El Rey Bufón

Capítulo 6: El reflejo del noble

La sacudida fue brusca, arrancándolo de un sueño sin imágenes que se sentía más como un desmayo que como un descanso. Regis abrió los ojos y lo primero que vio fue el rostro angustiado de Servo, cuya silueta recortada contra la luz grisácea de la mañana parecía vibrar ante sus ojos.

—¡Regis! Por todos los dioses, pensaba que te habías quedado vacío —susurró Servo, soltándolo—. Llevo minutos intentando despertarte. Estás... estás pálido.

Regis intentó incorporarse, pero un mareo repentino lo obligó a cerrar los ojos de nuevo. Sentía la cabeza ligera, como si su cerebro hubiera sido vaciado y rellenado con aire caliente. Al mover la mano derecha, un latigazo de dolor agudo lo hizo sisear.

—Tus vendas están hechas un desastre —dijo Servo, señalando las manos de Regis—. Déjame ayudarte. Domus te ha mandado a llamar y no puedes presentarte así.

Mientras Servo deshacía con cuidado los nudos de los trapos sucios, ambos se quedaron en silencio al descubrir la palma. No solo estaban las marcas rojas de las agujas de ayer; justo en el centro de la mano, cruzando la piel con una precisión quirúrgica, había un corte fino. No era profundo, pero la sangre fresca aún perlaba la herida, como si el tajo se hubiera abierto apenas unos minutos antes.

Servo tragó saliva, evitando mirar a Regis a los ojos. —Ese viejo... —masulló con voz temblorosa mientras limpiaba la herida con un paño húmedo—. Sabía que era estricto, pero esto es demasiado. ¿Por qué te hizo esto, Regis?

Regis no respondió. Miró la herida con una fijeza perturbadora. Sabía que Domus no usaba cuchillos. Recordó el arma de luz azulada que había sostenido en la penumbra de la noche anterior. ¿Podía una ilusión morder la carne de su creador? La idea era tan aterradora como emocionante.

—Ayúdame a lavarme —dijo Regis con voz ronca, ocultando su sospecha—. No tenemos tiempo.

Tras un baño rápido con el agua metálica y gélida del sistema del castillo, Regis se sintió más despierto. Servo le entregó una muda que no reconoció: una túnica de sirviente de tela oscura, limpia y bien cortada, lejos de los harapos y colores estridentes que solía vestir.

Al salir de la habitación, el aire del pasillo se sintió distinto. Regis notó que sus sentidos estaban en un estado de alerta vibrante. Servo caminaba a su lado, mirando constantemente por encima del hombro, con los dedos entrelazados con nerviosismo. En cada esquina, donde los sirvientes se agrupaban para repartirse las tareas, las conversaciones se cortaban en seco cuando ellos pasaban. Regis podía sentir sus miradas clavadas en su espalda como agujas invisibles.

—¿Qué es lo que dicen exactamente, Servo? —preguntó Regis, manteniendo la vista al frente. Su voz sonaba más profunda, más calmada que el día anterior.

Servo se acercó más, bajando el tono hasta convertirlo en un aliento apenas audible. —Dicen que Domus te ha roto, Regis. En las cocinas juran que te escucharon gritar anoche, y que el Mayordomo está usando magia para "reparar" tu mente antes de que el Rey pierda la paciencia. Incluso el sirviente de cuadras dice que vio como gritabas leve y agudamente "auch" y te llevabas las manos al pecho en repetidas ocasiones en el patio ayer, y que Domus te va a entregar al verdugo si no recuperas tu magia.

Regis soltó una risa seca. —¿Y tú qué crees? —le lanzó Regis, deteniéndose un segundo para mirarlo.

Servo vaciló. Sus ojos recorrieron el nuevo uniforme de Regis, notando que ya no encorvaba los hombros para parecer más pequeño o inofensivo. —Creo que ya no caminas como alguien que tiene miedo a los gritos —respondió Servo con honestidad—. Pero eso es lo que más los asusta. Si el bufón deja de ser un chiste, se convierte en un extraño. Y en este castillo, lo extraño siempre se considera peligroso. Ten cuidado. Los rumores aquí no solo ensucian el nombre, a veces preparan el camino para la fosa.

Llegaron a los aposentos de Domus. El aire aquí era distinto: olía a cera de abeja y a papel viejo. El mayordomo mayor estaba de pie frente a un ventanal, con una tabla de instrucciones en la mano y la espalda tan recta que parecía parte de la arquitectura. Al escuchar los pasos, se giró con una parsimonia mecánica.

—Déjanos, Servo —sentenció Domus. El muchacho asintió rápidamente y se retiró, dejando a Regis a solas con el peso de la mirada del viejo.

—Acércate —ordenó Domus. Su voz no era agresiva, pero tenía la solidez de una sentencia.

Regis caminó hasta quedar a un paso de él. Domus dejó la tabla sobre una mesa de roble y, sin pedir permiso, tomó la mano derecha de Regis. Sus dedos eran callosos y fríos. Al apartar el borde de la manga y descubrir el fino corte que asomaba bajo el vendaje descuidado, Domus se quedó inmóvil. Regis notó cómo el agarre del viejo se suavizaba por una fracción de segundo. Sus ojos, antes gélidos, se entornaron con una sombra de arrepentimiento.

—Te di demasiados pinchazos ayer —dijo Domus en un susurro casi inaudible, mientras sus dedos rozaban la herida con una delicadeza extraña, casi paternal—. No medí la fragilidad de tu piel con la urgencia de mi exigencia. Lo lamento, muchacho. No hagas nada imprudente hoy; tu cuerpo está procesando el cambio de una forma... agresiva.

Regis se quedó mudo. No esperaba esa vulnerabilidad en el hombre que ayer lo pinchaba sin piedad. Domus recuperó la compostura de inmediato, como si hubiera recordado de repente quién era cada uno. Abrió un cajón y sacó un par de guantes de cuero fino, negros y perfectamente flexibles.

—Póntelos. Ocultarán tus manos y te darán el agarre necesario —dijo Domus, ayudándolo a ajustar el primero—. Hoy no serás un bufón. Los barones de las tierras del sur han llegado para una audiencia comercial y necesito a alguien que sepa observar desde las sombras del servicio. He visto tu astucia, Regis. Eres capaz de pensar bajo presión, y eso te hace más útil que cualquier paje distraído. Me acompañarás a atenderlos. Solo habla si se te ordena, observa cada gesto y no permitas que vean nada más que a un sirviente impecable.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 29.04.2026

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