Regis no se movió de su colchón de paja. Mantuvo la respiración lenta, simulando el sueño profundo que Domus le había advertido no tener. Sus ojos estaban entreabiertos lo justo para ver el polvo flotando en el aire de la habitación, pero su atención estaba puesta en la rejilla de metal que daba al pasillo.
Allí arriba, alguien lo observaba. No era el silencio absoluto de un guardia profesional; era una presencia que intentaba no ser notada, pero que dejaba escapar el roce de una tela fina contra la piedra.
«¿Quién eres?», se preguntó Regis en el silencio de su mente. «¿Un enviado del Duque buscando una razón para matarme? ¿O la joven de la cinta de seda buscando una razón para usarme?».
Sintió una extraña presión en su pecho. Su mente lógica, esa parte de él que parecía funcionar de forma independiente, empezó a contar los latidos del observador. Era una respiración rápida, nerviosa. No venían a matarlo, al menos no todavía. Venían a medirlo.
De repente, algo pequeño cayó por la rejilla y golpeó el suelo con un sonido metálico casi imperceptible. La presencia se retiró de inmediato, dejando tras de sí un rastro del mismo perfume de flores frescas que Regis ya conocía.
Regis esperó varios minutos antes de levantarse. Se acercó al objeto y lo tomó con los dedos. Era una pieza de madera tallada, una figura de un juego de mesa de la nobleza que representaba a una mujer con una corona pequeña: la dama.
«Un mensaje», pensó Regis, apretando la pieza en su puño. «Ella estuvo en la cena. Me vio. Sabe que mi aturdimiento fue una actuación y ahora me deja esto como una marca. Me está diciendo que ella también está en el tablero».
El resto de la noche fue un tormento de pensamientos. Regis analizó cada palabra que había escuchado en la mesa del Rey. El nombre del Marqués de Varna se repetía en su cabeza como un tambor. Entendía que ese nombre era una llave, una información que Domus querría para sí mismo, pero que la joven de las sombras también podría estar buscando.
«Si le doy todo a Domus, no seré más que su herramienta», reflexionó Regis, mirando la pared gris. «Pero si me guardo secretos, me convierto en un traidor. En este castillo, el que no tiene un bando propio termina siendo el sacrificio de los demás».
A la mañana siguiente, no hubo entrenamiento físico. Domus lo encontró en el pasillo de la servidumbre y lo guio hacia las cocinas reales. El lugar era un caos de humo, gritos de cocineros y el sonido constante de cuchillos picando verduras. Era el lugar perfecto para hablar; el ruido ocultaba cualquier susurro.
Domus se detuvo cerca de un gran horno de piedra y miró a Regis con sus ojos fríos y calculadores.
—Dime qué escuchaste cuando el Duque bajó la voz —ordenó Domus sin rodeos—. Sé que hubo un momento en que se inclinó hacia el soberano mientras los músicos tocaban.
Regis sintió que su pulso se aceleraba. Era el momento de decidir. Su mente interna calculó las opciones en un segundo. Si mentía mal, Domus lo sabría. Si decía la verdad completa, perdería su única ventaja.
—Habló de las rutas del grano —dijo Regis, manteniendo su voz plana y sin emociones—. Dijo que el Marqués de Varna está bloqueando los envíos del sur para forzar un aumento en el precio del acero.
Era una verdad a medias. Lo que Regis ocultó fue que el Duque había mencionado un lugar específico donde el Marqués se reuniría con sus aliados. Ese pequeño detalle era su seguro de vida.
Domus entrecerró los ojos, estudiando el rostro de Regis en busca de una grieta. El joven mantuvo su máscara de cansancio, esa expresión vacía que había perfeccionado bajo la mirada del Rey.
—Varna es un hombre ambicioso, pero también es un cobarde —comentó Domus, pareciendo aceptar la información—. El soberano lo aplastará si intenta jugar con el hambre de la capital. Pero tú... tú debes tener cuidado. El Duque sospecha de ti. Cree que tus ojos ven demasiado.
—Lo sé —respondió Regis—. Lo sentí en la cena.
—Entonces no salgas de las rutas permitidas —advirtió Domus—. Te enviaré a los archivos de la torre oeste a entregar estos registros. No hables con nadie. No te detengas. En este lugar, un sirviente que camina sin rumbo es un blanco fácil.
Regis tomó los papeles y se alejó. Mientras caminaba por los puentes de piedra que conectaban las torres, sentía que alguien lo seguía desde los balcones superiores. No era Domus. Era esa presencia ligera y elegante.
Al llegar a un pasillo cubierto de hiedra seca, una sombra se movió rápidamente frente a él. Regis se detuvo, con el corazón martilleando en sus oídos. No vio a la joven con claridad, solo el movimiento de una capa oscura y un brazo delgado que señaló hacia una de las estatuas de la galería.
—La información es un arma peligrosa para quien no sabe usarla —susurró una voz melodiosa desde la oscuridad de un arco—. Domus solo quiere proteger al Rey. Yo solo quiero proteger el reino. Hay una diferencia, pequeño mago.
Regis intentó hablar, pero la sombra se desvaneció antes de que pudiera formular una pregunta. En la base de la estatua, encontró una pequeña marca hecha con tiza: el mismo símbolo que estaba grabado en la pieza de madera de su habitación.
«Ella no quiere matarme», pensó Regis, sintiendo una extraña mezcla de alivio y terror. «Quiere que elija. Quiere saber si mi lealtad es para el hombre que me rescató de las celdas o para la corona que ella representa».
De repente, una palabra que la voz había dicho resonó en su mente: Reino.
Esa palabra disparó un destello en su memoria. No fue una imagen, sino un sonido. El sonido de campanas lejanas y el olor a sal marina. Regis se tambaleó, apoyándose contra la pared. No era un recuerdo del castillo. Era algo de antes. De cuando tenía un nombre y una vida propia.
«Mi magia no es de aquí», se dio cuenta Regis, y sus pensamientos se volvieron fríos y claros. «Y quienquiera que sea esa joven, ella sabe de dónde vengo realmente».
Editado: 29.04.2026