El Rey Bufón

Capítulo 10: El filo de la voluntad

El frío del castillo parecía haberse concentrado en los pasillos que conducían a la cámara privada. Regis caminaba con una rigidez que no era causada únicamente por el miedo, sino por el atuendo que se veía obligado a portar. Atrás quedaba la túnica de sirviente; ahora vestía los colores del bufón, una combinación de sedas oscuras y detalles en plata que se sentían como una piel ajena. No había cascabeles ni telas ridículas; en esta corte, incluso el entretenimiento debía tener un aire de elegancia opresiva.

A su lado, Domus avanzaba con una calma glacial. Su presencia era la de un guardián silencioso. Mientras se acercaban a las grandes puertas de roble, Regis sintió que el aire se volvía más denso. Fue entonces cuando la voz del mayordomo resonó en su memoria, trayendo de vuelta la conversación que habían tenido apenas una hora antes en la penumbra del despacho.

Recuerda bien —le había advertido Domus mientras ajustaba los puños de la túnica del joven—. Al hombre que está sentado a la mesa no le interesan los juegos de manos. Al Duque del Norte le gusta el riesgo. Desprecia a los débiles porque cree que la paz ha ablandado a la capital. Si quieres su respeto, muéstrale algo que le haga sentir el peligro, aunque sea por un segundo.

Los guardias abrieron las puertas. El salón de cenas era pequeño pero imponente. En el centro, una mesa de mármol negro sostenía una cena que despedía vapores aromáticos bajo la luz de cientos de velas fijas. En la cabecera, sentado con una postura que irradiaba una autoridad absoluta, estaba el monarca. No necesitaba hablar para llenar la habitación; su sola presencia era una presión física que Regis sintió en el pecho. A su derecha, un hombre de hombros anchos y rostro surcado por cicatrices lo observaba con ojos de lobo: el Duque del Norte.

Domus se adelantó. Con un leve movimiento de sus manos, hizo que las copas de vino se elevaran sutilmente mediante su telequinesis para que los sirvientes pudieran llenarlas, depositándolas luego frente a los nobles con una suavidad sobrenatural. Era un recordatorio de que, en esa sala, hasta el servicio era superior.

Regis se colocó en el centro del espacio y realizó una reverencia profunda. Sus dedos rozaron el suelo frío mientras su mente trabajaba a toda velocidad.

—Empieza —ordenó una voz profunda, breve y cortante desde la cabecera.

Regis se incorporó. De los bolsillos de su túnica sacó tres manzanas rojas. Comenzó a lanzarlas al aire en un malabarismo rítmico. Entonces, la adrenalina del miedo comenzó a quemar en sus venas. En un lapsus de pura necesidad, su magia brotó sin que pudiera detenerla.

Empezó a añadir manzanas al aire. Una, cinco, diez. Los objetos se multiplicaban, girando en órbitas imposibles. Algunas eran reales, pero la mayoría eran ilusiones nacidas de su voluntad bajo la presión. El movimiento era tan rápido que el ojo humano no podía distinguir la verdad de la mentira. El soberano esbozó una sonrisa sutil, pero el Duque permaneció inmóvil, con una mueca de aburrimiento.

Regis comprendió que debía subir la apuesta. Dejó caer las manzanas y, antes de que tocaran el suelo, todas las ilusiones se disolvieron en humo, dejando solo las tres originales. En un movimiento fluido, sacó de su costado un cuchillo de acero. El brillo del metal era auténtico, frío y letal.

Los guardias se tensaron, pero un leve gesto de la mano del monarca los detuvo. Él creía conocer el límite del bufón; creía que todo era un acto controlado.

Para demostrar la realidad del arma, Regis lanzó una de las manzanas al aire y, con un tajo rápido y preciso, la partió en dos. Los trozos de fruta cayeron al suelo con un golpe sólido, liberando su aroma dulce. El Duque se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando al ver el filo cortar carne real. El cuchillo era verdadero.

Entonces, Regis giró el arma hacia su propio cuerpo. En ese instante de máxima tensión, concentró su voluntad en el acero. En su mente, la hoja sólida se volvió intangible, transformándose en una ilusión que solo conservaba la apariencia del metal. Empuñó el mango con fuerza y hundió el cuchillo en su estómago con un movimiento seco y violento.

El Duque soltó un gruñido de sorpresa y se puso de pie a medias. Regis se desplomó sobre una rodilla, soltando un gemido de agonía que no tuvo que fingir del todo, pues el esfuerzo mágico le desgarraba los nervios. Su mano apretaba el mango, que parecía enterrado hasta la empuñadura en su túnica.

Con un movimiento lento, retiró la mano. El cuchillo simplemente se desvaneció en el aire antes de tocar el suelo, dejando su ropa impecable, sin una sola gota de sangre ni un rasguño en la tela. El dolor desapareció y el joven se levantó lentamente, realizando una reverencia perfecta.

El silencio fue sepulcral. Regis sentía el sudor frío bajando por su espalda mientras permanecía inclinado. Entonces, una risotada ronca rompió la tensión. El Duque del Norte estaba aplaudiendo, con una sonrisa salvaje.

—¡Increíble! —exclamó el Duque, mirando al anfitrión—. He visto magos con luces y espejos, pero nunca a uno con los nervios necesarios para apuñalarse con tal realismo. Eso es valor.

El monarca se permitió una risa sutil. Su mirada se posó en el bufón con una intensidad nueva.

—¿Qué opinas ahora de mi corte, Duque? —preguntó con voz aterciopelada—. ¿Sigue pareciéndote un lugar de hombres blandos?

—Me desdigo —respondió el invitado, levantando su copa—. Tener a un mago capaz de tales proezas como entretenimiento es una muestra de poder envidiable.

El soberano asintió levemente hacia el centro de la sala. Domus se acercó a Regis con pasos silenciosos, poniendo una mano en su hombro para retirarlo.

—Ya cumpliste. Vámonos —susurró el mayordomo.

—No —interrumpió la voz del monarca, firme. Domus se detuvo en seco. Regis permaneció inclinado—. Que el bufón se quede.

El soberano señaló un rincón entre las sombras, cerca de su asiento.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 29.04.2026

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