El ala de invitados del castillo era un mundo aparte. Aquí, el aire no olía a humedad ni a sudor, sino a una mezcla embriagadora de incienso de sándalo y cera de abeja de alta calidad. Los pasillos estaban adornados con tapices que narraban conquistas olvidadas y, por primera vez, Regis vio lo que Domus mencionaba: el brillo del oro y la plata no solo en las mesas, sino en los marcos de los espejos que adornaban las paredes.
Regis caminaba un paso detrás de Domus, manteniendo la espalda recta y las manos enguantadas entrelazadas a la espalda. Su nueva percepción le permitía notar cómo la energía del lugar cambiaba a medida que se acercaban al salón de banquetes; era una vibración constante, el eco de pequeñas magias domésticas usadas para mantener la comida caliente o el aire fresco.
Al entrar en el salón, el ruido de las risas y el tintineo de las copas lo recibió. Tres Barones de las provincias del sur estaban sentados a la mesa, rodeados de sus esposas y algunos hidalgos de su séquito. Al ver entrar a Domus, las conversaciones bajaron de volumen, pero no se detuvieron.
—Mayordomo Mayor —dijo uno de los Barones, un hombre de rostro rojizo llamado Kaelen, mientras agitaba una pierna de ave—. Esperábamos que el vino llegara hace cinco minutos. ¿Acaso el servicio de la capital se ha vuelto tan lento como sus ríos en verano?
Domus no se inmutó. Se acercó a la mesa con una elegancia que hacía que los movimientos del Barón parecieran los de un campesino en el barro.
—Mis disculpas, Barón Kaelen —respondió Domus con una voz de seda—. Estaba asegurándome de que la temperatura de la bodega fuera la adecuada para vuestro paladar... tan particular.
Sin mover un solo dedo de forma visible, Domus utilizó su magia. Regis lo sintió: una presión sutil en el aire. De repente, las tres botellas de vino que estaban sobre el aparador se elevaron en el aire simultáneamente, flotando con una precisión milimétrica. Se deslizaron por el salón, esquivando las cabezas de los comensales, y se inclinaron por sí solas sobre las copas de los Barones, llenándolas hasta el borde exacto sin derramar una sola gota.
Los Barones se quedaron mudos, con las copas en la mano, sintiendo la humillación de ver una demostración de control tan absoluta por parte de alguien que, técnicamente, era un sirviente. Domus ni siquiera los miraba; mantenía la vista fija en el horizonte, como si mover objetos con la mente fuera tan natural como respirar.
—Mis disculpas, Barón. En la capital hemos aprendido que la rapidez es el consuelo del hambre, pero la paciencia es el ingrediente del sabor. Un sirviente que corre suele entregar un plato tibio; uno que domina el tiempo, entrega una experiencia inolvidable.
El Barón Kaelen, sintiéndose pequeño ante la exhibición, desvió su ataque hacia Regis, que permanecía inmóvil junto a la puerta.
—¿Y este quién es? —preguntó Kaelen con desprecio—. ¿Un nuevo juguete? Tiene cara de no haber sostenido una bandeja en su vida. Parece que lo habéis sacado de una cuna de seda solo para que nos mire con esos ojos de muerto.
Regis sintió un chispazo de calor en la nuca. Su "otro yo" despertó de golpe, visualizando el cuello del Barón. La furia mezclada con el resentimiento del bufón, empezó a hervir.
Domus notó la tensión en los hombros de Regis. En un impulso calculado, el Mayordomo dio un paso hacia un lado, exponiendo a Regis ante la mesa.
—Él es Regis —dijo Domus, y por primera vez había un tono de desafío en su voz—. No lo subestiméis, Barón. A diferencia de muchos que heredan sus títulos, Regis posee un don que cultiva bajo mi tutela personal. Él también es un usuario de las artes.
La mesa se quedó en silencio. Los Barones soltaron una carcajada incrédula. —¿Ese muchacho? —rió Kaelen—. Si sabe usar magia, yo soy el próximo Rey. Vamos, muchacho, demuéstralo. Haz algo más que quedarte ahí parado como una estatua.
Domus se giró hacia Regis. Sus ojos no pedían, ordenaban. Era una presión mucho más real que la de los Barones. —Regis —dijo Domus con firmeza—. Muéstrales que el servicio de este castillo no se limita a servir vino.
Regis sintió el pánico y la rabia chocar en su pecho. No tenía el cuchillo, no tenía la calma. Pero recordó la sensación de anoche: el peso, el calor, la necesidad de no ser humillado. Cerró los puños con fuerza dentro de los guantes. Se concentró en la oscuridad de su mente, buscando esa esfera de luz que había logrado en su habitación.
"No voy a fallar", pensó con furia. "No frente a ellos".
De repente, un brillo blanco y cegador brotó de entre sus dedos. No era una forma definida; era una luz pura e intensa que iluminó todo el salón, obligando a los nobles a cubrirse los ojos. La energía vibraba con una fuerza que Regis apenas podía controlar, recorriendo sus nervios con una electricidad fría.
Cuando la luz se apagó, el silencio en el salón era total. El Barón Kaelen todavía parpadeaba, aturdido, pero Domus no le dio tiempo a recuperarse. El mayordomo dio un paso al frente, y su voz sonó tan fría como el metal.
—Cuidado con su sentido del humor, Barón —dijo Domus, y su tono se volvió una amenaza evidente—. En este castillo, las paredes escuchan y la traición se paga caro. Ha bromeado con ocupar un lugar que solo le pertenece al Rey. Le sugiero recordar que su estatus, por muchas tierras que tenga en el sur, sigue siendo el de un siervo de la Corona. Y el Rey no es generoso con quienes sueñan en voz alta con su trono.
Kaelen se puso pálido, dándose cuenta de que su broma podía costarle la cabeza si Domus decidía informar de sus palabras.
Domus sonrió de forma casi imperceptible, una mueca de triunfo dirigida directamente al Barón Kaelen.
—Como os decía —concluyó Domus, haciendo un gesto para que Regis se retirara—, la discreción profesional es una virtud. Pero el poder... el poder es una realidad que no necesita títulos para ser reconocida.
Editado: 29.04.2026