Regis comenzó el descenso por la escalera de caracol de la Torre Oeste con una lentitud que rozaba la parálisis. Cada escalón de piedra, pulido hasta quedar tan liso como el cristal, parecía vibrar bajo la suela de sus zapatos. El pergamino que había recuperado de la estantería estaba oculto contra su costado, entre la piel y la seda de su túnica de bufón. Lo sentía como una brasa encendida, un objeto cuya temperatura parecía aumentar con cada paso que daba, amenazando con quemar su disfraz y revelar su traición.
«No corras», se repitió a sí mismo, sintiendo cómo el sudor empezaba a perlar su frente a pesar del aire fresco que circulaba por la torre. «Un sirviente que corre es un sirviente que huye. Camina como si no cargaras con el peso de un reino en la cintura».
Su mente lógica, habitualmente fría y analítica, estaba siendo invadida por una paranoia punzante. Al doblar la primera curva de la escalera, el silencio de la torre se le antojó antinatural. No se escuchaba el paso de otros bibliotecarios ni el roce de los mapas al ser guardados. Solo oía su propia respiración, que le resultaba tan ruidosa como un vendaval en aquel espacio cerrado. Se detuvo un instante, conteniendo el aliento, convencido de que el anciano encargado de los archivos aparecería de repente detrás de él, con una mano esquelética extendida para reclamar el documento robado. Pero no hubo nada; solo el eco distante de una campana de la capital marcando la hora.
Al salir de la base de la torre, Regis entró en el Gran Corredor de los Espejos. Era un pasillo inmenso que conectaba el ala de los archivos con el cuerpo principal del castillo. Aquí, la limpieza del monarca alcanzaba su expresión más agresiva. Las paredes estaban cubiertas de espejos de marco plateado, alternados con paneles de mármol blanco tan brillantes que el suelo parecía un lago helado sobre el que se podía caminar.
La luz de las lámparas de aceite, colocadas a intervalos perfectos, se multiplicaba infinitamente en los cristales. Regis se vio rodeado por docenas de versiones de sí mismo: un bufón de rostro pálido y ojos cansados que caminaba con una rigidez sospechosa. En ese entorno de orden absoluto, se sentía como una mancha de tinta sobre un lienzo inmaculado. Le aterraba que el brillo de las lámparas hiciera que el perfil del pergamino se marcara a través de su ropa, revelando el bulto rectangular ante cualquier observador.
«Mírame», pensó Regis, observando su propio reflejo mientras avanzaba. «Si yo puedo ver el miedo en mis ojos, cualquiera que sepa leer a un hombre lo verá también. Vacía la mirada. No eres nadie».
A mitad del corredor, el sonido metálico de armaduras anunció la aproximación de una patrulla. Eran cuatro miembros de la Guardia Real, sus corazas tan relucientes que reflejaban las llamas de las lámparas como si fueran pequeños soles. Regis sintió que el suelo se volvía inestable bajo sus pies, un síntoma claro de que su energía mágica estaba agotada tras el esfuerzo de percepción en la biblioteca.
El protocolo del castillo era estricto. Regis se detuvo junto a la pared y bajó la cabeza, realizando una reverencia profunda. Sus músculos protestaron; el cansancio le hacía temblar las piernas, y tuvo que concentrar toda su voluntad en mantener el equilibrio. Los guardias pasaron a su lado con un paso rítmico y pesado que hacía temblar ligeramente los espejos. Ninguno se detuvo. Para ellos, él no era más que una herramienta del soberano, un objeto decorativo sin importancia. Sin embargo, Regis sintió que el roce de la capa de uno de los guardias casi tocaba el lugar donde ocultaba el mapa. Fue un segundo de terror absoluto que pareció durar horas.
Cuando el ruido de las botas se alejó, Regis se incorporó lentamente. Su visión se nubló por un momento, llenándose de pequeñas manchas de colores que bailaban en el aire. El uso de su magia para detectar rastros le estaba pasando factura. Sentía la cabeza pesada, como si su cerebro estuviera envuelto en una neblina espesa que dificultaba el pensamiento.
Se detuvo frente a un tapiz inmenso que cubría un tramo de pared donde no había espejos. Representaba las tierras del sur: valles fértiles llenos de campos de trigo dorado y ríos que brillaban bajo un sol bordado con hilos de oro. Era una imagen de abundancia y paz. Regis miró el tejido con una nueva comprensión. Gracias al mapa que sentía contra su piel, ahora sabía que esos campos estaban siendo vaciados en secreto, que el trigo se pudría en almacenes ocultos mientras el pueblo del castillo empezaba a recibir raciones insuficientes. La belleza del tapiz le resultó, por primera vez, una mentira hermosa y cruel. El castillo entero era una fachada de perfección construida sobre una base que empezaba a agrietarse.
«El Marqués de Varna no es el único traidor», reflexionó Regis, apoyando una mano en la piedra fría para no caer. «Quien permite que esto ocurra desde dentro de estas murallas es igual de culpable. Y yo estoy en medio, sosteniendo la prueba que nadie debería tener».
Continuó su camino hacia los niveles inferiores, donde el mármol daba paso a una piedra más sencilla pero igualmente limpia. Sus pasos se volvieron más seguros a medida que se acercaba a la zona que consideraba su territorio, pero la fatiga seguía aumentando. Cada vez que parpadeaba, el mundo parecía tardar un segundo extra en volver a enfocarse.
Finalmente, llegó al umbral de la escalera que bajaba hacia las habitaciones de la servidumbre y su propia celda. Estaba a pocos metros de la seguridad relativa de su cuarto cuando algo lo obligó a detenerse de golpe.
En el suelo de piedra gris, justo frente al primer escalón, había una pequeña mancha de humedad. Era una marca de agua clara, una imperfección mínima que resaltaba como una cicatriz en el suelo impecablemente seco. Alguien había estado allí, parado en las sombras, esperándolo. El rastro de humedad se alejaba del escalón y se perdía hacia el pasillo que conducía a las cocinas, indicando un movimiento reciente.
Editado: 29.04.2026