Regis se sentó en el borde de su cama, una estructura de madera crujiente que se sentía más como una trampa que como un lugar de descanso. La única luz que entraba en su habitación provenía de una pequeña rendija en lo alto de la pared de piedra, filtrando un rayo de luna que apenas lograba iluminar sus manos vendadas.
Cerró los ojos, intentando poner orden al caos que habitaba en su cráneo. ¿Quién era él realmente? Tenía recuerdos de este lugar, de los pasillos fríos y del olor a incienso de la corte, pero se sentían distantes, como si estuviera viendo la vida de un extraño a través de un cristal sucio y empañado. Había otra capa de memoria, mucho más nítida pero a la vez aterradora, que hablaba de un mundo que no lograba terminar de nombrar, un lugar donde el asfalto y el ruido eran la norma, no la magia.
"No soy solo yo", pensó, y un escalofrío le recorrió la columna vertebral. La sensación de que su cuerpo era una habitación compartida con un desconocido empezó a asfixiarlo.
De repente, el silencio de la habitación fue reemplazado por un eco ensordecedor. Las risas.
Vio de nuevo el salón del trono en un estallido de imágenes inconexas. Los rostros de los nobles estaban difuminados, sombras blancas y deformes que se agitaban con una crueldad mecánica. Pero en el centro de ese recuerdo, Regis notó algo que lo dejó helado: sintió una presencia. No era un enemigo frente a él, sino algo que estaba justo detrás de sus ojos, compartiendo sus nervios y su miedo. Era una conciencia silenciosa, una mirada gélida que observaba la escena con una frialdad analítica que el "antiguo" Regis jamás habría poseído.
Esa sospecha de que su mente era un rompecabezas de dos piezas que no encajaban lo hizo temblar, pero la duda fue rápidamente aplastada por una oleada de furia interna. No era la rabia impulsiva de un animal acorralado, sino un deseo oscuro, denso y calculado de hacer pagar a cada una de esas sombras que se reían de su desgracia. Quería que dejaran de reír. Quería que el silencio se apoderara de ellos, tal como se apoderaba de él cada noche.
Cuando Regis abrió los ojos, jadeando por el esfuerzo físico de salir de ese trance, se quedó mudo.
Entre sus manos, justo sobre las vendas manchadas por los pinchazos de Domus, flotaba un cuchillo. No era de acero, sino de una energía azulada y opaca, con bordes que vibraban con la misma inestabilidad de su pulso. Podía sentir una leve presión en sus palmas, un peso fantasma que desafiaba cualquier lógica que conociera. La forma era tosca, casi primitiva, pero el filo parecía capaz de cortar el mismo aire.
—Lo hice... —susurró, y su propia voz le pareció la de un extraño.
Pero en el instante en que fijó su mirada directamente en el filo de luz, intentando entender racionalmente cómo lo había logrado, la imagen parpadeó. La duda rompió el vínculo. El cuchillo desapareció como una brasa golpeada por un vendaval, dejando tras de sí solo el rastro del olor a ozono. Sus manos volvieron a estar vacías y frías.
Regis se quedó mirando el aire vacío, procesando el descubrimiento. No había usado la técnica de las "manos extra" de Domus. No había intentado "dibujar" el objeto con su voluntad. El cuchillo había aparecido porque él había sentido la necesidad de herir. La magia en este lugar no respondía solo a la imaginación; era un lenguaje de emociones crudas.
"No es solo visualizar", comprendió, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula. "Tengo que sentir el frío, el peso... el odio".
Pasó las siguientes horas ignorando el cansancio que empezaba a pesarle en los párpados. Ya no intentó crear formas complejas. En su lugar, cerró los ojos y trató de recordar cómo se sentía el metal helado contra la yema de los dedos, la vibración de una cuerda tensa, la solidez de una piedra. Se concentró en las sensaciones físicas, dejando que esa "otra parte" de su mente —la que sospechaba que era la intrusa— hiciera el trabajo de analizar el flujo de energía mientras él ponía la intención.
El esfuerzo era agotador. Cada vez que intentaba mantener un pequeño destello de luz, sentía como si le estuvieran succionando la energía directamente de la base del cráneo. Tras lo que parecieron siglos de lucha, una pequeña esfera de luz blanca, del tamaño de una canica, nació entre sus dedos. No era un arma, pero era constante. Flotó con una calma inusual durante cinco segundos completos.
Cinco segundos donde él fue el dueño de la realidad.
Pero el precio llegó de golpe. En cuanto la luz se extinguió, una oleada de fatiga masiva lo golpeó como un mazo. No era un cansancio de los músculos, sino un vacío mental absoluto, como si su cerebro se hubiera quedado sin combustible. El dolor de cabeza se volvió una punzada rítmica detrás de sus ojos.
Regis ni siquiera tuvo fuerzas para acomodarse. Se desplomó hacia atrás sobre el jergón de paja, con el brazo colgando fuera de la cama. El mundo empezó a dar vueltas y las paredes de piedra parecieron derretirse en la oscuridad. Antes de que el sueño lo reclamara por completo, una última idea cruzó su mente nublada: la magia no era un regalo, era un intercambio. Y él estaba dispuesto a pagar el precio con tal de no volver a ser el chiste de nadie.
Se quedó profundamente dormido con la mano herida aún abierta, como si incluso en sueños estuviera esperando atrapar aquel cuchillo de luz que, por fin, empezaba a obedecerle.
Editado: 29.04.2026