casarme con Sovieshu Vikt-Trovi.
Un suspiro de alivio me escapó sin que pudiera contenerlo, y mis labios se curvaron en una sonrisa que llevaba mucho tiempo deseando mostrarle. Porque para mí no paso desapercibida su decisión, ella aceptaba casarse conmigo, no con el Emperador, y eso significaba todo para mí.
En ese instante, juré dentro de mí que jamás, jamás volvería a fallarle. Que la cuidaría con mi vida, que protegería nuestro amor con la misma fiereza con la que defendía a mi imperio.
El obispo levantó las manos hacia el cielo, y su voz llenó el recinto con solemnidad absoluta:
—Yo, en nombre de la sagrada fe, os declaro unidos en matrimonio. Son desde este momento, marido y mujer, Emperador y Emperatriz del Gran Imperio de Oriente. Que la unión de vuestros corazones sea el escudo de nuestra nación.
Hubo un instante de silencio reverente. Entonces, el obispo me miró directamente, con una leve sonrisa paternal.
—Emperador Sovieshu Vikt-Trovi, puede besar a vuestra esposa.
No necesité pensarlo. Un paso fue suficiente para reducir la distancia entre nosotros. Con una mano me apoderé suavemente de su cintura, acercándola a mí, y con la otra acaricié su mejilla, delineando con mis dedos la suavidad de su piel. Ella levantó la vista, y en sus ojos vi un bosque que me pertenecía.
La besé.
Fue un beso ardiente, vehemente, una promesa sellada con fuego y ternura. El mundo desapareció: no había nobles, no había aliados, no había testigos. Solo estábamos ella y yo, y la certeza de que la amaba con una pasión que me consumía entero. Sus labios eran dulces, su respiración se mezclaba con la mía, y por un instante sentí que el tiempo se detenía.
Cuando finalmente nos separamos, escuché los aplausos ensordecedores de todos los presentes. El eco de palmas, vítores y gritos de celebración llenaba el templo, pero yo apenas lo registraba. Todo mi ser estaba concentrado en el brillo en los ojos de Navier, en la certeza de que había aceptado caminar a mi lado.
Nos giramos juntos, tomados del brazo, y empezamos a avanzar hacia la salida, recibiendo la bendición de miles de miradas que nos seguían con devoción.
Sin embargo, mi mirada se desvió por un instante hacia la multitud, y allí la vi. Rashta. Estaba de pie entre los invitados, aplaudiendo con entusiasmo forzado, sus ojos húmedos brillaban con algo que solo yo podía descifrar. Mi corazón se tensó, pero mi rostro se mantuvo imperturbable. Fingí no conocerla, ignorándola por completo, aunque por dentro sabía que esa herida tarde o temprano exigiría ser atendida. Yo no había hecho nada malo, y sin embargo, era consciente de los sentimientos que ella había depositado en mí.