Regis cerró la puerta de su habitación con una lentitud deliberada, evitando que el metal de la cerradura hiciera el menor ruido. Se quedó allí, apoyado contra la piedra fría, permitiendo que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. El silencio del ala de la servidumbre a esta hora solía ser absoluto, interrumpido solo por los ronquidos distantes de algún sirviente agotado, pero esta noche el aire se sentía diferente. Había una vibración eléctrica en el ambiente, una señal de que el espacio personal que consideraba su único refugio había dejado de ser privado.
Sus sentidos, que bajo la tutela de Domus se volvían cada vez más receptivos a las anomalías, le indicaron que algo no cuadraba. Se movió con cautela hacia el pequeño cofre de madera que descansaba a los pies de su cama. Al pasar los dedos por la tapa, notó que no estaba alineada con la marca de polvo en el suelo. Alguien lo había movido. Con el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas, abrió el cofre. Sus pocas pertenencias —un trozo de tiza, una piedra lisa y los restos de sus antiguos vendajes— parecían estar en su sitio, pero al cerrar la tapa, sus dedos rozaron algo extraño enganchado en una de las astillas de la madera.
Era una cinta de seda. Regis la tomó con delicadeza, llevándola hacia el rayo de luna que se filtraba por la rendija superior. El tejido era de un azul tan profundo que parecía contener el cielo nocturno, y su suavidad era algo que su piel, acostumbrada a la aspereza del lino barato y el cáñamo, apenas podía procesar. Pero lo más perturbador no fue el tacto, sino el aroma. Un perfume sutil de flores frescas, algo que no debería existir en los pasillos que olían a humedad, hollín y grasa de cocina. Era el olor del privilegio, una fragancia que solo se encontraba en los niveles superiores del castillo.
Unos golpes rítmicos y nerviosos en la puerta lo obligaron a ocultar la cinta en el pliegue de su túnica.
—Regis, ¿estás despierto? —La voz de Servo era un susurro cargado de pánico.
Regis abrió la puerta lo justo para dejarlo pasar. El joven sirviente entró tropezando, con el rostro pálido y los ojos desorbitados. En sus manos traía una bandeja con caldo tibio, pero el cuenco tintineaba violentamente contra la madera debido a su temblor.
—Tienes que andar con cuidado, Regis —dijo Servo en cuanto la puerta se cerró. Dejó la bandeja en el suelo y se abrazó a sí mismo como si tuviera frío—. Hace un rato, mientras regresaba de las cocinas, vi a alguien salir de este bloque. Era una figura pequeña, envuelta en una capa oscura que parecía absorber la luz. No caminaba como nosotros, con el peso del cansancio sobre los hombros. Se movía con una confianza... aterradora. Como si supiera que nadie se atrevería a detenerla.
Regis sacó la cinta de seda y se la mostró en la palma de la mano. Los ojos de Servo casi se salen de sus órbitas. Se acercó y, con dedos temblorosos, rozó apenas el tejido.
—Esto no es de ningún sirviente —murmuró Servo, retrocediendo como si la seda quemara—. Es seda auténtica, de la que traen en los barcos del este. Regis, creo que alguna mujer de la nobleza ha puesto sus ojos en ti. Tal vez una de las hijas de los condes que rondan el salón de baile, o alguna dama de compañía con demasiada curiosidad. Sea quien sea, ha estado en tu habitación husmeando entre tus cosas. En este lugar, que alguien de arriba se interese por alguien de abajo solo significa problemas.
Regis no respondió, pero sus dedos se cerraron con fuerza sobre la cinta. La idea de ser el objetivo de un juego nobiliario lo inquietaba más que los pinchazos de Domus.
A la mañana siguiente, no hubo tiempo para reflexionar. Domus apareció en la celda antes de que el primer rayo de sol tocara el patio. No dijo nada, simplemente hizo una señal con la cabeza y Regis lo siguió. Esta vez no se dirigieron a los patios abiertos ni a las oficinas. Descendieron por una escalera de caracol oculta tras un tapiz polvoriento, bajando hacia los niveles donde la piedra siempre estaba empapada de salitre y el aire pesaba como el plomo.
Llegaron a una cámara subterránea, un antiguo almacén de armas ahora vacío, iluminado solo por una antorcha que Domus encendió con un movimiento seco.
—Hoy no habrá testigos —sentenció Domus. Su voz rebotó en las paredes húmedas, ganando una autoridad ancestral—. Alguien violó tu habitación anoche, ¿no es así?
Regis asintió. No le sorprendía que el mayordomo lo supiera; Domus parecía tener oídos en cada grieta del castillo.
—La noticia de lo que hiciste frente a los barones ha despertado un interés peligroso —continuó el viejo, quitándose los guantes para revelar sus manos nudosas—. El rumor de un sirviente con talento es una distracción útil, pero si no aprendes a controlar la presión, serás tú quien termine consumido por ese interés.
Domus extendió su voluntad. Regis sintió esa presencia familiar: las "manos invisibles" de la telequinesis del mayordomo. Domus no manipulaba el aire, pero comenzó a mover pequeños bloques de piedra que descansaban en las esquinas de la sala. Los bloques se elevaron y empezaron a girar alrededor de Regis, rozándolo, obligándolo a esquivar o a mantener la posición bajo la amenaza de ser aplastado.
—Mantén la ilusión, Regis —ordenó Domus mientras un bloque de piedra pasaba a centímetros de su rostro—. Crea una esfera de luz en tu mano y no permitas que parpadee. Divide tu mente. Una parte debe estar sumergida en la calma necesaria para la magia, mientras la otra vigila cada piedra que se mueve a tu alrededor. Si pierdes la concentración en el entorno, la piedra te romperá los huesos. Si te enfocas solo en el peligro, tu luz se apagará.
Fue una tortura de horas. El agotamiento mental era mucho peor que el físico. Regis sentía que su cerebro se partía en dos. Podía ver el flujo de la energía de Domus, esa tensión en el espacio que precedía al movimiento de cada objeto. Su otra mente, la que sospechaba que venía de otro lugar, analizaba las trayectorias de las piedras con una frialdad matemática, mientras su cuerpo en este mundo luchaba por no colapsar.
Editado: 29.04.2026