El Rey Bufón

Capítulo 8: El eco del destello

Al cruzar el umbral del salón, el aire frío del pasillo golpeó el rostro de Regis, y con él, la adrenalina que lo sostenía se desvaneció de golpe. El esfuerzo por liberar aquella luz salvaje frente a los barones le pasó factura. Sintió que sus piernas fallaban y el mundo comenzó a girar lentamente.

Antes de que sus rodillas tocaran el suelo, una mano firme lo sujetó del brazo. Domus no lo hizo con suavidad, sino con la fuerza necesaria para mantenerlo erguido mientras lo arrastraba hacia un pasillo lateral, lejos de la vista de cualquier otro sirviente que pudiera pasar por allí.

—Camina —le ordenó Domus en voz baja—. No hemos hecho todo este esfuerzo para que te desmayes frente a la puerta.

Regis apretó los dientes y obligó a sus pies a moverse, aunque sentía que el suelo era de barro. Domus lo llevó hasta su oficina privada, una habitación austera llena de estantes con archivos y una mesa de madera pesada. Lo dejó caer en una silla y cerró la puerta. El silencio que siguió fue denso. Domus se quedó de pie frente a él, observándolo con severidad.

—¿Por qué me obligó a hacer eso? —soltó Regis, su voz saliendo más agresiva de lo que pretendía—. Me dijo que debía ser una sombra, que no debía llamar la atención. Y luego me expone frente a esos hombres como si fuera un animal de exhibición.

Domus se cruzó de brazos, su mirada fija en el joven agotado.

—¿Crees que te llevé allí para que aprendieras a servir vino, Regis? —Domus caminó alrededor de la mesa—. Te llevé para que entendieras el peso del desprecio. Esos barones no saben quién eres; para ellos solo eres un empleado más. Pero necesitaba que sintieras su arrogancia para que tu magia dejara de ser una teoría y se convirtiera en una necesidad. En este castillo, el poder no solo se cultiva con estudio, sino con hambre.

Regis apretó los puños. Recordó la risa del Barón Kaelen y la forma en que lo miraban, como si fuera un objeto reemplazable.

—Me trataron como a un perro —masulló Regis—. ¿Ese es mi estatus real aquí? ¿Un sirviente que solo vale por lo que puede mostrar en sus manos?

—Para ellos, sí. Y esa es tu mayor ventaja —respondió Domus con frialdad—. Esos nobles menores no tienen acceso a los banquetes del Rey. No conocen el rostro del bufón ni han visto sus actos. Al mostrarles tu luz hoy, he creado un rumor que me conviene: que el Mayordomo Mayor tiene a su servicio a un joven con un talento inusual. Si mañana alguien de la alta nobleza pregunta por los destellos en el salón, la respuesta será que era un simple entrenamiento de mi personal, no el regreso del bufón real. Te he dado una capa de invisibilidad hecha de chismes de barones.

Domus se fijó entonces en la mano de Regis. El vendaje estaba empapado de un rojo oscuro. El viejo frunció el ceño y tomó la mano del joven con un movimiento brusco.

—Ese corte... —Domus analizó la herida—. Mi aguja no fue tan profunda. No me mientas, Regis. ¿Qué pasó realmente?

Regis tragó saliva. No podía decirle la verdad sobre el cuchillo sólido que había materializado en su habitación; era una carta demasiado peligrosa para jugar tan pronto.

—Fue anoche —mintió Regis, forzando una expresión de cansancio—. Estaba practicando lo que me enseñó. Me concentré tanto que perdí el sentido del equilibrio. Al desplomarme, mi mano golpeó contra una de las esquinas de piedra de mi habitación. No me di cuenta hasta que desperté.

Domus entrecerró los ojos. El silencio se prolongó mientras el mayordomo estudiaba la herida y luego el rostro de Regis. Había una duda evidente en su mirada, una sospecha de que la limpieza del corte no encajaba con un accidente, pero al ver el estado lamentable en el que se encontraba el joven tras el banquete, decidió ceder.

—Eres torpe incluso para herirte —comentó Domus, soltando su mano—. Pero tu agotamiento confirma que tu energía todavía no es estable. Has disparado una flecha de fuego para matar una mosca, Regis. Esa luz fue un grito, y ahora alguien querrá saber de dónde vino.

Domus caminó hacia la ventana, mirando hacia el patio oscuro.

—Vuelve a tu habitación. Los barones hablarán maravillas o pestes de mi "nuevo sirviente", y eso mantendrá sus ojos lejos de la verdad. Mientras tanto, el Rey y los Duques siguen creyendo que el bufón simplemente está preparando un acto nuevo y más complejo. Nadie más que nosotros sabe que tu magia desapareció y está volviendo a nacer. Si ellos sospecharan que estuviste vacío, te habrían desechado como basura antes de que pudieras parpadear.

Regis se levantó con dificultad. Al salir, Servo lo esperaba en el pasillo, mirando a ambos lados con nerviosismo. El joven sirviente no dijo una palabra, pero sus manos temblaban mientras guiaba a Regis de regreso por los laberintos de piedra.

Sin embargo, al abrir la puerta de su habitación, Regis sintió un frío que no venía del aire. Se detuvo en seco. Su manta no estaba doblada como él la dejó, y un pequeño cofre de madera donde guardaba sus pocas pertenencias estaba ligeramente fuera de lugar. Alguien había entrado. Alguien no se había tragado el cuento del simple sirviente y buscaba algo que confirmara sus sospechas. Regis cerró la puerta y, por primera vez, sintió que las paredes de piedra se cerraban sobre él.



#1126 en Fantasía
#546 en Thriller
#261 en Misterio

En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 29.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.