El Rey Bufón

Capítulo 4: Astucia y agujas

El alba en el castillo no traía calidez, solo una luz grisácea que desnudaba la crudeza de la piedra. El patio de servicio ya bullía de actividad: el siseo de las escobas, el tintineo de los cubos de metal y el vapor que escapaba de las bocas de los mozos. En el centro de ese hormiguero, la figura de Domus destacaba como un monolito. A su lado, Regis se sentía expuesto. Los ojos de las lavanderas y los sirvientes de cuadra se desviaban hacia ellos. Los murmullos corrían como el agua: el bufón ya no vestía sus cascabeles, no saltaba, no reía. Estaba allí, serio, junto al hombre más temido de la servidumbre.

—Ignóralos —sentenció Domus, sin mirarlo—. Los rumores son el ruido de los que no tienen poder. Concéntrate en el banco.

Sobre la piedra fría del banco de trabajo había tres objetos: una moneda de cobre desgastada, una piedra de río lisa y una pequeña llave de hierro.

—Mi magia no nace de un conjuro —dijo Domus, extendiendo una mano. Una cuarta piedra, pequeña y rugosa, se elevó lentamente desde el suelo hasta su palma—. No le pido al objeto que se mueva. Imagino que tengo manos extra, extensiones invisibles de mi propio cuerpo que nacen de mi voluntad. Siento el peso de esa piedra en una mano que no puedes ver. Tu ilusión debe ser igual, Regis. No es un dibujo en el aire; es una parte de ti que proyectas para que el mundo la toque con los ojos.

Domus se dio la vuelta, dándole la espalda al banco.

—Tienes tres objetos. Elige uno. Crea su gemelo de luz. Cuando me gire, me mostrarás ambos. Si mis dedos tocan el aire en lugar de la materia, habrás fallado. Y cada fallo tiene un precio.

Regis apretó los puños. Visualizó la moneda de cobre. Cerró los ojos y buscó esa corriente eléctrica en su nuca. La sintió bajar por sus hombros, un hormigueo cálido que se estancaba en sus codos. "Sal", ordenó mentalmente. "Proyéctate". Abrió la mano izquierda con fuerza, esperando ver el brillo del cobre.

Nada. Solo aire frío y sus dedos temblorosos.

—Date la vuelta —dijo Domus sin ser llamado. Se giró, observó la mano vacía de Regis y, con una rapidez asombrosa, sacó una aguja larga de su solapa.

El pinchazo en el centro de la palma fue seco y agudo. Regis soltó un siseo de dolor, apretando la mano herida contra su pecho.

—Otra vez —ordenó Domus, volviendo a dar la espalda.

Regis eligió la piedra de río. Esta vez no solo se concentró, sino que recordó la sensación de la "arcilla" que sintió en el despacho. Sus nervios vibraron, sintió un pinchazo de calor en las yemas de los dedos, pero la energía se disipó antes de cruzar la piel. El resultado fue el mismo: una mano vacía y un segundo pinchazo, esta vez más profundo. La sangre empezó a mancharle la palma.

—Tu mente está en otro lugar, Regis. Si no puedes controlar un trozo de luz, ¿Cómo pretendes controlar tu vida en este lugar? —la voz de Domus era una lija.

En el tercer intento, la desesperación de Regis afloró. Eligió la llave de hierro. Cerró los ojos tan fuerte que vio estrellas. "¡Tiene que salir!", gritó su mente. Sintió un chispazo, un breve resplandor azulado que duró menos de un parpadeo. Cuando Domus se giró, Regis mantuvo la mano cerrada, simulando que sostenía algo precioso.

—Mira... lo logré. ¿No lo ves? Es la llave —dijo Regis, forzando una seguridad que no sentía. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas.

Domus se acercó. Sus ojos no miraban la mano de Regis, sino su rostro. Lentamente, el mayordomo extendió sus dedos y los cerró sobre el espacio vacío sobre la palma de Regis. Sus dedos chocaron entre sí.

—Veo mentiras, pero no ilusiones —dijo Domus con frialdad. El tercer pinchazo fue en el dorso de la mano.

Regis retrocedió un paso, respirando con dificultad. El dolor le nublaba el juicio, pero su mente, esa que había aprendido a sobrevivir mediante la observación y la trampa, se activó por puro instinto de preservación. No iba a recibir un cuarto pinchazo. No era un mártir.

Domus volvió a dar la espalda por cuarta vez.

—Último intento por hoy. Si fallas, volverás a las caballerizas a limpiar estiércol hasta el anochecer.

Regis no cerró los ojos esta vez. Con un movimiento rápido y silencioso, tomó la moneda de cobre con la mano derecha y la piedra de río con la izquierda. Las ocultó en sus palmas.

—Ya está —dijo con voz plana.

Domus se giró. Su mirada bajó a las manos de Regis. El bufón extendió ambas manos al frente, mostrando los dos objetos reales. A simple vista, uno podría pensar que uno de ellos era una proyección perfecta.

Domus guardó silencio durante un minuto eterno. Se acercó y, con una lentitud deliberada, tocó primero la moneda. Metal sólido. Luego tocó la piedra. Piedra sólida.

—Dos objetos reales —concluyó Domus, levantando la vista hacia Regis—. Te pedí una ilusión. Me has dado un truco de manos barato.

—Me pidió que no fallara —replicó Regis, sosteniéndole la mirada por primera vez sin parpadear—. Me dijo que el fallo tenía un precio. He preferido ser eficiente a ser herido.

Domus se quedó inmóvil. La seriedad de su rostro no cambió, pero Regis notó un destello diferente en sus pupilas. El mayordomo guardó la aguja en su solapa.

—Has preferido la trampa a la obediencia —comentó Domus en voz baja—. Es una falta de disciplina... pero es una muestra de astucia. Aquí los obedientes mueren primero. Los astutos, en cambio, logran que otros mueran en su lugar.

Domus empezó a caminar hacia el interior del castillo, haciendo un gesto para que Regis lo siguiera. Los sirvientes que los observaban volvieron rápidamente a sus tareas, intimidados por la presencia del mayordomo.

—Dime una cosa, Regis —dijo Domus mientras caminaban por un pasillo lateral—. Ese sueño que tuviste... ¿estás seguro de que fue solo un sueño? Tu mirada ha cambiado. Antes eras como un animal asustado que intentaba morder; ahora eres como alguien que está calculando cuánto pesa el cuchillo.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 29.04.2026

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