—¡Regis! ¡Regis, por todos los santos, despierta!
El sonido de unos golpes frenéticos contra la madera podrida fue lo que finalmente fracturó la oscuridad. Regis abrió los ojos de golpe, incorporándose sobre una cama de paja que picaba como mil agujas. Su pecho subía y bajaba con violencia, y el sudor frío le pegaba a la espalda.
—Qué sueño... qué pesadilla más rara —susurró, llevándose las manos a la cara.
Sentía los ecos de un estruendo, una sensación de vacío y un dolor punzante, pero los detalles se le escapaban como agua entre los dedos. Solo sabía que estaba vivo y que, por un momento, había creído que todo se terminaba.
La puerta se abrió de par en par con un chirrido que le taladró los oídos. Un chico joven, de aspecto descuidado y rostro curtido por el cansancio, entró casi tropezando.
—¡Llevas rato gritando! —exclamó el joven, agarrándolo por los hombros y sacudiéndolo con fuerza—. ¿Qué demonios te pasa? El Rey va a preguntar por ti y ya vamos tarde.
Regis se quedó rígido. La habitación no era su cuarto. Las paredes eran de piedra fría, el olor era una mezcla de humedad y hollín, y el chico que lo sacudía vestía ropas que parecían sacadas de una representación histórica.
—¿Quién... quién eres tú? —tartamudeó Regis, apartando las manos del joven—. ¿Y quién es Regis? ¿Dónde estoy?
El chico se quedó paralizado, parpadeando con incredulidad.
—¿De qué hablas? Soy Servo, ¿acaso te has dado un golpe en la cabeza? ¡Y cómo que quién es Regis! Tú eres Regis. El bufón. El "entretenimiento". Deja de hacer el tonto, que no tenemos tiempo para tus bromas.
—¿Bufón? —Regis sintió un vuelco en el estómago.
Se llevó una mano a la mejilla y se propinó una bofetada seca. El chasquido resonó en la pequeña celda y el ardor fue instantáneo. No despertó. No volvió a su cama. El dolor era real, punzante y presente.
—¡Estás loco! —gritó Servo, tironeando de su brazo—. ¡Deja de pegarte y camina! Tenemos que comer algo antes de que nos llamen a la corte.
La mesa de los olvidados
Regis se dejó arrastrar por pasillos de piedra apenas iluminados por antorchas. Su mente era un caos de preguntas sin respuesta. Llegaron a un comedor angosto y maloliente donde otros sirvientes se amontonaban sobre mesas largas de madera.
Servo le puso delante un pedazo de pan duro y un cuenco con unas gachas grises que no tenían mejor aspecto que el cemento. Regis no podía comer; sentía las miradas de los demás clavadas en él. Eran miradas cargadas de un desprecio que conocía demasiado bien.
—¿Por qué me miran así? —murmuró Regis, inclinándose hacia Servo—. ¿Por qué se ríen por lo bajo?
Servo suspiró, rompiendo su trozo de pan con desgana.
—No les hagas caso. Se ríen porque somos los últimos de la fila, Regis. Los marginados. Tú eres el bufón al que nadie respeta y yo... yo solo soy el huérfano que te sigue. Pero mientras nos tengamos el uno al otro, que digan lo que quieran. Come rápido, el Rey no espera.
La Corte del Silencio
Caminar hacia la sala del trono fue como avanzar hacia su propio juicio. El esplendor de la gran sala —los estandartes, el oro, los nobles vestidos con sedas— contrastaba violentamente con la miseria que Regis acababa de ver.
Al final del salón, sentado en un trono que parecía una extensión de su propia voluntad, estaba el Rey. No dijo una palabra. Su mirada era fría, pesada, como si observara a un insecto especialmente molesto.
Un silencio sepulcral se apoderó del lugar. Regis, paralizado por el pánico y la confusión, se quedó de pie en medio de la sala, mirando a su alrededor con los ojos muy abiertos. No sabía qué hacer. No sabía quién era ese hombre ni por qué estaba allí.
—¡Muévete! —le siseó Servo desde atrás, dándole un codazo que casi lo hace caer—. ¡Arrodíllate! Di algo... ¡están esperando!
Regis intentó abrir la boca. Quería preguntar qué estaba pasando, quería pedir ayuda, pero el miedo le cerró la garganta. Al intentar tragar saliva para recuperar el habla, se atragantó.
—Gh... ¡aghh! —Regis empezó a toser violentamente, cayendo de rodillas, golpeando el suelo con las palmas de las manos.
Servo, aterrorizado por la falta de reacción de su amigo, empezó a darle palmadas en la espalda con desesperación. El sonido de las toses de Regis era lo único que rompía el silencio.
De repente, una carcajada profunda y potente estalló desde el trono. El Rey se reía.
Como si hubiera sido una señal coreografiada, el resto de los nobles rompió en risas estruendosas. El salón se llenó de burlas y dedos señalando al "bufón" que se ahogaba en el suelo.
En ese momento, las risas se volvieron un eco distorsionado en la mente de Regis. De pronto, ya no veía la sala del trono. Destellos de rostros difuminados, sombras de gente joven riéndose de él en un lugar que ya no recordaba pero que le dolía igual, inundaron su visión. El mismo sentimiento de impotencia. La misma humillación.
Regis dejó de toser. Levantó la mirada y, por primera vez, sus ojos no mostraron confusión, sino una furia gélida que hizo que Servo diera un paso atrás.
El Rey, aburrido ya del espectáculo, hizo un gesto despectivo con la mano derecha. Una orden silenciosa.
Servo agarró a Regis por el brazo, prácticamente arrastrándolo fuera mientras el bufón seguía forcejeando internamente con su rabia.
—"No importa dónde esté" —pensó Regis mientras era escoltado fuera de la sala, con los pulmones aún ardiendo—. "No importa dónde termine. Siempre es lo mismo".
Su motivo acababa de nacer: no iba a permitir que se rieran de él ni una sola vez más.
Editado: 29.04.2026