Regis se separó de Servo en el límite del ala central del castillo. El chico lo miró con una mezcla de esperanza y miedo antes de desaparecer por el pasillo de los criados. Ahora, Regis caminaba solo. La arquitectura del lugar se sentía diferente bajo su nueva mirada: los techos eran demasiado altos, las sombras demasiado densas y el silencio en la zona de los nobles era tan pesado que cada uno de sus pasos parecía un grito de intrusión.
Finalmente, llegó ante una puerta de roble perfectamente pulida. No había adornos, solo una placa de bronce con el nombre: Domus.
Regis llamó con suavidad.
—Adelante —respondió una voz seca, tan firme como el golpe de un martillo sobre un yunque.
Al entrar, Regis sintió un escalofrío. La habitación era el templo del orden. No había una mota de polvo, ni un libro fuera de su ángulo de noventa grados. En el centro, un hombre de unos sesenta años, con la espalda tan recta que parecía de acero, supervisaba un conjunto de llaves que flotaban en el aire, organizándose solas en un tablero de madera. Domus ni siquiera lo miró al principio; su concentración estaba en el tintineo metálico de las llaves moviéndose por su telequinesis.
—Un bufón que no sabe cuándo retirarse suele terminar en la horca, Regis —dijo Domus, bajando finalmente las llaves con un movimiento fluido de su mano—. ¿Qué haces en mi despacho sin haber sido llamado?
Regis tragó saliva, recordando lo que Servo le había dicho. Dio un paso adelante, dejando que sus hombros cayeran un poco y que su mirada reflejara esa vulnerabilidad que sabía que Domus no podría ignorar del todo.
—Señor... —empezó Regis, con la voz ligeramente quebrada—. No sé qué me pasa. Desde que desperté esta mañana, todo es... confuso. Tuve un sueño extraño, una pesadilla que se sintió demasiado real, y al despertar, las cosas simplemente se habían ido. No recuerdo cómo hacer mi acto. No recuerdo cómo llamar a la magia.
Domus se giró lentamente. Sus ojos, nublados por la edad pero agudos como cuchillos, escanearon a Regis. El silencio se prolongó, una prueba de nervios que Regis soportó manteniendo la vista baja.
—¿Un sueño? —repitió Domus con un deje de escepticismo—. Para nosotros, la energía no es algo que se aprenda en los libros, es como respirar. ¿Me estás diciendo que has olvidado cómo inhalar el aire?
—Es como si los conductos estuvieran bloqueados —respondió Regis, esta vez mirándolo directamente—. Fui a la corte y solo pude toser como un idiota. Si el Rey me llama de nuevo y sigo así... usted sabe qué pasará conmigo.
Domus suspiró, y por un breve segundo, su expresión severa flaqueó. El viejo mayordomo sabía lo que era ser una herramienta en manos de un hombre como el Rey. Sabía que la desesperación de un mago "menor" en este castillo era una sentencia de muerte lenta.
—Extiende las manos —ordenó Domus.
Regis obedeció. Cerró los ojos y trató de buscar esa sensación de hormigueo que había sentido antes. Visualizó la energía recorriendo sus nervios desde el cerebro, bajando por sus brazos como una corriente eléctrica. Se concentró con todas sus fuerzas en la idea de una luz, una pequeña esfera de color.
Sintió un calor repentino en las palmas, un tirón en la nuca que le provocó un leve mareo.
¡Zas!
Un destello azulado, pequeño y patético como la chispa de un pedernal húmedo, saltó entre sus dedos y se extinguió antes de iluminar nada.
Regis abrió los ojos, frustrado. El vacío en su mente seguía ahí.
—Es... es todo lo que puedo hacer —dijo Regis, con los dientes apretados por la rabia de su propia impotencia.
Domus observó el lugar donde había estado la chispa. Se quedó pensativo, acariciándose la barbilla.
—La energía está ahí, pero tu mente ha perdido el cauce —sentenció el mayordomo—. Tu "sueño" parece haber roto el puente entre tu voluntad y tu cuerpo. Te ayudaré, Regis. No por afecto, sino porque el desorden de un sirviente inútil es algo que no tolero en este castillo.
Domus se acercó a él, y su voz se volvió un susurro gélido.
—Pero ten cuidado. El Rey es un hombre que no necesita ver tu magia para saber si le mientes. Su inteligencia es su verdadera arma, y su respeto por nosotros nace solo de nuestra utilidad. Si fallas una segunda vez, ni siquiera yo podré evitar que te convierta en un recuerdo. Mañana, antes del amanecer, vendrás aquí. Empezaremos desde cero.
Regis asintió, sintiendo el peso de la advertencia. Salió de la habitación con el corazón acelerado. Tenía un maestro, tenía un motivo, y ahora, tenía la primera chispa de un poder que juró que nunca volvería a ser "inútil".
Editado: 29.04.2026