El Rey Bufón

Capítulo 11: La política del silencio

El rincón donde Regis había sido confinado estaba sumido en una penumbra que solo la luz vacilante de los grandes candelabros de plata lograba romper. Desde su posición, ligeramente por detrás de la pesada silla tallada del soberano, el mundo se reducía a un teatro de sombras y perfiles. Podía ver el brillo del sudor en la frente de los sirvientes que se acercaban a la mesa con los platos de plata, y la frialdad absoluta en la mirada de su majestad, que presidía la cena como si fuera un juez en un tribunal de condenados.

Su cuerpo, sin embargo, libraba su propia batalla silenciosa. El acto del cuchillo no había sido gratuito. Sentía un vacío frío en el centro de su pecho, un eco de la energía que había agotado para dar esa extraña solidez a la ilusión frente al Duque. Era una sensación de hambre que no se calmaba con comida, sino con un descanso que en ese momento era un lujo prohibido. Sus músculos vibraban con un cansancio sordo, y cada vez que intentaba tragar saliva, sentía la garganta seca como el polvo del camino.

«Mantente firme», se ordenó Regis a sí mismo, obligando a sus rodillas a no doblarse bajo el peso de la túnica de seda. «No eres un hombre en esta habitación. No tienes pasado, no tienes nombre. Eres un adorno de la corona. Eres una sombra que proyecta el trono. Si dejas de ser invisible, dejas de estar a salvo».

Esa era la paradoja que lo atormentaba mientras el vapor de la comida asada llenaba la estancia. El soberano le había ordenado quedarse para "escuchar", pero esa misma orden era una trampa peligrosa. Escuchar significaba saber, y saber, para alguien de su posición, solía significar una eliminación rápida para evitar que los secretos se supieran. Cada palabra que caía en la mesa era como una piedra preciosa que Regis se veía obligado a guardar en sus bolsillos, sabiendo que el peso de todas ellas terminaría por hundirlo.

El Duque del Norte rompió el silencio con el sonido seco de su copa de cristal al chocar contra el mármol. Su rostro, marcado por cicatrices de inviernos duros, se inclinó hacia el soberano.

—Sus fronteras del este están tranquilas, por ahora —dijo el Duque, y su tono no era de cortesía, sino de una advertencia oculta—. Pero mis informantes dicen que los clanes de las llanuras están unificándose bajo un solo mando. Si los pasos de montaña se abren antes de que se derrita el hielo, no tendré suficientes hombres para detener una invasión masiva. Necesito el acero que se me prometió el otoño pasado.

«No está pidiendo ayuda», analizó la mente de Regis, procesando la información con una claridad que lo asustaba. «Está cobrando una deuda pendiente. El acero no es para proteger la frontera; es para asegurar que su propio ejército sea el más fuerte de todas las provincias. Está midiendo la paciencia del trono».

El monarca tomó un trozo de carne con una elegancia que resultaba casi insultante dada la gravedad del tema. Masticó lentamente, dejando que el silencio se extendiera hasta que la tensión fue casi insoportable, un vacío que solo era llenado por el sonido de las antorchas en las paredes.

—El acero se está fundiendo en las fábricas reales para reforzar las murallas de la capital —respondió finalmente el soberano. Su voz era un susurro frío—. La seguridad del centro es la prioridad absoluta. Si los clanes atacan, sus fortalezas del norte deben ser el escudo de este reino. Para eso reciben el dinero de las provincias bajas.

«Una negativa directa», pensó Regis, sintiendo un escalofrío que le recorrió la espalda. «El soberano no confía en el Duque. Prefiere que el Norte se debilite luchando contra los bárbaros antes que darle las armas que podrían usarse contra esta misma mesa. Es un juego de desgaste».

Domus, que permanecía cerca de la mesa lateral, movió una jarra de vino con su mente. El objeto de plata se deslizó por el aire con una suavidad perfecta, inclinándose para llenar la copa del Duque sin que una sola gota cayera fuera del cristal. Era una muestra de control total, un recordatorio silencioso de que los que servían al Rey eran superiores incluso en los detalles más pequeños. Sin embargo, Regis notó un detalle que nadie más vio: la mano de Domus, oculta tras su espalda, estaba cerrada en un puño tan fuerte que los nudillos se veían blancos. El mayordomo también estaba caminando sobre el filo de una navaja.

De repente, el Duque giró la cabeza hacia la oscuridad donde Regis se encontraba. Sus ojos pequeños y astutos parecieron atravesar la penumbra.

—Me sorprende que dejen que sus mascotas escuchen estos asuntos —comentó el Duque, señalando a Regis con un gesto grosero de su mano con guante—. Los bufones suelen hablar de más y tienen muy poco juicio para guardar lo que no les pertenece.

Regis sintió que el aire se detenía en sus pulmones. Su voz interna se activó con precisión. «No mires. No reacciones. No existes. Eres un recipiente vacío. No entiendes de planes ni de fronteras. Solo eres luz y trucos para la cena».

—Este bufón no tiene voz para la política —respondió el soberano sin siquiera mirarlo—. Es un juguete que he rescatado para mi distracción personal. Su mente está demasiado ocupada tratando de no romperse tras el uso de su don como para procesar los planes de una guerra.

«Si supieras», pensó Regis con amargura, manteniendo sus ojos fijos en un punto muerto de la alfombra. «Si supieras que estoy contando cada una de tus mentiras. Que estoy viendo cómo tu aliado busca una excusa para traicionarte y cómo tú buscas una forma de sacrificarlo sin que tu corona se manche de sangre».

—Aun así —insistió el Duque, sin dejar de mirar a Regis—, hay algo en sus ojos que no me gusta. No tienen el vacío de los tontos ni el brillo de la locura común. Tienen la dureza del acero que me falta. Me pregunto qué piensa realmente esta criatura bajo su disfraz.

El silencio que siguió fue el más peligroso de toda la noche. Regis decidió que la única forma de sobrevivir era realizar una actuación extrema. Dejó que su cuerpo se relajara de forma extraña, permitiendo que su cabeza cayera un poco hacia un lado. Sus ojos se veían perdidos, sin enfocar nada, mirando a través del Duque hacia una pared que no estaba ahí. Dejó escapar un suspiro cansado y abrió un poco la boca, poniendo la expresión de alguien que ha perdido la mente por un esfuerzo enorme.



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En el texto hay: realismo, magia, fantasia oscura

Editado: 30.04.2026

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